Sociohistórica, nº 34, 2do. Semestre de 2014. ISSN 1852-1606
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Investigaciones Socio Históricas

ARTÍCULOS / ARTICLES

 

Peronismo, pos-peronismo y profesionalización: trayectorias académicas, estrategias de auto-preservación y círculos discipulares en la antropología porteña, 1945-1963

 

Pablo Perazzi

Instituto de Ciencias Antropológicas - Facultad de Filosofía y Letras - Universidad de Buenos Aires
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)
Argentina
pabloperazzi@yahoo.com.ar

 

Cita sugerida: Perazzi, P. (2014). Peronismo, pos-peronismo y profesionalización: trayectorias académicas, estrategias de auto-preservación y círculos discipulares en la antropología porteña, 1945-1963. Sociohistorica, 2014 (34). Recuperado de: http://www.sociohistorica.fahce.unlp.edu.ar/article/view/SH2014n34a02

 

Resumen
En el presente artículo se analiza el campo antropológico porteño en el período comprendido entre 1945 y 1963. El objetivo es reconstruir las trayectorias, los reposicionamientos y las estrategias adoptadas por los miembros estructuralmente significativos de la disciplina durante el peronismo y en la etapa posterior. Se sostiene que, si bien la presencia estatal modificó las condiciones de acción de los agentes (llevándolos a extender la disputa a la arena política), no parece haberse registrado una crisis de las jerarquías, un desmembramiento de los círculos discipulares ni una alteración de las reglas del orden sucesorio. Por consiguiente, la hipótesis de la que se parte es que, aunque el advenimiento del peronismo trazaría antagonismos, su impronta en el sistema disciplinar fue secundaria, predominando los mecanismos de auto-preservación, las redes de sociabilidad, las lealtades interpersonales y las afinidades electivas. En ese sentido, se pretende mostrar la operatividad de las lógicas de producción y reproducción académicas (la autonomía relativa del campo) en una etapa de enorme efervescencia política, ideológica e intelectual.

Palabras clave: Antropología porteña; Trayectorias académicas; Universidad; Peronismo: Profesionalización.

 

Peronism, post-Peronist and professionalization: academic trajectories, strategies for self-preservation and disciple circles in Buenos Aires, 1945-1963

 

Summary
In this article I analyze the anthropological field in Buenos Aires in the period between 1945 and 1963. The aim is to reconstruct the trajectories, the repositioning and the strategies adopted by distinguished members of the field towards Peronism and in the later stage. It argues that while the state's presence changed the conditions of action of the agents (leading them to extend the dispute into the political arena), there appears to have been a crisis of hierarchies, a dismemberment of disciple circles or an alteration of the rules of succession. Therefore, our hypothesis is that, although the advent of Peronism would draw antagonisms, their mark on the discipline system was secondary, predominantly self-preservation mechanisms, networks of sociability, interpersonal loyalties and affinities. In that sense, I try to show the operation of the logic of academic production and reproduction (the relative autonomy of the field) in a time of enormous political, ideological and intellectual effervescence.

Key words: Buenos Aires´s Anthropology; Academic Careers; College; Peronism; Professionalization.

 

Introducción

La memoria histórica de la Universidad de Buenos Aires (UBA) todavía conserva una visión distorsionada de los efectos del peronismo en el devenir académico vernáculo. El criterio de autoridad tradicionalmente asignado a los relatos de la militancia estudiantil ha tendido a instituir una imagen sesgada sobre el período, que poco ha contribuido al esclarecimiento de una etapa sensible de la historia universitaria argentina. En lugar de intentar comprender las complejidades, heterogeneidades y contradicciones de una época, se ha oscilado entre el vistazo condenatorio y el atisbo celebratorio. La historiografía antropológica no ha sido, por cierto, ajena a esta tendencia. Tales interpretaciones parecen subestimar -o desconocer- el ascendiente de las estrategias de auto-preservación, de las redes de influencia, de los círculos discipulares y de los patrones de socialización, en los procesos de producción y reproducción de tradiciones académicas.

