Abstract

Sociohistórica, nº 32, 2do. Semestre de 2013. ISSN 1852-1606
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Investigaciones Socio Históricas

ARTICULOS / ARTICLES

 

Las huelgas de los estibadores portuarios en el sur santafesino en 1928

The dockers' strikes of 1928 in the south of Santa Fe

 

Oscar Videla

Universidad Nacional de Rosario
Investigaciones Socio-históricas Regionales (ISHIR)
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)
orvidela@gmail.com

Paulo Menotti

Universidad Nacional de Rosario
Universidad de Buenos Aires
paulomenotti@yahoo.com.ar

Resumen:
El 2 de mayo de 1928 se inicia una huelga de estibadores portuarios en Rosario después de años de tibia actividad sindical. Días más tarde, varios hechos de sangre provocaron la solidaridad obrera con dos paros generales que conmovieron a la ciudad por su agitación y violencia. Los portuarios villenses también se solidarizaron y, un mes más tarde, encabezaron un violento reclamo laboral. El motivo inicial de las huelgas fue el salarial, pero la cuestión de fondo que hilvana a ambas experiencias es la puja social por el deterioro de las condiciones laborales y las imposiciones empresarias en el control y selección de la fuerza de trabajo.En principio la espontaneidad de la protesta tomó por sorpresa a las organizaciones sindicales de izquierda que durante la década del 20 habían mostraban varias fracturas, no obstante será la oportunidad que explica la reorganización y difusión del movimiento obrero con posterioridad. En otro sentido, los conflictos en Rosario y Villa Constitución reflejan la compleja trama de la política santafesina y su conexión con el ámbito laboral. Asimismo, creemos que los sucesos de 1928 tienen una repercusión mayor que la estrictamente local engarzándose en un ciclo de conflictividad que involucra a buena parte de la economía agroexportadora.

Palabras clave: estibadores - Santa Fe - sindicalismo- conflictividad obrera - política

Abstract
On May 2, 1928, after years of light union activity, a dockers' strike broke in Rosario. Days later, several blood episodes rose workers solidarity with two general strikes which shook the city due to their agitation and violence. The dockers from Villa Constitucion also showed their solidarity and, one month later, led a violent labor claim. The initial reason for the strikes was remuneration, but the deep problem which puts together both experiences is the social struggle due to labor conditions deterioration and business impositions over the selection and control of the labor force. Initially, the spontaneity of the protest took the leftist union organizations — which had experienced several fractures during the '20s— by surprise. Nevertheless, this would be the opportunity which explains the reorganization and dissemination of the labor movement afterwards. In another sense, the conflicts in Rosario and Villa Constitucion reflect the complex weave of politics in Santa Fe and its connection to the labor sphere. Likewise, we believe that the repercussion of the 1928 events goes beyond the strictly local one, as the events link themselves to a cycle of conflictivity which involved a good deal of the agro-export economy.

Key words: dockers - Santa Fe - unionism- labor disputes - politics

Introducción

Los objetivos de este trabajo apuntan a la reconstrucción histórica y al análisis de las huelgas de los estibadores portuarios en los puertos santafesinos de Rosario y Villa Constitución a lo largo del conflictivo año 1928. Tras un extenso periodo de tranquilidad, en un breve lapso de tiempo los trabajadores reeditaron experiencias y ensayaron otras formas de lucha que tuvieron como principal disparador cuestiones salariales, pero que se extendían a otras esferas. Las huelgas de los estibadores tuvieron la solidaridad de otros portuarios santafesinos y bonaerenses, así como de la clase obrera local y regional, con dos paros generales con alto grado de agitación y violencia.

La cuestión sobre la que se hilvanaron ambas experiencias fue la puja social provocada por el deterioro de las condiciones de trabajo que se condensaron a partir de las imposiciones de la parte empresarial -casas exportadoras- de introducir personal afín en lugar de los trabajadores sindicalizados, circunstancia que puso en escena a trabajadores y empresarios, y al Estado en sus diversos niveles (nacional, provincial y local). Por otra parte, el conflicto reveló las fracturas que existían en el seno del movimiento obrero, más visibles en el caso de los estibadores portuarios rosarinos, ya que durante dicho periodo salieron a luz las divisiones entre los anarquistas –antorchistas o foristas–, así como de todo este grupo con la militancia de la Unión Sindical Argentina (USA), que reunía a sindicalistas revolucionarios y comunistas. El arco también debe incluir a socialistas y autónomos dentro de lo que podemos caracterizar como las izquierdas.1 En este contexto, el trabajo también pretende ser una oportunidad para reflexionar, en un sentido general, sobre la relación entre la clase y el movimiento obrero, así como en las intrincadas articulaciones entre estos y la política de partidos, a través de comportamientos concretos de los actores. Y, más puntualmente, busca encontrar en la coyuntura algunos indicadores que expliquen el origen del extenso ciclo de agitaciones obreras (rurales y urbanas) que caracterizaron al año 1928.

El marco de una coyuntura crítica

El año 1928 fue un momento crucial en la historia del movimiento obrero, no sólo santafesino, sino también argentino. Las huelgas que se iniciaron en los puertos santafesinos tenían una gran importancia porque marcaron puntos de inflexión en la dinámica del movimiento obrero y en su relación con los principales actores políticos. En este sentido, como sostuvo Roberto Korzeniewicz (1993), las huelgas portuarias de 1928 –que abrieron el camino a nuevas agitaciones en el espacio rural pampeano– fueron soslayadas, y en el presente podemos afirmar que la perspectiva sindical de esos acontecimientos fue tratada de manera periférica. Fue precisamente este autor quien llamó la atención acerca de la importancia de la agitada movilización laboral que se inició en mayo de 1928 en Rosario. Su análisis –más político que social– abordaba los dilemas de la dirigencia política de la UCR frente al problema que presentaba la clase obrera en cuanto a sus demandas y a su organización. En este sentido, planteó que los gobernantes radicales santafesinos buscaron implementar una serie de políticas para estrechar lazos entre el partido y las organizaciones sindicales; y, si bien al mismo tiempo y a nivel general, asumía que éstas tuvieron escaso éxito, Korzeniewicz afirmaba que estos hechos sirvieron para marcar “un temprano desarrollo del populismo en la Argentina”. Por su parte, Mathew Karush (2002) indagó en la misma línea al analizar, en un marco general y en un más largo plazo, a la dirigencia política radical en Rosario. Su enfoque se fijaba en la figura de Ricardo Caballero –uno de los principales protagonistas en la huelga de estibadores portuarios– y su trabajo intentaba demostrar que los radicales se esforzaron por convertir a los trabajadores en “ciudadanos”. Desde un plano más discursivo, Fernando Cesaretti, Diego Mauro y Hernán Uliana (2005), estudiaron el abordaje de la huelga portuaria por la denominada “prensa seria”: el diario La Capital de Rosario. Al respecto, estos autores afirmaban que la “visualización”2 empleada por el medio periodístico rosarino, en su connotación negativa de huelguistas y de la huelga fue una “sutileza” que terminó por crear la sensación de “falta de libertad” y la necesidad de poner orden. Con un recorte también centrado en las representaciones en la prensa, pero más amplio en su corpus documental y ambicioso en su perspectiva analítica, es muy interesante el trabajo de Marianela Scocco (2009), porque alienta a reflexionar sobre el vínculo entre el acontecimiento y el proceso general. Desde el punto de vista rural, dos autores que estudiaron profundamente los conflictos obreros en el campo del sur santafesino, Eduardo Sartelli (1993a, 1993b) y Adrián Ascolani (2009), han reconocido que 1928 fue el nuevo punto de partida para las agitaciones obreras que se desenvolvieron desde noviembre en el campo santafesino. Sin embargo, ambos abordaron sólo el contorno de las huelgas urbanas y apenas señalaron que ellas fueron un puntapié inicial de todo el proceso.

La característica común de estos trabajos es que ninguno aborda el conflicto en su matriz social y urbana, si bien fue una verdadera explosión obrera la que determinó el curso positivo de la huelga de estibadores. Los sucesos de ese año son más destacables todavía porque sobrevinieron a más de un lustro de relativa pasividad. La Primera Guerra Mundial había marcado una época de fuerte crisis económica a la que siguió una intensa ola de agitación obrera entre 1917 y 1922, con un endeble saldo de conquistas laborales. A partir de entonces se produjo una creciente recuperación económica que no se trasladó a los bolsillos proletarios. Al mismo tiempo, la clase obrera no lograba dar forma a su fuerza sindical y las organizaciones mantuvieron la dinámica de armarse frente a los conflictos, para desarmarse cuando la agitación se decantaba. Eso produjo un débil nexo entre ellas. Durante la década de 1920, comunistas, socialistas y sindicalistas (revolucionarios) militaban en el seno del movimiento obrero, aunque fueron los anarquistas quienes hegemonizaron la simpatía de los trabajadores portuarios. Como contracara, las fragmentaciones y disputas internas de los ácratas –entre “antorchistas” y “foristas”– incidieron en la capacidad de confrontación al capital. No obstante, a finales del año 1927 las manifestaciones a favor de la libertad de Sacco y Vanzetti lograron unificar al arco izquierdista (Ascolani, 2009; Suriano & Anapios, 2011). Esto no implica que las otras fuerzas no hayan logrado hacer pie en algunas estructuras organizativas.3

La cuestión política también presentaba un aspecto complejo. Hacia mayo, el radicalismo antipersonalista estaba en retirada a nivel provincial y nacional. El yrigoyenista Pedro Gómez Cello, luego de haber realizado una prolija gestión en la ciudad de Santa Fe (Korzeniewicz, 1993), decidió postularse para el cargo de gobernador. Para ello tejió una alianza con varios sectores del fragmentado radicalismo en la que resaltaba Caballero4 (dueño de un particular discurso que combinaba obrerismo con criollismo y nacionalismo), circunstancia que le permitió ganar las elecciones provinciales de febrero. Por otra parte, los comicios nacionales realizados en abril le dieron el triunfo a Hipólito Yrigoyen. Esta situación incrementó el clima de confianza entre los trabajadores. Sin embargo, ya desde la mitad del año, estalló otra fractura, esta vez entre los radicales yrigoyenistas. La nueva división partidaria se consolidó en noviembre, cuando Caballero se presentó a elecciones municipales con una lista propia, por fuera de las fuerzas yrigoyenistas. Asimismo, la reforma del sistema electoral en las elecciones para el Consejo Deliberante rosarino -que ampliaba el padrón5 y aplicaba proporcionalidad por cociente- permitió que la izquierda ingresara por primera vez, gracias a las elecciones de abril de 1928, de manera que los comunistas y los socialistas obtuvieron una banca cada uno, cuestión que reflejó un incremento del electorado izquierdista.

El mayo rojo de Rosario

Hacia fines de la década de 1920 en Rosario existían tres unidades importantes de concentración de trabajadores, la procesadora de azúcar Refinería Argentina, los talleres ferroviarios del Ferrocarril Central Argentino y el puerto. Éste último llegaba a congregar 5.000 o 6.000 personas en los periodos de mayor actividad, ya que ésta no era continua. Los estibadores, la principal fuerza de trabajo en el puerto, eran trabajadores flexibilizados y eventuales.6 Ello explica en algún sentido los altos jornales que cobraban, entre $ 8 y $ 11 de acuerdo a la mercadería cargada, una suma que casi triplicaba el de otras tareas, pero con la salvedad de que el trabajo no se extendía más allá de 10 días en el mes. No es raro que estos trabajadores se hayan desempeñado en otras funciones y que, incluso, hayan rotado por la región cumpliendo funciones de peones rurales (Prieto, s/f)). Si bien no estaban reunidos todos en un mismo lugar -en los puertos operaban muchas unidades económicas separadas y la zona portuaria de Rosario tiene varios kilómetros de extensión-, dado su número y la importancia del puerto para la ciudad, es lógico pensar que los estibadores portuarios tenían características culturales propias que los llevaban a verse identificados en ciertos momentos. Asimismo, la posibilidad de paralizar el transporte de mercaderías fluviales y particularmente de ultramar, núcleo central del modelo agroexportador, los ubicó en una “posición estratégica” (Womack, 2007)7 que los caracterizó como una pieza clave en el panorama económico.8 Los estibadores portuarios tenían una larga tradición anarquista, aunque en su seno también confluyeron desde el inicio los socialistas. A comienzos de la década de 1920, los sindicalistas revolucionarios y los comunistas intentaron hacer pie en su organización sindical pero la intención rindió pocos frutos. Mientras tanto, las organizaciones pro-patronales habían logrado controlar el espacio portuario, en especial respecto de la selección de personal en la entrada, verdadera llave para organizar la fuerza laboral.

El miércoles 2 de mayo los obreros estibadores del puerto de Rosario comenzaron una huelga que iba a tener una trascendencia particular en la región. La medida fue tomada a partir de una pequeña disputa laboral a bordo de un barco9, aunque esa sólo fue la chispa que inició todo, porque existía una compleja variedad de circunstancias que explican la decisión de los portuarios de lanzarse a luchar por sus reclamos. En este sentido, el aspecto más importante del conflicto fue el desarrollo que tomó el mismo con sucesos sangrientos que convulsionaron a la clase obrera, al punto que desataron dos huelgas generales con un alto grado de violencia que se expresó, incluso, en la casi total ocupación de la ciudad por los sectores más desfavorecidos. El primer suceso trágico fue el asesinato de la obrera “bolsera”, Luisa Lallana, por un “crumiro”, el 8 de mayo. El hecho marcó, junto con la declaración de huelga general en la ciudad, el comienzo de una feroz agitación. Luego siguieron la muerte de un portuario en San Martín10, por parte de efectivos de la Subprefectura Naval y de un obrero del Ministerio de Obras Públicas de la Nación, a manos de crumiros”. Ambos sirvieron para galvanizar al movimiento obrero y lanzarlo a un segundo paro general. El último hecho de sangre fue la muerte de un joven panadero de 14 años, el 21 de mayo, durante la segunda huelga general. El dramatismo y el impacto que provocaron entre los trabajadores dichas muertes delinearon el inicio y el cenit de la enorme convulsión social que vivió Rosario durante el mes de mayo. Las víctimas fatales sirvieron para homogeneizar a la clase obrera, que se sintió conmovida por los hechos. La “congoja obrera” por sus caídos, multiplicó los actos más violentos y reprodujo repertorios de acción colectiva propios del anarquismo rosarino (la ocupación agresiva del espacio público, en especial del centro de la ciudad; las marchas a lo largo de la urbe y la movilización de mujeres y niños; la pedrea a rompehuelgas y los saqueos) durante dos jornadas, las cuales determinaron el rumbo del conflicto portuario.

Asimismo, otros elementos marcaron la marcha de los acontecimientos. Entre ellos se pueden destacar la amplia solidaridad obrera y las disputas en el seno de la dirigencia sindical (anarquistas foristas, anarquistas antorchistas y “usistas”11). La parte empresaria, con sus diferencias internas, también agregó elementos de importancia al conflicto. Los exportadores, la Asociación del Trabajo (AT) –que en Rosario sostenía a la denominada “La Sociedad Patronal”– y la Bolsa de Comercio, formaron un frente que en un comienzo se unificó tras el discurso de la “libertad de trabajo”, amplificado por la “prensa seria” pero que, más tarde, a medida que se desenvolvía el conflicto, mostró fracturas. Por su parte, el entrante gobernador Pedro Gómez Cello, y su aliado en Rosario, el jefe político, Ricardo Caballero, también tuvieron un destacado papel en el enfrentamiento entre trabajadores y empresarios, por ejemplo, al negarse a reprimir a los primeros.

Como dijimos más arriba, la acción que disparó la protesta de los estibadores del puerto de Rosario, fue un conflicto menor iniciado en un “vapor” el 30 de abril12 que terminó en la declaración de huelga el 2 de mayo. La decisión despertó innumerables críticas. Incluso, el diario La Protesta reprodujo una declaración de la Federación Obrera Local Rosario (FOLR) donde sostenía que la huelga pareció “deberse a un capricho o un contagio” (La Protesta, 10/05/1928). De hecho, los anarquistas se mostraron sorprendidos por la decisión de los trabajadores (La Protesta, 08/05/1928). Por su parte, el diario socialista La Vanguardia13 expresó que sólo un grupo –de 300 que conformaban “la comisión” – tomó la decisión que arrastró a unos 2.500 trabajadores al paro14. En tanto, La Capital insistió en que la medida había sido “apresurada”, aunque reconoció la justeza del reclamo salarial.

Este último punto, el más habitual en las disputas laborales, fue el de mayor peso inicialmente. Si bien durante el lustro precedente no hubo grandes saltos de inflación en el costo de vida, si se dio una constante elevación de precios. Además, se produjo un notable incremento de la actividad comercial en los puertos del sur santafesino. Tanto las exportaciones como las importaciones habían crecido 20 veces si se las compara con las de la década precedente (MBCR, 1929). Además, otro dato importante es que si las cosechas de 1927 habían sido pobres, la de maíz de 1928 prometía ser muy exitosa, una cuestión que repercutía directamente en los puertos de Rosario y Villa Constitución. Otro motivo que impulsó el reclamo de los estibadores fue la avanzada -que llevaba casi una década- de los empresarios y de las autoridades de la Prefectura Marítima Nacional para seleccionar personal adicto o, al menos, sin lazos con la actividad gremial de cualquier afiliación. Así, por ejemplo, en términos estrictamente económicos, se habían extendido los acuerdos interpatronales, formalizados en los contratos, que impedían a las partes contratar “federados”.15 Asimismo, en la coyuntura inmediatamente anterior a las huelgas, el jefe de la Prefectura, el contraalmirante Ricardo Ireneo Hermelo16, había iniciado una campaña para que los trabajadores portuarios tuvieran un carnet –entregado por la Policía– que acreditaba buena conducta, también denominado “libreta policial de honestidad y buena conducta”. Los comunistas no habían tardado –ya en 1927– en denunciar la “maniobra policial” de demorar la entrega de carnets a trabajadores sindicalizados o con militancia política de izquierda, al tiempo que señalaban a los políticos “yrigoyenistas”, a nivel nacional, y a los “alvearistas”, a nivel provincial, de “hacer favores (en la tramitación de dicha libreta) para ganar votos” (La Internacional. 07/01/1927). Para completar el cuadro, desde finales de la guerra y particularmente desde la huelga de 1920 –que terminó en derrota para los trabajadores–, el sindicato de estibadores portuarios quedó desarticulado y las empresas del puerto retomaron el control de la contratación a partir de la participación de la AT. En este sentido, si bien no contamos con datos fehacientes, no debemos descartar entre los detonantes del conflicto la presión subyacente y constante de la patronal en el lugar de trabajo. Sin olvidar que, en su momento, la derrota de la huelga de 1920 había sido festejada por la AT como su mayor logro desde su creación17. Casi una década de férreo control patronal, se había expresado, no solamente en el congelamiento de los jornales -compensados en forma tibia por mayores cantidades de horas trabajadas debido al auge económico en general y a la actividad portuaria en particular-, sino seguramente en la extensión de un clima visible de opresión debido al trato en el lugar de trabajo.

Además de éstas condiciones, existe un elemento que agregó condimento para que se desenvolviera el conflicto. Al día siguiente del asesinato de Lallana asumió como gobernador Pedro Gómez Cello, quien inmediatamente designó como jefe político de Rosario al “obrerista” Ricardo Caballero. Tanto publicaciones adictas a éste como El Nativo18, u opositoras como La Vanguardia y La Internacional hablaban de simpatías entre los estibadores portuarios y los radicales caballeristas.19 En este sentido, no se debe soslayar la expectativa generada en los trabajadores por la vuelta de un político considerado obrerista a la provincia de Santa Fe y a la ciudad de Rosario.20 Al mismo tiempo, no se debe dejar de percibir la creciente agitación precedente, iniciada en 1927 por las organizaciones obreras y de izquierda con las manifestaciones de solidaridad referidas a Sacco y Vanzetti, que en la sureña ciudad santafesina y en el territorio provincial en su conjunto, tuvieron una destacada efervescencia.21

La gota de sangre que disparó el estallido

La tibieza de los primeros días de la huelga dio paso a una feroz agitación obrera con el asesinato de Luisa Lallana el 8 de mayo. A ello contribuyó, por un lado, la estrategia armada por los estibadores portuarios de montar piquetes de mujeres frente a los portones de las instalaciones del puerto, quienes intentaban convencer, o asediaban, a los rompehuelgas que entraban a trabajar. Por su parte, los hombres –que estaban impedidos de circular por la avenida Belgrano, que corre paralelamente al puerto, bajo la amenaza de ser arrestados– se apostaban en otras intersecciones de la ciudad, alejados del puerto y de la mirada policial, donde esperaban a los “crumiros” muchas veces armados22; obviamente que los encuentros tenían un elevado grado de confrontación23. Finalmente, los empresarios tuvieron el máximo grado de responsabilidad al aportar rompehuelgas que dieron una mayor impronta de violencia a la huelga.