En efecto, aunque es indudable que el peronismo introdujo transformaciones estatutarias, sus consecuencias sobre las prácticas y discursos fueron limitadas. Por su condición de isla del saber que se proporciona su propio demos, su propia dinámica de reclutamiento y su propia administración, el medioambiente académico porteño se ha constituido como un espacio diferenciado del sistema político (Graciano, 2008). Las frecuentes supresiones de dicho demos, si bien generaron alteraciones y fueron percibidas como amenazas que conllevaron tomas de posición política, no introdujeron cambios sustanciales en las lógicas de producción, reproducción y reclutamiento. Cuando esos cambios lograban materializarse, no eran necesariamente el resultado de determinaciones externas, sino sobre todo de acuerdos y ajustes internos.

En este sentido, el presente artículo se propone un análisis de las trayectorias, los reposicionamientos y las estrategias asumidas por los miembros estructuralmente significativos del medio antropológico porteño durante el peronismo y en la etapa siguiente. La hipótesis de la que se parte es que, aunque el advenimiento del peronismo trazaría antagonismos, su impronta en el sistema disciplinar fue secundaria, predominando los mecanismos de auto-preservación, las continuidades, las redes de sociabilidad, las lealtades interpersonales, las reglas sucesorias y las afinidades electivas, con independencia (relativa) de las presuntas disidencias en materia político-institucional.

Peronismo: 1945-1955

El 12 de septiembre de 1945, el presidente de la Sociedad Argentina de Antropología (SAA), Francisco de Aparicio, llamaba la atención de los socios acerca de la “intranquilidad reinante en las horas angustiosas que vivimos” (en Podestá, 2007: 20). Sus palabras despertaron opiniones divergentes. El vocal José Imbelloni señaló que la SAA “nada tenía que ver con luchas políticas” (en Podestá, 2007: 20). La sesión se puso intensa y se tornó indispensable confrontar posiciones. La propuesta del presidente de emitir una declaración pública quedó en minoría. Entre los que apoyaron la moción abstencionista de Imbelloni, estaban Romualdo Ardissone, Berta Vidal de Vattini y María de las Mercedes Constanzó; entre los que se alinearon con la posición presidencial, figuraban Eduardo Casanova, vicepresidente de la corporación, y el vocal Alejandro Bordas (Podestá, 2007). Es interesante subrayar que, tras la cesantía de Francisco de Aparicio en 1947, Casanova daría un giro rotundo que lo llevaría a expresar su lealtad a Imbelloni, desde entonces el hombre fuerte de la disciplina.

¿A qué aludía de Aparicio al hablar de “intranquilidad reinante”? ¿Qué había detrás de semejante afirmación? En primer lugar, puede pensarse que estaba negociando una adhesión de la SAA a la “Marcha de la Constitución y la Libertad”, una manifestación opositora en rechazo a la popularidad creciente del entonces vicepresidente y ministro de Guerra, Juan Perón (Luna, 1992: 199). De Aparicio había integrado la Junta de Exhortación Democrática, un “grupo de caballeros apolíticos” que, así como expresaban su discrepancia con el gobierno, tomaban partido por Spruille Braden, el aspirante a ocupar la embajada de los Estados Unidos en Argentina y virtual líder de la oposición durante los siguientes cuatro meses (Luna, 1992: 76). También había celebrado el compromiso de la juventud en la “cruzada en defensa de los principios esenciales de nuestra patria”.1 Asimismo, el 16 de octubre de 1945, había estampado su firma, junto a las de Bernardo Houssay, Alicia Moreau de Justo, Victoria Ocampo y María Rosa Oliver, en una carta dirigida a Tom Connally, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado norteamericano, a quien se solicitaba acelerar el nombramiento de Braden, “como una actitud amistosa para nuestro pueblo y nuestra democracia” (Luna, 1992: 333).