La huelga contó con más del 80% del apoyo de los portuarios, es decir, sólo se mantuvieron en su puesto de trabajo entre 800 y 1.000 trabajadores24 de los 5.000 o 6.000 que llegaron a trabajar en momentos de auge. La cifra debe ser matizada ya que La Sociedad Patronal se encargó de reclutar obreros fuera en Buenos Aires, como en otros puertos argentinos e, incluso, en Paraguay. El desafío a los huelguistas era grande, pues el personal alistado contaba con características particulares. La prensa izquierdista se preocupó en destacar que los denominados “trabajadores libres” no eran más que “alcohólicos” e “inmorales” a quienes les gustaban los juegos de azar y enredarse en peleas entre ellos mismos.25 Incluso la “prensa seria” no pudo ocultar las características de los rompehuelgas y en varias oportunidades acusó a las autoridades de la Subprefectura Naval de haberles permitido el ingreso con armas y alcohol.

Ahora bien, el homicidio de Lallana no se debió a un suceso fortuito sino, más bien, al desencadenamiento de varios hechos premeditados. Según la crónica de la prensa obrera26, el asesino tenía intenciones y protección27. Y se acusó directamente a la Liga Patriótica de cometer el asesinato, según La Vanguardia, La Protesta y La Internacional, el culpable intelectual de la muerte de Lallana fue Tiberio Podestá28, “mano derecha de Manuel Carlés29” y gerente de la AT, quien le habría dicho a Romero que disparara porque él se haría cargo de las consecuencias30. A partir de eso, todo el arco de la izquierda reclamó la disolución de la Liga Patriótica, institución acusada de provocar la violencia (La Vanguardia, 13/05/1928; La Protesta, 25/05/1928; La Internacional, 12/05/1928).

Más importante que ese reclamo fue el clima de exaltación que se generó en las calles de la ciudad. El sepelio de Lallana conmovió a la clase obrera rosarina y en el mismo se calculaba una participación de 10.000 personas31. Con una mayoría anarquista, el cortejo fúnebre fue también encabezado por la USA (La Capital, 10/05/1928). La “congoja obrera” tuvo su punto de partida en la muerte de la joven costurera y ese acontecimiento fue vivido como una ofensa al conjunto de los trabajadores porque la víctima, además de ser obrera, era una joven mujer32, y porque las circunstancias del crimen reprodujeron en parte la alevosía de la explotación que ellos afrontaban cotidianamente. En estos términos, la indignación popular se expresó en la resignificación de los rituales fúnebres ya que, en determinados sepelios, fruto de acontecimientos sociales violentos, las prácticas funerarias dejaban de ser un hecho privado y adquirían el perfil de denuncia pública.33 Por otra parte, no se debe olvidar que la joven asesinada era anarquista, por lo que para la corriente ácrata estos sucesos eran una oportunidad para amplificar una retórica que combinaba formas de dramatismo, martirio y heroísmo. Así, en el largo acompañamiento al cuerpo de Luisa Lallana, se montaron varias tribunas y, en crónicas posteriores de la prensa obrera, se desarrollaron extensas notas sobre el rito fúnebre. Pero la congoja se extendió más allá de los anarquistas y el propio diario La Capital, que casi había ocultado la información sobre la muerte de la obrera textil, debió notificar con una página completa sobre el multitudinario entierro.

Para ese mismo día, tanto la FOLR, la FOLR excomulgada (antorchista) y la UOL decidieron el paro general. Los sindicatos que hicieron efectiva la huelga (además de los estibadores) fueron los municipales, los obreros de la Refinería Argentina, los trabajadores del Ministerio de Obras Públicas de la Nación y muchos otros. También se declararon en huelga los obreros portuarios de Villa Constitución y San Martín, mientras que los de San Nicolás y los de la ciudad de Santa Fe se mantuvieron en estado de alerta. La acción sindical, en cambio, no fue acatada por los trabajadores tranviarios –un gremio con una fuerza estratégica de paralizar la ciudad– y es por ello que los tranvías fueron objeto de ataques.

Por encima de las adhesiones sindicales y políticas, hubo una presencia muy significativa que garantizó el triunfo de la huelga. Nos referimos a la participación de jóvenes, niños y mujeres que se volcaron a las calles para exigir el cierre del comercio y que al mismo tiempo provocaron destrozos en la ciudad. Desde las avenidas Alberdi (en el norte de la ciudad) y San Martín (en el sur) se armaron manifestaciones que obligaron a los comerciantes a bajar sus persianas y destrozaban faros del alumbrado público a su paso. El diario La Capital34 criticó, pero también narró en detalle la protesta. Hacia media tarde, el centro de la ciudad estaba prácticamente en poder de la muchedumbre porque la policía no intervino o, al menos, no lo hizo con la energía acostumbrada. A partir de ese momento comenzaron los reclamos por parte del decano de la prensa argentina, para que la policía pusiera fin a la agitación. Por el contrario, La Protesta se quejaba de las detenciones arbitrarias y La Vanguardia resaltaba que se había incrementado en un centenar la cantidad de efectivos en las calles de Rosario. Es que la policía –que había sido comandada hasta hacía poco por el radical unificado (alvearista) Juan Cepeda35-, tal vez por el recambio de sus fuerzas (La Capital, 04/05/1928), no reprimió severamente, como era su costumbre, aunque hubo detenidos, heridos y un muerto. Evidentemente, el gobierno provincial saliente no quiso inmiscuirse en nuevos conflictos y dejó a su máximo opositor político, Ricardo Caballero, un escenario explosivo.36

La coyuntura abrió también la posibilidad de una negociación entre las partes, las casas exportadoras y la reorganizada Sociedad de Obreros del Puerto de Rosario, aunque la misma no tuvo un resultado exitoso. La firma Bunge & Born se habría negado a reconocer el pliego de condiciones y las voces de la izquierda acusaban una maniobra dilatoria para desgastar a los portuarios, aunque Bandera Proletaria (el diario usista) señaló la falta de idoneidad de los delegados anarquistas, quienes en las reuniones con los empresarios “se olvidaban los mandatos de las asambleas” (Bandera Proletaria, 02/06/1928).

La finalización del paro general llevó cierta paz a la ciudad pero no a la zona portuaria. El 11 de mayo, unos 200 estibadores se concentraron en una de las puertas de entrada al puerto (en la calle bajada Sargento Cabral y Avenida Belgrano) para impedir el paso de crumiros”, al tiempo que en las asambleas de portuarios donde se debatían los pasos a seguir, los asistentes llegaron a 3.000 personas. Mientras tanto, la “prensa seria” transmitía un mensaje alarmista, pues informaba que 70 barcos esperaban a ser descargados. A la vez, intentaba reflejar una sensación de seguridad, pues mencionaba la existencia de cinco aviones de guerra que sobrevolaron la ciudad para tener un detalle de la situación y destacaba la presencia de un buque de guerra listo para entrar en acción. Al día siguiente informaba que, a la costa de la ciudad, arribaría otro barco militar con una carga de marineros para ser utilizados en la represión (La Capital, 12 y 13/05/1928).

Al mismo tiempo, los empresarios hacían su apuesta reuniéndose con el jefe político entrante, Ricardo Caballero, para pedirle que garantizara la “libertad de trabajo”. Es decir, Caballero debía evitar que los huelguistas impidieran entrar a trabajar en el puerto a los “crumiros”. Incluso, llegaron más allá, cuando la segunda corporación empresarial en importancia, la Federación Gremial de Comercio e Industria, hizo público su pedido de renuncia del jefe de policía (Korzeniewicz, 1993). Por otra parte, tanto La Capital, como La Nación y La Prensa reclamaban la “libertad de trabajo” e iniciaron una campaña mediática con este objetivo. De hecho, la arremetida periodística profundizó las fracturas internas del gobierno de Gómez Cello, que se hicieron cada vez más evidentes. Así algunas fuentes indicaron que la situación provocó el fuerte cruce entre el vice gobernador, Elías de la Puente, y Caballero (La Vanguardia, 26/05/1928). Sin embargo, por encima de ello, éste se mantuvo en su cargo, pero fiel a su discurso anti-represivo.

Diferente fue la actitud que tomó la Subprefectura Naval. El 14 de mayo en San Martín un piquete de estibadores huelguistas intentó detener a un grupo de rompehuelgas que salían del puerto de esa localidad. Como los “crumiros” estaban siendo custodiados por la Subprefectura, un marino abrió fuego y mató a un obrero. La noticia volvió a conmocionar a los trabajadores de la región y sirvió para homogeneizar más sus fuerzas. Ese mismo día, se realizó una asamblea en un terreno baldío de las calles Vélez Sarsfield y Gorriti, en el corazón del obrero barrio de Talleres. La solidaridad de los trabajadores tomó otro cariz a partir de esa reunión, realizada en un distrito donde tenían fuerza los anarquistas “quintistas”, principalmente los agrupados en la Sociedad de Obreros de Refinería Argentina. Pero el verdadero golpe de efecto de la solidaridad obrera llegó el 15 de mayo, cuando los ferroviarios encargados de la carga y descarga en el puerto rosarino se acoplaron a la huelga; actitud que los empresarios vieron como una escalada del conflicto, sin que por ello desistieran de sus posturas (Korzeniewicz, 1993, 3).

Simultáneamente, Caballero se reunió con los obreros portuarios: los escuchó y los apoyó en sus reclamos, pero los desalentó sobre el reconocimiento de la organización sindical por parte de la patronal (Caballero, 1929, 501-512).37 El propio Caballero también buscó a la Bolsa de Comercio como un árbitro en el conflicto. La parte obrera comenzaba a mostrar sus disputas internas por la dirección del mismo, pero a la vez se compartían espacios de solidaridad más amplios. Al apoyo de los trabajadores de Talleres ferroviarios, se agregaba la misión de buscar la solidaridad de la población de los barrios en Rosario. Por su lado, los estibadores portuarios de la ciudad de Santa Fe, enrolados en USA, se declararon en paro fraternal con los del sur provincial, lo que acrecentó la influencia y el interés de la central sindicalista en la agitación rosarina. Por fuera de dicha central obrera, imitaron la actitud los obreros de La Fraternidad y de la Unión Ferroviaria quienes, a partir del 18 de mayo, se negaron a cargar, trasladar y recibir mercaderías hacia y desde el puerto. En este punto, sería una nueva provocación de los rompehuelgas la que llevaría a la unificación del movimiento obrero. El 19 de mayo unos “crumiros” que pasaban la noche en los galpones del puerto, dispararon a una lancha del Ministerio de Obras Públicas de la Nación cargada de obreros que apoyaban a los huelguistas. El resultado fue que en la jornada posterior se realizaron distintas asambleas en las que las centrales obreras de la ciudad (FOLR, FOLR excomulgada y UOL) realizaron el llamado a una nueva huelga general.

Agitación y más muertes para lograr el triunfo de los portuarios

La huelga del 21 de mayo tuvo, al igual que la del día 9, a la acción directa callejera como principal protagonista. Desde las primeras horas de la mañana, nuevamente columnas de jóvenes, mujeres y huelguistas ocuparon las calles desde los barrios hacia el centro exigiendo a los comerciantes que cerraran sus negocios. La adhesión de los gremios fue más amplia que en el caso anterior. Como en el primero, se apedrearon edificios públicos, escuelas, faros de la iluminación (se calculan 3.000 lámparas destruidas), comercios y tranvías.38 El transporte urbano de pasajeros, que no acató el paro, fue objeto de intimidación por parte de los huelguistas y, en ese rumbo, se llegó a otro hecho de sangre que marcó la salida del conflicto portuario. Por avenida Pellegrini circulaban tranvías que los huelguistas intentaron detener. Al pasar entre las calles Buenos Aires y Maipú, un grupo de jóvenes lanzó piedras a un tranvía e intentó detenerlo y desde el vehículo se dispararon armas de fuego que mataron al joven panadero de 14 años, Carmelo Leonardi39. La muerte del niño causó nueva indignación en la clase obrera rosarina y extendió la medida por 24 horas más.40

Mientras tanto el frente patronal mostró sus fisuras. En el ámbito de la Bolsa de Comercio se venían realizando reuniones entre los empresarios y los obreros desde hacía cinco días. Los resultados habían sido infructuosos porque la firma Bunge & Born no aceptaba la totalidad del pliego de condiciones elevado por los portuarios. Sin embargo, frente a los acontecimientos que caracterizaron la huelga general, el propio presidente de la Bolsa, Manuel Ordóñez, intimó a los exportadores a que aceptaran el pliego. El 22 de mayo se realizó la reunión donde los empresarios aceptaron las condiciones de los estibadores portuarios que, tras un informe a la asamblea obrera, fue confirmada por la comisión de trabajadores. El único punto que no fue totalmente confirmado fue la salida de los “crumiros” de los puestos de trabajo, algo que despertó el enojo en los trabajadores y extendió la huelga media jornada más (La Capital, 22 y 23/05/1928). El miércoles 23 de mayo, cuando parecía que el paro había llegado a su fin y la ciudad retomaba su rutina, nuevamente grupos de jóvenes irrumpieron en las calles obligando a cerrar comercios y apedreando a vehículos de transporte y edificios (La Capital, 24/05/1928).

Lo cierto es que la huelga de los estibadores portuarios terminó en un importante triunfo para los trabajadores. Los puntos a resaltar de la victoria se encuentran en la compacta solidaridad que surgió de los gremios, sean conducidos por anarquistas, como también de los autónomos y de la UOL. El otro origen de la solidaridad estuvo en los barrios de trabajadores (la actual República de la Sexta, Refinería y Talleres). Sin embargo, la principal marca de la solidaridad obrera surgió de los niños, jóvenes y mujeres que ganaron las calles imponiendo la voluntad de los huelguistas. De hecho, las principales víctimas de la agitación, una joven obrera textil de 18 años y un joven panadero de 14, reflejan por si solos las características de la muchedumbre en las calles. Por su parte, la “prensa seria” intentó calificarlos de vagos y delincuentes que se movilizaban por fuera de las organizaciones de los “verdaderos” obreros (La Capital, 10/05/1928). Sorpresivamente, la USA –en su órgano Bandera Proletaria– también utilizó los mismos apelativos para referirse a quienes sostuvieron la medida de fuerza en las calles. En este punto surge el interrogante: si esa masa fue uno de los principales pilares del triunfo obrero, ¿por qué reciben tal acusación por parte de una central de trabajadores? La respuesta es que la movilización obrera no fue homogénea pero sí totalmente masiva y por tanto contó, no sólo con la participación de militantes anarquistas, sindicalistas, socialistas, comunistas, independientes y aun radicales, y de los obreros directamente implicados, sino también con un arco de la clase obrera que los excedía ampliamente. No obstante, como parte de la experiencia de la clase, las prácticas vinculadas a las orientaciones ideológicas estaban allí, aportando a la praxis concreta de la lucha. Así, aquellos ligados a la USA le proporcionaron una salida negociada mientras que los anarquistas dieron el marco de agitación urbana que transformó a la ciudad durante el mes de mayo. La idea de la acción directa y la huelga revolucionaria tiñeron los días de movilización urbana y, si bien es cierto que la clase obrera no había mostrado señales de intensa agitación desde inicios de la década de 1920, en 1928 los trabajadores repitieron viejas dinámicas de lucha. La diferencia con los conflictos anteriores es que en éste aparece el elemento negociador que logra una salida, una victoria para los obreros que se cristalizó en aumentos salariales, pero también en mejores condiciones de trabajo y fundamentalmente en una importante solidez de las organizaciones laborales que no dudaron en lanzarse a nuevas luchas.41 En este sentido, el sindicato de estibadores de Rosario se iba a convertir en un articulador de la conflictividad obrera regional sostenido en el prestigio logrado en la coyuntura, que superó ampliamente el ámbito de la actividad portuaria, extendiéndose hacia otras actividades de la ciudad y, por supuesto, hacia otros puertos y localidades de la campaña circundante.

Más allá de esto, otros elementos contribuyeron al triunfo obrero. Por un lado, la victoria electoral de la línea política yrigoyenista a nivel nacional y provincial, y la caballerista a nivel local, suponemos que transmitieron un clima de confianza a los trabajadores. Por otro lado, las disputas internas de los “personalistas” –que en Santa Fe además presentaba una fragmentación interna– y “antipersonalistas”, permitió que los trabajadores tuvieran un margen de espacio para elevar sus reclamos, mostrar su fuerza en la calle sin ser reprimidos y sentarse a negociar con un frente empresario.

La lucha que no cesa

El fin de huelga portuaria de mayo no supuso que la conflictividad social amainara, en algún sentido podemos afirmar que, como resultado mismo del triunfo de la huelga, la actividad sindical se expandió y con ella otras huelgas en casi todas las áreas de la ciudad. A los pocos días de concluida aquélla, el 27 de mayo, 420 hombres y 50 obreras de las fábricas de bolsas se declararon en huelga, reclamaban aumentos de salarios y reincorporación de despedidos en las últimas semanas, concluyendo el 6 de junio con la aceptación el pliego (Caballero, 1929, 505). El día anterior, se inició otra huelga emblemática del año 28, la de los tranviarios (Pons, 2010). Estos, que habían sido los grandes ausentes en las acciones de solidaridad, se volvieron objeto preferido de los ataques tanto de los huelguistas, como de la propia población obrera. Además, recién iniciaban su reorganización sindical con la creación de una federación de orientación sindicalista (Bandera Proletaria, 28/07/1928) y probarían su capacidad de organización en una extensa y compleja huelga de casi dos meses en la que aproximadamente 1800 hombres pidieron el reconocimiento del sindicato, la efectivización del personal –con más de 6 meses de antigüedad– y sueldo mínimo de $ 160, entre otras reivindicaciones (Caballero, 1929, 507).42 Desde el 18 de junio y hasta el 5 de julio, 1500 hombres y 300 mujeres empleados en la Refinería de azúcar (unos de los bastiones del anarquismo local) se lanzaron a la huelga por el despido del secretario general del sindicado, L. Leal (Caballero, 1929, 505). Paralelamente, entre el 20 de junio y el 6 de julio, los obreros fideeros de Minetti pararon por aumento salarial y 8 horas (Caballero, 1929, 505/6). El cuadro se completaba y complejizaba para los grupos empresarios con la huelga que decretaron los conductores de carros y camiones, donde más de mil obreros pidieron aumento de salario, 8 horas y reconocimiento del sindicato (Caballero, 1929, 505/6).

En todas las huelgas ha habido varios denominadores comunes, uno es la continuidad de mecanismos de acción directa (alto grado de participación expresado en múltiples y masivas asambleas, movilización callejera y, muy especialmente, una fortísima confrontación con los carneros), otro aspecto también visible es la competencia intersindical por el control de las huelgas y a través de ello de los respectivos sindicatos; y, finalmente, cabe resaltar una presencia constante de las autoridades vinculadas a la Jefatura Política en las negociaciones, que parecían más dispuestas a alentar a los obreros en huelga que a la represión lisa y llana.

La clase obrera nuevamente ocupaba las calles de la ciudad pero, como en las jornadas de mayo, no sólo eran obreros en conflicto los que se hacían visibles; en particular, las acciones que parecían más espontáneas daban cuenta de un mayor espacio de participación, donde jóvenes y mujeres fueron claros protagonistas. El fenómeno es destacado por todas las fuentes (prensa local, partidaria y sindical) pero, por su significación, sólo señalaremos la perspectiva de la máxima corporación empresarial local. Comentando los ataques a los carros y camiones de carneros del día 10 de julio, indicaba:

Estos hechos se produjeron no por los obreros en huelga sino por elementos extraños, en su mayoría mujeres y menores, armados de garrotes, cuyos desmanes es inexplicable que la policía no haya reprimido. Se ha generalizado entre esta clase de elementos, la versión que los alienta a proceder impunemente, de que la Policía tiene órdenes terminantes de no proceder, versión inadmisible, pero que ha sido recogida por elementos ponderados ya que no ha sido desvirtuada por los hechos. (MBCR, 1928, 16)43

Así, para inicios de julio, ante la evidencia de que la continuidad y el éxito de la huelga de conductores de carros y camiones estaba desmadrando la circulación de bienes, los distintos sectores del empresariado local perdieron cualquier consideración conciliadora y se articularon con la oposición política, reiniciando una compleja ofensiva que apuntaba a lograr en un mismo movimiento, la intervención nacional de la provincia o, por lo menos, la caída de aquella facción que más parecía molestarles (los caballeristas), tanto como la represión de los movimientos huelguísticos44, pero muy particularmente esperaba que se concluyera con el estado de “desorden social” (MBCR, 1928, 158/9).