En abril de 1946, el presidente saliente de la Nación, Edelmiro Farrell, dispuso la intervención de las universidades de Buenos Aires, La Plata, Córdoba, Litoral, Tucumán y Cuyo. Aunque las intervenciones no constituían una novedad -y en algunos casos habían contado con apoyo de catedráticos destacados-,2 se planteaba un escenario diferente. La autonomía era un obstáculo para la reglamentación del Régimen Universitario que sería aprobado por el Congreso Nacional en noviembre de 1947.3 La supresión de la autonomía iba a ser interpretada, por cierto, como un mecanismo de asimilación de la universidad “al engranaje gubernamental”.4 Ante lo que se percibía como un avasallamiento de los principios del ‘18, los sectores universitarios reformistas y liberales no dejarían -con flujos y reflujos- de manifestar su antagonismo con el gobierno, al que invariablemente asociarían con el nazi-fascismo (Graciano, 2008).5

Las exoneraciones se sintieron especialmente en el ámbito de la arqueología. Francisco de Aparicio fue dejado cesante de los cargos de director del Museo Etnográfico y del Departamento de Arqueología, y de profesor titular de la cátedra homónima, que ocupaba desde 1938, tras la jubilación de Félix Outes. Alberto Mario Salas, segundo de de Aparicio, fue separado de su cargo de secretario del Departamento de Arqueología y de ayudante de la cátedra homónima. Fernando Márquez Miranda fue cesanteado como profesor adjunto de Prehistoria y Arqueología Americana, cargo que desempeñaba desde 1939.

En el caso de la antropología, no se registraron modificaciones sustantivas. Los alejamientos obedecieron a pases de repartición o a motivos personales. Joaquín Frenguelli había sido nombrado adscripto honorario del Departamento de Antropología Física en 1934, cargo que abandonó en 1946 (no por motivos políticos), pasando a revistar como asesor geólogo de la Dirección de Suelos y Agrotecnia del Ministerio de Agricultura de la Nación. María de las Mercedes Constanzó se había formado como profesora y doctora bajo la supervisión de Imbelloni y en 1940 fue nombrada directora del Departamento de Antropología Física; en 1946 asumió interinamente la dirección del Instituto de Antropología de la Universidad de Tucumán (en reemplazo de Enrique Palavecino) y en 1947, al no ser reconfirmada en el cargo (fue sustituida por Osvaldo Paulotti), se retiró de la actividad (Márquez Miranda, 1949; Bilbao, 2002).

Así como se registraron re-acomodamientos, exoneraciones y promociones internas, también se observó un fenómeno de ampliación del elenco disciplinar. Ciro René Lafón se había incorporado como técnico en Arqueología en 1948 -luego de su afiliación al Partido Justicialista-, se doctoró en 1951 bajo la dirección de Casanova y desde 1954 actuó como adjunto de la cátedra de Arqueología (Guber, 2005). El italiano Marcelo Bórmida había empezado a prestar servicios en 1947, al año de su arribo a la Argentina, desempeñándose como encargado ad honorem de los trabajos prácticos de Antropología Morfológica, hasta alcanzar en diciembre de 1954 el cargo de profesor adjunto de Antropología. Se licenció en Historia con especialidad en Antropología y Etnología General en julio de 1953, y se doctoró en Filosofía y Letras, bajo la tutela de Imbelloni, en diciembre del mismo año (Perazzi, 2003).6 El prehistoriador austríaco Oswald Menghin había sido contratado como profesor extraordinario de la UBA en 1948 -primera vez que la academia porteña formalizaba un contrato de esa naturaleza- y, a pesar de sus antecedentes como ministro de Educación de la Austria anexada al Tercer Reich, continuó en funciones luego del golpe de 1955 (Buchbinder, 1997; Kohl & Pérez Gollán, 2002; Fontán, 2005). Augusto Raúl Cortazar se había desvinculado del Museo Etnográfico en 1944 -fue director de su Biblioteca y jefe del Departamento de Folklore-, pero ejerció la dirección de la Biblioteca Central (1944-1952), se doctoró en Filosofía y Letras (“El folklore y sus expresiones en la cultura popular”, 1953), dirigió la Carrera de Bibliotecarios (1953-1955), fue profesor adjunto de Literatura Argentina (desde 1946, en reemplazo de Ricardo Rojas) y profesor titular del Seminario de Folklore (1954) de la efímera Licenciatura en Folklore por él mismo ideada (Lafón, 1976; CAEA, 1984).