Dentro de las medidas elegidas (notas a las autoridades provinciales y nacionales, comunicados a la prensa, reuniones interempresarias), la organización y concreción exitosa de un lock out durante los días 12 y 13 de julio, creemos, potenció las múltiples conflictividades en presencia. Por una parte, porque constituía un pleno desafío a los sindicatos en conflicto que debía poner a éstos y en particular al gremio de los estibadores, que se había convertido en cuestión de semanas en uno de los articuladores de las luchas, ante una clara disyuntiva. En este sentido, en la explicación de la huelga que emprendieron los estibadores rosarinos en solidaridad con sus compañeros de Villa Constitución -que analizaremos más adelante- no hay que dejar de lado el lock out patronal inmediato: a una demostración de fuerza de la burguesía debía anteponérsele otra demostración de fuerza equivalente. Pero con toda evidencia la arremetida empresarial tenía también un destinatario político, Ricardo Caballero. En este otro sentido, no hay que descartar que el caballerismo alentara las huelgas (en particular la de estibadores), ya que éstas afectaban centralmente a los grupos burgueses que, en la coyuntura, pedían ostensiblemente su destitución al gobierno provincial y nacional; pero esta actitud podía consolidar, además, tanto en lo inmediato como a futuro, cierto consenso dentro de la clase obrera local que lo pondría a resguardo (electoral) de sus contrincantes al interior del radicalismo yrigoyenista, cuya cabeza visible era el diputado nacional Jorge Raúl Rodríguez.45

Y nuevamente la solidaridad obrera

Llegado a este punto, el lunes 16 de julio los estibadores rosarinos decidieron parar en solidaridad con sus colegas villenses, que estaban de huelga desde el 6 del mismo mes46, potenciando de este modo una ola de paros que parecía retroalimentarse constantemente y de la que nuevamente saldrían victoriosos.

Para la época el puerto de Villa Constitución se había consolidado como un clásico puerto del modelo agroexportador: una de sus unidades estaba dedicada a la importación, casi exclusivamente al carbón para la provisión de los ferrocarriles ingleses que tenían una punta de línea y unos talleres de reparación de mediana importancia en la localidad. Por otra parte, el puerto exportador estaba dedicado sobre todo a cereales y, dentro de ellos, en particular al maíz.47 Para la fecha era el tercer puerto cerealero de la provincia detrás de Rosario y Santa Fe, pero el segundo maicero; por allí se exportaba poco más del 5 % de la producción nacional, que era de cierta importancia, si consideramos que entre el puerto porteño y el rosarino se llevaban casi del 90 %.48 Ahora bien, a diferencia de Rosario, la actividad portuaria tenía allí mucho mayor impacto en la sociedad local; es que el puerto ocupaba durante los meses de más actividad buena parte de la fuerza de trabajo local, que se veía incrementada por obreros de jurisdicciones vecinas. En general los estibadores representaban una importante proporción de la población y, si bien las fuentes no coinciden, podemos considerar entre 400 y 500 su número49, en una población que posiblemente no superaba los 7000 habitantes.50

En términos del movimiento obrero local, éste estaba articulado (aunque también tensionado) por la fuerte presencia de los estibadores. Desde principios del siglo XX entre ellos predominaban los anarquistas, a través la Sociedad de Resistencia de Obreros del puerto de Villa Constitución, adherida a la FORA del 5º.51

En términos políticos, el departamento Constitución, del que era cabecera Villa Constitución, había sido el bastión del caudillo Juan Cepeda desde fines del siglo XIX. Allí predominaba la política coactiva y la policía “brava” hacia los opositores políticos, pero particularmente hacia el movimiento obrero. En la coyuntura inmediata los cepedistas habían perdido las elecciones nacionales a manos de los yrigoyenistas (muchos de ellos caballeristas), así como también varias comunas del Departamento. El puesto clave de jefe político lo había ocupado Luis González, cepedista, que renunció a poco de asumir el nuevo gobierno provincial (3 de mayo), que designó interinamente a Antonio Crespo. Más adelante, ya iniciada la huelga de mayo, asumió un caballerista de Alcorta, Lorenzo Echezarreta (La Capital, 04/05/1928; El Orden, 20/09/1928).

La huelga villense de julio tuvo su origen en la confusa resolución de la de mayo. En esa coyuntura los estibadores locales, al declararse en solidaridad con los rosarinos, habían agregado algunas reivindicaciones puntuales que fueron utilizadas por el contratista (representante local de Dreyfus y Bunge & Born) para no firmar el acuerdo y pretender un trato preferencial para los “crumiros”, de allí que la huelga se extendiera dos días más, en un marco de fuerte movilización (La Protesta, 29/05/1928).52 Pero, a poco de andar, la utilización de “crumiros” hizo estallar de nuevo el conflicto. Según La Vanguardia “El caudillo [no indica de que partido] y contratista Fernández reclutó unos ochenta crumiros … con la complicidad del secretario del sindicato, que no tuvo escrúpulos en traicionar a sus compañeros, suplantaba a los viejos trabajadores auténticos.” (La Vanguardia, 17/07/1928) La huelga otra vez adquirió altos grados de participación y violencia, al punto de producirse varios enfrentamientos armados, tanto entre huelguistas y carneros (La Capital, 21/07/1928) (hubo dos muertos uno por bando53), como entre aquéllos y la policía (La Internacional, 11/08/1928). Aquí de nuevo se hizo visible la presencia de mujeres, solamente que hasta donde sabemos, en este caso es posible que fueran militantes anarquistas.54 La actitud del jefe político local resultó más represiva, y no fue extraña la persecución policial a los militantes, obligándolos a abandonar el pueblo bajo amenaza de cárcel (La Vanguardia, 17/07/1928). Todo ello no impidió que, cuando el conflicto adquiriera ya dimensiones regionales por la solidaridad de otros gremios, Echazarreta, el jefe político local, interviniera recurriendo a la Bolsa de Comercio rosarina (mediadora en la huelga) para que convenciera a las exportadoras de reconocer al sindicato como parte de la solución del conflicto, circunstancia que el mismo presidente de la Bolsa rechazó por improcedente (La Capital, 19/07/1928).

A poco más de una semana después de iniciada, la huelga adquirió otro cariz cuando, primero los estibadores rosarinos, y luego los de los otros puertos cercanos, lanzaron sus respectivas huelgas de solidaridad. En la coyuntura también se solidarizó el Sindicato de Capataces Estibadores del Puerto de Rosario (La Capital, 20 y 22/07/1928). Si bien éste fue posiblemente producto del creciente proceso de reorganización gremial, no debemos minusvalorar su peso, en principio porque para la fecha ya contaba con local propio en las inmediaciones del de los estibadores, pero en particular, por la posición que ocupaban en el control de la fuerza de trabajo en el propio lugar.

La nueva huelga portuaria venía a completar el cuadro de conflictividad urbana por el que pasaba Rosario. La zona del puerto fue prácticamente militarizada a través de la acción conjunta de los marineros, soldados y “crumiros” (La Vanguardia, 17/07/1928). A la solidaridad de los estibadores rosarinos, pronto se unió la de los de San Martín, Gaboto y San Nicolás. La movilización obrera no había decaído, tal es así que sus asambleas siguieron siendo multitudinarias (La Vanguardia, 18/07/1928).55 Complejizando el panorama, dos días después, 2000 obreros de la Sociedad de Electricidad entraron en huelga por reivindicaciones específicas (Caballero, 1929, 509). Por último, el 18 de julio, la huelga de los estibadores se hizo más profunda por la solidaridad de los carreros (sociedad también conducida por los anarquistas) que boicoteaban el ingreso al puerto (La Capital, 20/07/1928. La Vanguardia, 21/07/1928).56

Los empresarios aglutinados en la Bolsa de Comercio y los opositores políticos al caballerismo, por unos días profundizaron aún más el rosario de reclamos y reproches por el comportamiento permisivo de la policía local (MBCR, 1928, 147-8), censurando al gobierno provincial por su inacción; pero rápidamente la Bolsa retomó sus tareas de mediación, luego que le fuera otra vez solicitada por los jefes políticos de Rosario y Constitución (La Capital, 19/07/1928). A esta altura, era evidente que Caballero y sus funcionarios estaban mediando en éste como en otros conflictos paralelos57, al mismo tiempo que, por estas razones se polarizaron en su gestión las críticas, tanto de la oposición externa como interna al radicalismo (Karush, 2006, 77).58

Con una celeridad que hace sospechar negociaciones preexistentes, el presidente de la Bolsa de Comercio, Manuel Ordoñez, anunció el 19 de julio que se había llegado a un acuerdo para solucionar la huelga villense, quedando solamente pendiente la aceptación de la asamblea obrera. Aquí debemos detenernos, pues éste suponía algunos aspectos que incidirían a futuro. El documento firmado era el siguiente:

1º.- La reanudación del trabajo en el Puerto de Villa Constitución se hará bajo las condiciones establecidas en la Conferencia de representantes de las casas y obreros, celebrada el día 23 de mayo de 1928.

2º.- Para la efectividad de este convenio, y cuando el trabajo no sea suficiente para todos los obreros portuarios, se hará un registro de éstos (sección exportación) en el que se incluirá a todos los hombreadores, cuarteadores y capataces que actuaron en aquel Puerto al 5 de mayo de 1928, formaran o no parte de las asociaciones obreras, los que serán llamados a sus tareas por riguroso turno, y para controlar el cual podrán intervenir dos representantes de los obreros, antes de la iniciación del trabajo diario. (MBCR, 1928, p. 149. Itálica de los autores)

Estos dos aspectos resaltados son clave para entender el impacto diferencial que tendrá este acuerdo para los estibadores rosarinos y villenses. En principio la conformación de un registro y el sistema de turno (que ya estaba en el acuerdo de mayo) no era novedad, pero al incluir sólo a los obreros que actuaron con anterioridad a la huelga de mayo, casi taxativamente se estaba excluyendo a los “crumiros”, por lo menos a los provenientes de localidades más lejanas (Buenos Aires, Bahía Blanca) que, a su vez, seguramente fueron los más comprometidos con la patronal y con sus entidades afines: la Sociedad Patronal, la AT y la Liga Patriótica59. Por otra parte, la presencia de dos delegados obreros en la selección del personal se convertiría en un aspecto clave que le aseguraba al sindicato villense (y a sus conductores anarquistas) una larga vida, por lo menos hasta los primeros años del peronismo (Ascolani, 2009, 181-196; Videla y Diz, e/p).