Los casos de Bórmida y Menghin exigen mayores precisiones. Se trataba de extranjeros recientemente arribados al país que, por obvias razones, no ostentaban antecedentes laborales ni participación política en la academia porteña.7 Con estudios inconclusos en Ciencias Naturales, Bórmida había llegado por recomendación del antropólogo romano Sergio Sèrgi, hijo y sucesor del fundador de la antropología física italiana, Giuseppe Sèrgi. Menghin era un experto en prehistoria del viejo continente y una de sus máximas referencias internacionales. La venida de antropólogos europeos no resultaba, sin embargo, una situación excepcional: era una constante desde fines del siglo XIX. Sus incorporaciones se inscribían en una tradición preexistente, así como en el hecho de que las antropologías latinoamericanas han sido históricamente “un producto cosmopolita” (Gänger, 2006: 70).

El desempeño de Imbelloni durante el peronismo no resulta sorpresivo. Si bien como intelectual orgánico gozó de ciertas prerrogativas -en 1949 obtuvo una de las dos dedicaciones exclusivas presupuestadas por la Facultad (Buchbinder, 1997)-, sus credenciales lo ubicaban muy por encima de la media antropológica. Se había recibido como médico en la Universidad de Perusa y como doctor en Ciencias Naturales en la Universidad de Padua. En 1921 obtuvo por oposición el cargo de profesor suplente de Antropología de la UBA (el titular era Robert Lehmann-Nitsche), al año siguiente se lo designó encargado de trabajos de investigación en el Museo Etnográfico, en 1933 ganó el Premio Holmberg de la Academia Nacional de Ciencias y en 1939, tras la muerte de Félix Outes, fue nombrado profesor titular de Antropología. Descontando los artículos de divulgación, las presentaciones en congresos, las reseñas y las colaboraciones breves, hacia 1947 acumulaba más de 150 publicaciones científicas y cuatro libros de la especialidad (CAEA, 1984). A juzgar por los méritos y el respeto dispensado, todo indicaba que era el candidato natural a la sucesión. A comienzos de 1947, con esos avales como respaldo, el gobierno nacional lo nombraba director del flamante Instituto de Antropología, organismo que centralizaría todas las actividades disciplinares y del que pasaría a depender el Museo Etnográfico.

La gestión de Imbelloni se caracterizó por un reordenamiento general del esquema disciplinar. En primer lugar, se dispuso la separación del Departamento de Geografía Humana, el cual, luego de la mudanza a la sede de la calle Viamonte, recuperó el rango de Instituto, conservando el mando Romualdo Ardissone (Perazzi, 2005).8 En junio de 1947, por decreto del Ejecutivo, se logró el traspaso de las colecciones arqueológicas, etnográficas y antropológicas radicadas en el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”, acrecentando en más de un tercio el patrimonio recibido. Sobre esa base, se avanzó en una reorganización interna, de la que surgirían cuatro nuevas salas: Antropología Morfológica, Antropología Cultural, Etnografía y Folklore. Asimismo, en sintonía con el proceso de nacionalización de la enseñanza (Buchbinder, 1997), se buscaría prestar “especial atención a los problemas americanos en general, sudamericanos en particular y específicamente argentinos” (Lafón, 1958: 472). En 1948, se puso en circulación Runa. Archivo para las ciencias del hombre, de la que se conseguiría sacar seis volúmenes. Ese mismo año, producto de sendas negociaciones, se consiguió la cesión de los terrenos correspondientes al Pucará de Tilcara (Márquez Miranda, 1949). En 1950, se creó la Sección de Arqueología, quedando formalmente bajo la órbita del Instituto de Antropología y cuya dirección se otorgaría al profesor de Arqueología Americana, Eduardo Casanova. En 1953, la Sección de Arqueología se transformó en Instituto (Casanova conservó el cargo), alcanzando el mismo rango que el de Antropología, ambos dependientes del Departamento de Ciencias del Hombre, bajo tutela de Imbelloni (Lafón, 1958).

Aunque la historiografía antropológica ha tendido a interpretar el crecimiento académico de Imbelloni como el resultado de favores o prebendas gubernamentales,9 su derrotero intelectual se inscribía -puede afirmarse- en un proceso disciplinar más extenso. La existencia de cátedras e institutos universitarios, de asociaciones (SAA), de oficinas gubernamentales (Instituto Nacional de la Tradición e Instituto Étnico Nacional), así como los variados intentos de creación de una profesión titulada,10 antecedieron, acompañaron y dieron el sustento propicio a las iniciativas académico-institucionales propiciadas por el autor del Epítome de culturología. Imbelloni no era un agente externo (sin ligaduras disciplinares) que había escalado posiciones al amparo de la burocracia estatal, sino un cuadro académico que reunía las condiciones requeridas para la gestión del entramado antropológico.

Pos-peronismo: 1955-1958

El 2 de octubre de 1955, a pocos días de consumada la denominada “Revolución Libertadora”, el flamante ministro de Educación, Atilio Dell’Oro Maini, un influyente intelectual de los círculos católicos y ex decano interventor de la Facultad de Derecho (1943), oficializaba la designación del historiador José Luis Romero como rector de la Universidad de Buenos Aires (UBA). La postulación de Romero había surgido de una terna presentada por la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA), circunstancia que no hacía sino exteriorizar la capacidad de presión de la dirigencia estudiantil, dirigencia que se había vista fortalecida por su actuación como una de las principales fuerzas de agitación del dilatado arco antiperonista (Ceballos, 1985). El “acuerdo desperonizador” entre sectores con pertenencias políticas, ideológicas, confesionales y generacionales completamente disímiles constituiría el telón de fondo de los años por venir (Tortti & Blanco, 2007: 107). Lo que los aglutinaba, en efecto, era el profundo desprecio al gobierno depuesto y una decidida vocación depuradora.11

Dos días después de asumir como rector, Romero nombraba a Alberto Mario Salas delegado interventor de la FFyL. Arqueólogo e historiador, Salas había iniciado su carrera en la década de 1930, bajo las órdenes -como ya se indicó- de Francisco de Aparicio (Guber, 2005). Se había desempeñado como conservador y secretario del Departamento de Arqueología -puesto inmediato inferior al de Aparicio y primero en la línea sucesoria- y en 1945 se había doctorado en Filosofía y Letras (especialidad arqueología) con una tesis titulada “El antigal de Ciénaga Grande” (Bilbao, 2002). En el Museo compartiría labores con los alumnos José Antonio Güemes y Ciro René Lafón, y los adscriptos honorarios Eduardo Casanova y Fernando Márquez Miranda.