Los gremios de estibadores aceptaron el acuerdo pero condicionaron el levantamiento del paro a la libertad de los presos villenses (La Capital, 21/07/1928, 22/07/1928), mientras tanto, continuaron en Villa Constitución los violentos enfrentamientos entre huelguistas y carneros60. Tres días después de la firma del acuerdo, el 23 de julio, finalizó la huelga con la liberación de los presos villenses, luego del pago de su fianza, aunque siguieron imputados por “atentar contra la libertad de trabajo”; las gestiones para su liberación las había encabezado el propio presidente de la Cámara Sindical de la Bolsa, Manuel Ordoñez (La Capital, 24/07/1928).

De la resolución de este conflicto podemos derivar otras consideraciones respecto al comportamiento de los caballeristas en Rosario: que se pidiera sólo por la liberación de los presos en Villa Constitución, indirectamente estaría confirmando que la amplia movilización obrera en Rosario no había dado como resultado la detención (permanente y/o por lo menos con proceso judicial) de militantes y obreros.

Por último, la nota publicada en el matutino La Capital luego del acuerdo explica en alguna medida la buena disposición de la conducción corporativa para dar por concluida la huelga, sea interviniendo para que las exportadoras cumplieran con el acuerdo o, más importante, ante las autoridades policiales y judiciales para que liberaran a los presos. Y es que el Centro de Navegación Transatlántica (entidad con sede en Buenos Aires que reunía a las grandes empresas navieras) decidió un virtual boicot al puerto rosarino, resolviendo que las mercaderías con ese destino fueran derivadas al puerto de Buenos Aires u otros, y que sus asociados no tomaran más contratos de descarga, debido a las constantes huelgas. La decisión ponía entre la espada y la pared a los comerciantes locales, pero también a las exportadoras que, en la cadena de comercialización, no podrían trasladar hacia abajo los contratos ya acordados (La Capital, 21/07/1928).

Conclusiones

A modo de balance, en general, consideramos que la huelga portuaria de mayo de 1928 marcó un punto de inflexión comparable a otros sucesos de la historia del movimiento obrero argentino como fue, por ejemplo, la huelga de la construcción de 1936 en Buenos Aires; sólo que las miradas retrospectivas, traspasadas por el impacto del reflujo que impuso el golpe del 30 y la posterior obsesión por dar cuenta de la aparición del sindicalismo peronista, fueron corriendo el foco de atención sobre estas experiencias, oscureciendo su importancia.

En este sentido, queremos resaltar tres aspectos de distinta índole; el primero tiene que ver con la intensidad, circunstancia que nos lleva a indagar en la relación entre la clase y el movimiento a través del comportamiento de los actores, donde se evidencia una dinámica en la que se hizo visible la autonomía de los trabajadores respecto de las corrientes ideológicas en presencia, al tiempo que se recurrió a unas prácticas que, marcadas por la experiencia y la oportunidad, no se correspondían plenamente con las orientaciones de algunas de ellas en particular. El segundo aspecto penetra un terreno ciertamente resbaloso, el de las articulaciones entre política de partidos y movimientos sociales. En este caso, apuntamos a pensar cómo la conflictividad obrera impactó en la acción política dirigida desde distintos niveles del Estado, puntualmente al interior de un radicalismo muchísimo más complejo y contradictorio de lo que ha tendido a percibirse. Finalmente, el tercer aspecto tiene que ver con la magnitud: la medida de fuerza de los portuarios no sólo marcó la reorganización sindical en la ciudad y en su hinterland, sino que fue el inicio de un ciclo de agitaciones obreras que conmocionaría buena parte del núcleo de la economía agroexportadora, al poner en vilo a la región pampeana en los meses subsiguientes (donde tuvo suerte disímil), para volver nuevamente a expresarse al año siguiente en estos puertos del sur santafesino, esta vez sin el grado de violencia del año anterior, pero todavía con resultados favorables.

En el sentido del primero de los aspectos señalados, la huelga de los estibadores nos pone ante una coyuntura donde existía una fuerte complementación entre una amplísima participación popular en las acciones propias de la conflictividad obrera y un creciente dinamismo de las organizaciones sindicales. En este contexto, un elemento clave que nos sirve a la hora de reflexionar acerca de la huelga de los estibadores portuarios fue la masiva participación de la clase obrera en donde destacamos particularmente la intervención de jóvenes, niños y mujeres. La misma se demostró en la presión contra los “crumiros”; en la importante presencia en las calles durante las huelgas (particularmente en las generales), para propiciar la paralización de las actividades; en actos de vandalismo como la rotura de faros públicos o la pedrea a las escuelas y, fundamentalmente, en el extendidísimo movimiento de solidaridad territorial.

En este sentido, es indudable que a lo largo de toda la huelga la acción directa y aun la dirección política de la misma no estuvo en ningún término circunscripta a la militancia, más aún creemos que si algo la caracterizó fue haber logrado expandir el compromiso con la acción a amplios sectores de la clase. Así, resulta evidente que las huelgas no las manejaba plenamente ninguna de las orientaciones ideológicas, por más que anarquistas (con mayores razones) y sindicalistas se las atribuyeran. En algún sentido, la clase tomó las riendas del movimiento y, en varias oportunidades, parecía que la agitación callejera se volvió incontrolable y la multitud se gobernó a sí misma. En tales circunstancias, la retórica anarquista quizás tuviera un mayor espacio en la escucha de los trabajadores; sin embargo, al mismo tiempo, las asambleas obreras doblegaban a la dirigencia ácrata a soportar la presencia usista y a aceptar la participación del Estado, casi siempre en la figura del jefe político, Ricardo Caballero. Por estas razones, afirmamos que la clase obrera pujó por mantener su autonomía durante la huelga, actuando de acuerdo a experiencias pasadas (donde las prácticas de los anarquistas tenían cierta impronta), mientras ensayaba nuevas acciones como ser la negociación con el Estado.

Respecto de nuestra preocupación por la articulación entre conflicto obrero y política, comprobamos que, en el ánimo de la masa obrera, la perspectiva de la vuelta de los yrigoyenistas incidió al crear un “clima de oportunidad” para sus reclamos, que se reforzó por el comportamiento puntual de alguna de sus facciones. Pero, a su vez, provocó que el enfrentamiento de clases profundizara las diferencias internas del radicalismo, tensionándolo hasta la ruptura partidaria, pero no ideológica. En este sentido, postulamos que, para acercarnos a una explicación, hay que pensar “radicalmente” (es decir dentro de la lógica de la identidad partidaria) y que, por tanto, aun para sectores del radicalismo yrigoyenista con cierta orientación social (J. R. Rodríguez, el “Núcleo”, por ejemplo) el movimiento obrero era “exterior” a su propia experiencia política y no integrable (relativamente) en el entramado de la propia identidad. En este sentido, estos sectores estarían todavía encorsetados por una matriz ideológica que no podía pensar un movimiento obrero “radical” como parte de una identidad más extensa. El caballerismo (por lo menos en la coyuntura) estaría indicando que el camino no era intransitable, pero suponía asumir plenamente tanto tareas prácticas (sean las de intervención estatal, si se estaba en lugares de decisión, o las más propias de la militancia sindical, a nivel de la acción colectiva), como también las consecuencias de los conflictos derivados de una estrategia donde la conflictividad social se articulaba con la política, derrotero que el radicalismo, en general, no estaba dispuesto a emprender más allá de la disposición favorable, o no, de los trabajadores.

Finalmente, ciertos elementos son clave a la hora de reflexionar sobre la importancia de la huelga de los estibadores en un proceso de conflictividad más extendido. En principio, fuentes e investigadores coinciden en que, si bien el inicio del ciclo huelguístico podía buscarse aún desde el año anterior, fue la huelga portuaria un punto de inflexión donde rastrear algunos de los hilos que nos expliquen el fenómeno general que afectó más extensamente a la región. La primera evidencia es que, a partir de esta coyuntura, no sólo el proceso de agremiación a los sindicatos existentes se expandió, sino que en el transcurso de las semanas aparecieron con rapidez nuevas organizaciones que crecían al calor de la misma conflictividad urbana; por otra parte, si bien con vinculaciones que deberíamos comprobar más fehacientemente, parece evidente que también fortalecían los procesos de sindicalización rural. En este sentido, no creemos insensato pensar que no son sólo activos militantes (usistas, anarquistas, antorchistas, comunistas y socialistas) los que promovieron la organización de sindicatos y las huelgas en las pequeñas localidades del interior pampeano durante la segunda mitad de 1928, sino que una buena parte de los braceros que las protagonizaron pudieron ellos mismos haber sido partícipes de los sucesos que analizamos.61

La complementaridad relativa entre el trabajo portuario y el de la cosecha, y el extendido entramado ferroviario que vinculaba a la zona, sin dudas favorecieron la circulación de los trabajadores. No es extraño entonces que miles de obreros llegaran a mediados de año a las pequeñas localidades de la pampa agroexportadora portando el clásico mono, además de una actitud distinta para enfrentar la disputa social, cargada de una experiencia reciente donde la fuerza de la agremiación, la acción directa y aun la voluntad de conciliación con algunas autoridades parecían darles mayores oportunidades para mejorar su situación.

Notas

1 Aquí seguimos la caracterización que hiciera de ellas Ricardo Falcón (1987).

2 Los autores utilizan el concepto de “visualización”, es decir, que el medio periodístico presenta los hechos de tal manera, a fin de crear un clima apropiado para que su público demande determinadas políticas.

3 De hecho, la USA, que en Rosario estaba representada en la Unión Obrera Local (UOL), en abril de 1928 formó un Comité de Agitación y Reorganización con la intención de armar un frente sindical.

4 Caballero fue un político paradigmático en Santa Fe a lo largo de casi medio siglo. Según algunos tuvo un acercamiento al anarquismo en su juventud, pero toda su vida política activa la hizo al interior del radicalismo. Líder rosarino durante la revolución de 1905, primer vice gobernador radical en Santa Fe (1912), diputado nacional, senador nacional en dos ocasiones. Para un perfil más desarrollado del mismo. Videla y Zanella (2005),

5 La reforma supuso cambiar un padrón de contribuyentes (nativos y extranjeros) por otro que sumaba al padrón provincial, extranjeros inscriptos y algunas mujeres (profesionales, maestras y contribuyentes). Para las implicancias del nuevo sistema (Roldán, 2010, 178-180).