A diferencia de lo que sucedería en campos disciplinares desprovistos de lealtades preexistentes (sociología, psicología), la desperonización del medioambiente antropológico fue ciertamente limitada. Solo dos profesores, José Imbelloni y Eduardo Casanova, fueron apartados de la academia porteña. Su actuación como consejeros directivos12 y directores de institutos, y su ascendiente como intelectuales del gobierno depuesto -sobre todo en el caso del primero, prologuista de Toponimia patagónica de etimología araucana de Juan Perón (1950)- serían determinantes.13 No obstante, el alejamiento de Imbelloni no se inscribió en los carriles ordinarios (cesantía, exoneración o juicio), sino que pareció estar sujeto a un decoroso ajuste interno: se le ofreció la opción de la jubilación (estaba a punto de cumplir setenta años), asegurándole una salida más digna que la expulsión o el juicio académico.14 Casanova no había llegado a la edad jubilatoria, de modo que, un poco forzado por las circunstancias y otro poco por lealtad hacia su jefe, no tuvo más remedio que presentar la renuncia. Otra figura vinculada al medio antropológico que debió tomar distancia fue el mencionado José Antonio Güemes. Discípulo de Imbelloni y graduado como profesor de Historia en 1946, se había desempeñado como titular de Introducción a la Historia y director de la Biblioteca Central entre 1952 y 1955 (Gil, 2006). Asimismo, al cumplirse el segundo aniversario de la muerte de Eva Perón, el rector de la UBA le había encomendado la organización del acto conmemorativo, actividad que se llevó a cabo en la Biblioteca Central, donde se hallaba en custodia el busto de la “Jefa Espiritual de la Nación y Protectora de la Universidad Argentina”.15 Durante su gestión, la Biblioteca funcionó como espacio de reunión de la Asociación de Estudiantes de Filosofía y Letras, agrupación formalmente adherida a la Confederación General Universitaria en noviembre de 1954 (Buchbinder, 1997).16

Con excepción de Casanova e Imbelloni, ninguno de los docentes de Arqueología Americana y de Antropología y Etnografía General -dos de las cuatro materias del Profesorado de Historia que se dictaban en el Museo Etnográfico-, así como ninguno de los técnicos o conservadores que, entre 1946 y 1955, trabajaron en el establecimiento, fue objeto de sanciones. Aunque se trataba de jóvenes que iniciaban su carrera, la escaza incidencia de la maquinaria desperonizadora ponía de manifiesto el imperio de los mecanismos de auto-preservación, de las redes de sociabilidad y de los círculos discipulares, por encima de las señaladas disidencias en materia política. Se puede afirmar que, con las excepciones del italiano Bórmida y del austríaco Menghin, el elenco antropológico pos-peronista quedaría conformado por figuras que habían comenzado sus carreras entre las décadas de 1920 y 1940.

Como ya dijimos, la presencia de Lafón, Bórmida, Menghin y Cortazar en la universidad peronista no puso en riesgo su continuidad en la etapa siguiente. Unos fueron reconfirmados en sus cargos (Bórmida y Menghin) y otros accedieron a cargos de mayor jerarquía: Lafón reemplazó interinamente a Casanova en la dirección del Instituto de Arqueología (1955)17 y Cortazar fue designado profesor con dedicación exclusiva de Literatura Argentina (1957) (CAEA, 1984).

Asimismo, el pos-peronismo allanó el arribo de figuras que, si bien habían tenido alguna actividad en la UBA, se habían desarrollado profesionalmente fuera del ámbito de la academia porteña. Las trayectorias de Salvador Canals Frau, Enrique Palavecino y Fernando Márquez Miranda son, en tal sentido, paradigmáticas.

El español Canals Frau había sido “adscripto honorario” del Departamento de Etnografía y Folklore del Museo Etnográfico durante un corto plazo, de fines de 1938 a principios de 1939.18 En 1939 obtuvo por concurso la cátedra de Antropogeografía de la Universidad de Tucumán, cargo que abandonó al año siguiente para incorporarse como profesor contratado de la Universidad de Cuyo para el dictado de Prehistoria y Arqueología.19 La academia cuyana se presentaba como un ámbito ideal para el desarrollo de sus planes intelectuales. Era una universidad nueva -había sido creada a mediados de 1939-, contaba con recursos y no registraba antecedentes de enseñanza e investigación en antropología. A la cátedra de Prehistoria y Arqueología, se añadió luego la de Antropología y Etnografía, así como la dirección del Instituto de Etnografía Americana (a la postre de Arqueología y Etnología). A fines de 1940, lograba colocar en el circuito científico el primer tomo de los Anales del Instituto de Etnografía Americana, lo que constituía una verdadera rareza en el medio antropológico vernáculo.20 De esta manera, en menos de un año, conseguía el manejo dos cátedras, el gobierno de un instituto y la salida de una publicación periódica. Conservó todos los cargos hasta 1946, cuando tras una larga disputa con Carlos Rusconi, por entonces director del Museo de Historia Natural de Mendoza, se rescindieron todos sus contratos (no por motivos políticos).21 Retornó a Buenos Aires, donde ejercería la subdirección general del Instituto Étnico Nacional (IEN) entre 1947 y 1951. Fue presidente de la SAA durante seis períodos consecutivos, entre 1949 y 1956, y en 1955, ya consumado el golpe de Estado, se le concedió el premio a la producción científica nacional (trienio 1953-1955) por sus libros Las poblaciones indígenas de la Argentina (Sudamericana, 1953) y Las civilizaciones prehispánicas de América (Sudamericana, 1955). Su paso por el IEN, una creación de neta inspiración peronista, no fue ponderado negativamente por el delegado interventor de la FFyL, Alberto Salas, quien probablemente priorizó su relación personal y las probadas cualidades de Canals Frau como gestor académico e institucional: en octubre de 1955 fue nombrado profesor de Antropología y director del Instituto de Antropología22 y del Museo Etnográfico23 -cargos hasta ese momento en poder de Imbelloni-, revalidados por concurso en 1957 (Lafón, 1958-1959; Schobinger, 1971; Bilbao, 2002; Lazzari, 2004).

Autodidacta con estudios de bachiller inconclusos, Palavecino había iniciado su carrera en 1927 cuando, por sugerencia de Imbelloni, fue nombrado adscripto honorario del Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”. En 1933 logró por concurso el cargo de profesor asistente de la cátedra de Antropología de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). En 1937 fue nombrado profesor suplente de Antropología de la UBA y director del Instituto de Antropología de la Universidad de Tucumán (donde también desempeñaría diversos puestos docentes). A los pocos meses se alejaba de Buenos Aires y Tucumán, trasladando todas sus actividades a La Plata. En 1943 retornó a Tucumán, donde permaneció hasta 1947, siendo luego reincorporado a la institución platense en reemplazo del exonerado Márquez Miranda. A comienzos de 1958 volvió a la UBA de la mano del decano Marcos Morínigo, un distinguido filólogo con quien había cultivado una larga amistad (Morínigo, 1968; Bilbao, 2002; Soprano, 2006).

Abogado, historiador y arqueólogo, Márquez Miranda se había incorporado al Museo Etnográfico como adscrito honorario en junio de 1937, tras una estancia de dos años en España, donde obtuvo un doctorado en Historia (especialidad arqueología) en la Universidad Central de Madrid y compartió el dictado de un curso sobre sociedades prehispánicas del noroeste argentino con Francisco de Aparicio. En enero de 1939 fue nombrado profesor adjunto de Prehistoria y Arqueología Americana del Profesorado de Historia (FFyL-UBA). Por aquel entonces, sin embargo, ya había forjado una sólida carrera en la UNLP, alcanzando los puestos de profesor suplente (1923) y titular (1933) de Prehistoria y Arqueología Americana, consejero directivo de la Facultad de Humanidades durante dos períodos (1928-1932, 1934-1938) y Jefe del Departamento de Arqueología y Etnografía del Museo de La Plata (1933). Márquez Miranda reunía las características del intelectual universitario socializado en los “círculos discipulares”, un cuadro académico producto de la Reforma de 1918 que vivió -se reprodujo material y simbólicamente- al amparo de establecimientos universitarios (nunca ejerció el derecho) (Graciano, 2008: 48). En febrero de 1946, dada su posición “contraria a la dictadura peronista”, fue separado de todos sus cargos.24 En esas circunstancias, al igual que otros académicos cesanteados, emprendería diversos viajes al exterior en los que buscaría proyectar la imagen de catedrático perseguido.25 En ese sentido, los viajes académicos, como el telegrama de despido, se convirtieron en la prueba de rigor de la oposición al peronismo y en una valiosa credencial para la conquista de cargos y cátedras durante la etapa siguiente (Neiburg, 1998). A partir de 1955, a los cargos de la UNLP,26 sumaría otros nuevos en la academia porteña: profesor titular de Prehistoria y Arqueología Americana (1955-1961) y director del Departamento de Ciencias Antropológicas (1958-1961).