6 Para una caracterización de los mismos. (Falcón, 2005, 80-83).

7 Con cierta antelación tal condición ya había sido señalada por Falcón (2005, 80).

8 Los trabajadores portuarios no solo ocupaban una posición estratégica en el proceso, sino también para la historiografía, que un tanto paradójicamente ha señalado tal condición, pero todavía se debe una producción mucho mas vasta sobre el ellos. Para un muy buen análisis sobre lo producido, sus condiciones históricas de producción y una potencial agenda de investigación (Fanduzzi, 2011)

9 Según Bandera Proletaria, el conflicto se inició en un barco donde se debía descargar cemento y los trabajadores lograron hacer efectivos sus reclamos. Entonces, más tarde, surgió otro grupo de obreros, en un galpón del puerto, que imitó a los primeros hasta que se realizó un pliego de condiciones y se reagruparon en el sindicato de estibadores portuarios. Bandera Proletaria, era el periódico semanal que representaba a la central sindical USA. (Bandera Proletaria, 02/06/1928).

10 En la actualidad dicha ciudad se llama Puerto General San Martín, aunque mantendremos la denominación de la época. Igual caso es el de Puerto Borghi, que en el presente se llama Fray Luis Beltrán.

11 La USA estaba dirigida principalmente por sindicalistas revolucionarios, si bien contaba con un porcentaje importante de comunistas. Dirigía algunos gremios de importancia como la Federación Obrera Marítima (FOM), entre otros. Por su parte, los socialistas ya se habían separado y habían formado la Central Obrera Argentina (COA).

12 Ese día, la Bolsa de Comercio dictaminó “razón de fuerza mayor”, es decir, una medida que desligaba a los participantes del comercio en el puerto de las obligaciones fijadas por contrato, es decir, de entrega o de liberación de depósitos de mercadería, entre otros. (MBCR, Memoria 1928).

13Aquí se ha declarado una huelga general por la comisión directiva y la han impuesto al gremio, porque con ello se crea una mentalidad propia y libre…”. (La Vanguardia, 07/05/1928).

14 La cifra que manejaba el diario socialista era la más inferior de las mencionadas y contrastaba visiblemente con sus cálculos posteriores. De la información del diario La Capital se puede calcular entre 5 o 6 mil trabajadores. (La Capital, 17/05/1928). Este último cálculo sería el más acertado. El informe del Jefe Político de Rosario, mencionaba 7000. (Caballero, 1929, 508).

15 Adolfo Dickmann (Partido Socialista, PS) denunciaba en la Cámara de Diputados la existencia de “contratos firmados entre el Ferrocarril Central Argentino y los subcontratistas, especialmente cargadores de Santa Fe y Rosario, que imponen la ocupación de hombres de la ANT con exclusión de los agremiados en los sindicatos proletarios.” (DSCDN, 12/07/1928, 226).

16 Hermelo (1870-1946) ganó cierta notoriedad por ser el segundo comandante de la Corbeta Uruguay que rescató en la Antártida, en 1903, a la expedición sueca de Otto Nordenskjöld. Dicha acción le valió condecoraciones en Suecia y en Noruega. En política actuó en el Partido Radical y fue Prefecto Nacional Marítimo y Jefe de Policía.

17 “… un paso central de la ANT fue haber logrado derrotar una huelga de estibadores en el Puerto de Rosario que se prolongó durante 32 días entre febrero y marzo de 1920. La victoria patronal en el puerto de Rosario fue el contexto en el cual la ANT estableció oficinas en esa ciudad, desde donde operó hacia el interior santafecino y la provincia de Córdoba. En este sentido, la “toma” de Rosario significó, para la ANT, un paso organizativo de fundamental importancia ya que le permitió consolidar su presencia en las zonas cerealeras y portuarias por excelencia.” (Rapalo, 2010, Cap. 4).

18 Un buen análisis de esta particular publicación de finales de los veinte. (Muller, 2008)

19 (El Nativo, 15/09/1928). “Vieron en las solapas unos peluditos de metal” expresó el diario socialista haciendo referencia al sobrenombre (El Peludo) del presidente Hipólito Yrigoyen. (La Vanguardia, 07/05/1928). (La Internacional, 07/01/1928). Otro indicio de ello nos lo proporciona el diario Santa Fe de la ciudad capital, quien denunciaba que la Sociedad Patronal (que según el diario no era más que un sucedáneo de la Liga Patriótica) había entregado, a partir de sus inspectores, las boletas oficialistas a los obreros afiliados a la misma, conminándolos para votar a los radicales unificados (esto es, los antipersonalistas locales). Según el diario, la maniobra habría fracasado estrepitosamente ya que el voto de los estibadores se había volcado masivamente por los yrigoyenistas. (Santa Fe, 24/02/1928)

20 El vínculo ha sido resaltado, además de los citados Karush y Korzeniewicz, por otros investigadores como Ricardo Falcón y también en algunas memorias de militantes, como el líder comunista Florindo Moretti (“Muchos de los portuarios protagonistas de aquella huelga ganada, habían también depositado su confianza en el caudillo de la UCR. [se refiere a Yrigoyen]” (Lozza, 1985, 273).

21 La campaña activa en Rosario incluyó también a miembros más radicalizados de la facción caballerista. (El Nativo, 15/09/1928).

22 Era común que los hombres de la época portasen un revólver o un cuchillo entre sus pertenencias. Cfr. (James, 2004, 126). Para un relato de un obrero portuario Cfr. (Cafferata, 1988).

23 La Capital reflejó en sus páginas una gran parte de estos episodios donde presentaba a los rompehuelgas como “trabajadores libres” y a quienes los confrontaban como criminales. Estos sucesos no eran únicamente agresiones de una parte como lo planteaba el decano de la prensa argentina, sino que fueron, en muchos casos, enfrentamientos entre ambas partes. Para un análisis del tratamiento de la violencia por La Capital, (Cesaretti, Mauro y Uliana, 2005). Para una aguda crítica del mismo y un análisis de otras publicaciones, (Scocco, 2009).

24Ayer, en cambio, sólo lo hicieron (trabajaron) 1100 hombres de los cuales 800 pertenecen a la Sociedad Patronal de esta ciudad y los restantes proceden de Capital Federal”... “Las casas exportadoras esperaban contingentes de Buenos Aires, Bahía Blanca y del Norte” (La Capital, 09/05/1928). Tres días más tarde, el mismo diario informaba que las tareas en el puerto no llegaban ni siquiera al 20% de su actividad normal (La Capital, 12/05/1928). “Los crumiros de la patronal son tan pocos que no peligra la huelga”... “Apenas si alcanzan a varias centenas los crumiros de la sociedad patronal que el bluf de la prensa burguesa y senil los hace aparecer en número de 1.500” (La Internacional, 19/05/1928). Según La Protesta, los rompehuelgas reclutados sumaban entre 750 y 800 (La Protesta, 11 y 12/05/1928). “Los crumiros que llegan de todos lados, debido a las actividades de la liga de brigantes, no pueden reemplazar a los huelguistas. Un capataz me comentó que un trabajo que hacen cuatro hombres de los huelguistas, no lo hacen diez de los crumiros.” (La Vanguardia, 07/05/1928).

25¿Quiénes son los de la Liga Patriótica? Otra trifulca en un tren de pasajeros.” (La Internacional, 19/05/1928). La Protesta reproducía una noticia de La Prensa donde informaba que un grupo de trabajadores reclutados por la Sociedad Patronal había provocado escándalos en un tren con destino a Bahía Blanca. La nota, además de tener un tono irónico, presentaba la actitud de estos trabajadores como una secuela de mal comportamiento (La Protesta, 16/05/1928). “Los “crumiros” hicieron fuego contra obreros del ministerio de obras públicas cuando regresaban de su labor. Muertos y heridos. Además de asesinar a otros, los crumiros se matan entre ellos” (La Vanguardia, 21/05/1928).

26 La prensa obrera destacó el incidente ampliamente y con igual punto de vista, aunque con algunas diferencias. La Protesta remarcó que el hecho se debía a cómo se habían posicionado las organizaciones que alistaban rompehuelgas. Las mismas, obviamente, despertaban la ira del proletariado y la solución estaba en dar una respuesta contundente a la burguesía sin siquiera meterse en cuestiones jurídicas. Por su parte, La Vanguardia inició una pesquisa y realizó un desarrollado informe de la situación, así como también se preocupó por la acción de la justicia hacia quienes consumaron el hecho. En cambio, el diario La Capital ignoró el hecho y en un primer momento lo mudó, con un insignificante párrafo, a la sección de noticias policiales.

27Juan Romero respondió a las exhortaciones de los obreros en huelga desenfundando el revólver y apuntando a un grupo de mujeres. Una muchacha, Luisa Lallana, de 18 años, quedó gravemente herida, en el pavimento. El héroe no se dio ni siquiera a la fuga, convencido de la impunidad de que goza y de que ningún juez ha de condenarlo por su bravura” (La Protesta, 10/05/1928).

28 El diario socialista insistió en varias ocasiones sobre el tema (La Vanguardia, 09/05/1928 y 20/05/1928). “El inspector Podestá pedía que se corrieran las chicas que repartían volantes y le habría dicho a Romero que disparara” (La Protesta, 11/05/1928).

29 Carlés, rosarino para mas datos, fue indudablemente el más importante referente de la Liga por esos años. (McGee Deutsch, 2003).

30 Podestá fue arrestado y le iniciaron una causa. Más tarde lo vieron en la calle intentando sobornar a un obrero testigo del suceso, “aún visto por las autoridades” (La Protesta, 16/05/1928).

31 El velorio se realizó en casa de la familia de la fallecida. Más tarde, sus padres aceptaron trasladarla al local del sindicato de estibadores portuarios (Chacabuco 1937). Desde allí se inició una travesía por la avenida Pellegrini hasta el cementerio El Salvador, donde le realizaron la autopsia. Luego se retomó la marcha y todos se dirigieron al cementerio La Piedad, donde fue enterrada. El recorrido del féretro, cargado en parte a pulso y en parte en autos de alquiler, superó los cinco kilómetros (La Capital, 10/05/1928. La Protesta, 11/05/1928).

32 La mujer y en especial el cuerpo femenino eran temas de preocupación social, ya fuera por parte de las organizaciones de izquierda como de los sectores conservadores. El interés estaba puesto en el cuidado de la mujer en tanto madre, pues era considerada pieza fundamental de la familia. (Lobato, 2007).

33 Es posible que los rituales fúnebres fueran una de las formas más contundentes de comunicar, y en verdad denunciar ante la opinión pública, la fragilidad y la precariedad a la que los trabajadores y sus familias estaban expuestos por el trabajo cotidiano” (Lobato y Palermo, 2011).

34 La Capital informó que la ciudad vivió horas de incertidumbre y desconcierto que se explican por “la caprichosa e interesada intervención de los elementos de perturbación social que, al margen de las organizaciones proletarias, aprovechan de los momentos oportunos para infundir el sobresalto y la alarma en la población pacífica y laboriosa” (La Capital, 10/05/1928).

35 Homónimo y sobrino del vice gobernador saliente.

36 Korzeniewicz sostiene que el presidente Marcelo T. de Alvear –opositor al entrante Yrigoyen– no quiso alinear ni fortalecer a los “personalistas” en Rosario, que tenían un fuerte discurso anti-represivo, y envió a la ciudad al Ejército nacional (Korzeniewicz, 1993).

37 La decisión de entrevistarse con Caballero había sido tomada en asamblea, con la oposición de la militancia anarquista, que mocionó que la comisión sólo era “informativa” (La Vanguardia, 15/05/1928).

38 Que la situación excedía aun a los propios anarquistas se visualiza en el siguiente comentario durante la huelga general del 21 de mayo. “A medida que pasan la horas, la exaltación de los ánimos torna más difícil y grave la situación de esta ciudad, estremecida con nuevos hechos sangrientos. La efervescencia entre los obreros en huelga es extraordinaria y no bastan para calmarla, las exhortaciones de los dirigentes que recomiendan en todo momento la cordura y el apaciguamiento de las pasiones.” (La Protesta, 23/05/1928).

39 Todas las fuentes de noticias utilizadas por La Capital pertenecían a la policía y acusaban a los huelguistas de la muerte. Más allá de la “prensa seria”, nadie en la ciudad creyó la versión policial, aunque el hecho fue olvidado y sólo quedó para la historia la muerte de Luisa Lallana (La Capital, 22/05/1928).

40 En contraste con el de Lallana, la familia del Carmelo Leonardi, decidió mantener en privacidad la ceremonia y no permitió que el panaderito fuera velado en ningún local político, sin embargo, el cortejo fúnebre presentó mayores similitudes tanto por una nutrida concurrencia que acompañó sus restos, como por el hecho que marcó la coyuntura pues, luego de éste, la burguesía local decidió darle un arreglo al paro.

41 “Una ola de calor revolucionario recorre por los gremios obreros rosarinos. Animados por el éxito obtenido por los obreros portuarios, organizáronse a tambor batiente los bolseros, alpargateros, carreros, electricistas, fideero y tranviarios. Y tal es la fiebre de reivindicaciones sentidas por ellos, que ni bien nombrada la comisión administrativa, sobrevino el pliego de condiciones, y al día siguiente quedaba planteada la huelga.” (La Vanguardia, 22/07/1928).

42 Esta fue una de las huelgas más visibles para la prensa local, en tanto suponía la oportunidad para criticar acerbamente el accionar de la policía y, muy en particular, la política caballerista (La Capital, 07/07/1928). Por otra parte, también parece que era el gremio donde más mezcladas estaban las influencias de sindicalistas, anarquistas (foristas y antorchistas) y hasta caballeristas (El Nativo, 12/01/1929).

43 La nota del presidente de la Cámara Sindical al gobernador Gómez Cello principalmente trataba de despegarse del pedido de intervención de fuerzas nacionales, que habían solicitado varias entidades empresariales vinculadas a ella, pero es más que interesante para explicar la extensión y adhesión al clima huelguístico, y para discutir conceptualización reduccionista del concepto de clase.

44 Cfr. Declaración de los comerciantes que promueven lock out pidiendo la cabeza de Caballero por la inacción en las huelgas (La Capital, 12/7/1928).

45 El mismo 12 de julio, en la Cámara de Diputados de la Nación, se debatía sobre los conflictos obreros y el lock out. Araya (UCR alvearista a nivel nacional, unionista a nivel provincial) afirmó que la culpa de los desmanes, más que de los obreros, era de las disputas entre los funcionarios, es decir, de los radicales yrigoyenistas: “El desequilibrio mental a que nosotros asistimos tiene otros culpables: son los mismos funcionarios del gobierno. Es una situación de división que se ha transparentado estos últimos días por calificativos que se han prodigado los propios miembros del mismo partido”. Le contestó quien prontamente sería elegido vicepresidente de la Cámara, Jorge Raúl Rodríguez (UCR Yrigoyenista [anticaballerista]) pero, al descalificar la intervención de Araya, confesaba el núcleo de la disputa con el caballerismo, en particular su éxito relativo en insertarse en el movimiento obrero: “El movimiento obrero de Santa Fe tal vez sienta en su desenvolvimiento algunas infiltraciones políticas que soy el primero en repudiar. Tengo gran respeto por el derecho de los trabajadores, y no puedo considerar acertada ni lícita cualquier intervención de orden político o gubernamental que trate de sacar ventajas electorales de esos movimientos, impulsados generalmente por reivindicaciones justísimas. Por eso he tenido el valor moral de enfrentarme a algunos correligionarios encumbrados y poderosos [obviamente Caballero], y decirles públicamente que procedían equivocadamente y que estaban comprometiendo con sus errores la obra de todo el radicalismo.” (DSCDN, 12/07/1928, 215-9).

46 Si bien las fuentes obreras no lo mencionan, la decisión del gremio se vio seguramente impulsada por la voluntad de los mismos obreros portuarios que ya no asistieron desde el día anterior, tal como lo demuestra que Bolsa de Comercio certificara “fuerza mayor” por huelga en el puerto desde el 15 de julio (MBCR, 1928, 178).

47 El Puerto de Villa Constitución es la salida natural de la producción del departamento Constitución y parte del de General López y Rosario en Santa Fe y de algunos partidos del noroeste bonaerense. El primero es el corazón de la zona maicera argentina y allí fue donde habían madurado las condiciones de la conflictividad rural pampeana, sea esta chacarera o bracera. (Arcondo, 1980; Ascolani, 1993; Sartelli, 1993a).

48 Datos construidos a partir del Anexo “Estadísticas” de las Memorias de la Bolsa (MBCR, 1929, 153-219).

49 La Vanguardia aporta un número imposible: 3000. (La Vanguardia, 17/5/1928). Más realista nos parecen algunas indicaciones de la Memorias de la Bolsa (MBCR, 1928, 147).

50 El censo de 1914 indica 3499 habitantes en todo el distrito (rural y urbano). Los años inmediatamente posteriores hasta la crisis del 29 fueron de un incremento poblacional importantísimo pero no creemos que puedan superar los 7000; luego de la crisis la población se estancó, de allí que el Censo de 1947 nos indica 6.203 para la zona urbana y 2.980 para la zona rural del distrito. (Censo Nacional 1914; Censo Nacional 1947; Videla, 1999).

51 Los gremios ferrocarrileros completaban el cuadro local, adscriptos en este caso a la USA, y también tenían alguna significación los empleados de comercio. En las localidades de la campaña circundante proliferaron las sociedades de oficios varios. Por otra parte, los estibadores debían competir con una importante sociedad de obreros patronal (Schulman, 2004, 30-31; Ascolani, 2009).

52 Allí, uno de los delegados enviados desde Buenos Aires, F. Martín, contabilizaba 500 asistentes en las actividades de solidaridad.

53en Villa, Antonio Ortiz, un capataz de puerto, asesinó a Herrera, orador vehemente de la F.O.R.A, quien, herido mortalmente, se levantó del suelo y enterró una cuchillada en el corazón de su rival...” Carta enviada por Inocencio Lezcano (trabajador portuario desde los 20 y dirigente del gremio de estibadores en los treinta y cuarenta) a Guildo Corres (Corres, 2005, 142).

54 El presidente del Centro de Exportadores de Cereales en nota a la Cámara Sindical de la Bolsa rosarina, resaltaba que en los enfrentamientos entre huelguistas y carneros, del día 13, habían tenido protagonismo “3 o 4 mujeres” provenientes de Rosario (La Capital, 15/07/1928).

55 El diario socialista mencionaba asambleas de “4000 estibadores en ánimo combativo.” Número que nuevamente nos parece exagerado. No obstante, las disputas entre militancias seguían estando a la orden del día.

56 Los conductores de carros hacía solo dos días que habían finalizado exitosamente su propio conflicto.

57 Además de su propia opinión, en varias ocasiones resulta evidente que las asambleas resolvían designar comisiones encargadas de negociar con la Jefatura Política, aun en sindicatos estrechamente vinculados a los anarquistas (Caballero, 1929, 497-521; La Capital, 21/07/1928; La Protesta, 24/05/1928). En general, todas las orientaciones ideológicas percibían el impacto de la política caballerista y se encargaban de advertir contra ella a los obreros. En este sentido, es interesante cómo La Internacional debía señalar el diferencial que suponía la gestión de Caballero respecto de los conflictos: “Es importante, a los fines de la lucha que se desarrolla y de su victoria futura, que el proletariado esté en guardia contra las maniobras y especulaciones demagógicas de la burguesía caballerista, intensificando su acción de clase y acentuando su independencia absoluta como tal.” (La Internacional, 28/07/1928).

58 En esos días se constituyó en Rosario el “Núcleo”, agrupación oficialista que apuntaba explícitamente a debilitar a la facción caballerista, estaba integrada por reconocidos líderes como Jorge Raúl Rodríguez, Alcides Greca, José Benjamín Abalos y José Guillermo Bertotto.

59 En la huelga de mayo, la “tarea” de excluir a los carneros había sido emprendida por los mismos estibadores sindicalizados, circunstancia por la que la conducción de la Bolsa le reclamara al jefe político rosarino (MBCR, 1928, 145-6).

60 Varios obreros originarios de la cercana Arroyo Seco fueron atacados por huelguistas en Villa Constitución y terminaron internados con heridas de bala (La Capital, 21/07/1928).

61 Nos parecen ciertamente reduccionistas las visiones que explican el auge de la conflictividad obrera rural santafesina, durante la segunda mitad del año 28, apelando sólo a la presencia de un extenso arco de trabajadores trashumantes, en tanto desdibujan formas de conflictividad social largamente asentadas en las pequeñas localidades del campo santafesino.

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