Es importante señalar que el alejamiento de Imbelloni no supuso la discontinuidad de la escuela histórico-cultural, corriente antropológica de la que se irguió como máximo referente y a la cual habían adherido -y muchos lo seguirían haciendo- prácticamente todos los miembros clave de la disciplina. Su principal heredero, Marcelo Bórmida, se encargaría de actualizar algunos de sus postulados, garantizando su persistencia. Reconfirmado en su cargo como profesor titular de Antropología en junio de 1957, Bórmida centraría la atención en los aspectos teóricos e historiográficos de la antropología, publicando diversos artículos sobre la materia.27 No se trataba de un esfuerzo desdeñable sino de una síntesis adaptada a la enseñanza, en la que se repasaban “los grandes movimientos del pensamiento occidental”, desde la antigüedad clásica hasta mediados del siglo XX (Bórmida, 1958-1959: 51). No obstante, el aggiornamento del historicismo -su crítica al “concepto clásico de ciclo cultural”- se circunscribió a la poca atención que los histórico-culturales habían depositado en “el ciclo en su aspecto teorético” (Bórmida, 1956: 11). Bórmida no intentó dotar al “ciclo” de contenido empírico, sino que aspiró a reafirmar sus cualidades conceptuales. Esa prevalencia de lo teórico buscaba establecer una clara distinción entre etnología y antropología: como “capítulo de la historia universal” y “ciencia de la cultura”, la etnología debía captar el “contenido espiritual”, “mental”, “inmanente” del hombre en sociedad, lo que era posible solo a través de “sus manifestaciones externas y tangibles”, es decir, del “estudio de los patrimonios sociales” (Bórmida, 1956: 6-7). Su concepción de la ciencia etnológica pretendía armonizar el idealismo filosófico e historiográfico italiano (Vico y Croce) con el idealismo antropológico centroeuropeo (Foy, Graebner, Koppers, Schmidt). Se trataba de una etnología idealista (o teorética) en la medida en que lo visible (bienes culturales) era expresión de lo invisible (contenidos de conciencia).28

La muerte de Canals Frau en febrero de 1958, en vísperas de la creación de la Licenciatura en Ciencias Antropológicas, desató una silenciosa pelea por la sucesión. De las exequias participaron, en representación de la facultad, los profesores Lafón y Bórmida, pero fue el geógrafo Ardissone el orador designado por las autoridades.29 Días después del fallecimiento, el decano Morínigo resolvió encomendar a Lafón “la guarda, vigilancia y todo lo relacionado con la administración de los bienes del Instituto de Antropología y del Museo Etnográfico”.30 Si bien se trataba de un interinato, parecía revelar que la confianza se inclinaba a favor suyo. En julio de 1958, sin embargo, Bórmida conseguía, aunque también en carácter interino, la dirección del Instituto de Antropología.31 En cualquier caso, el nombramiento de Márquez Miranda como director del Departamento de Ciencias Antropológicas evidenciaba que los resortes institucionales seguían privilegiando los recambios escalonados.

Profesionalización: 1958-1963

El 7 de julio de 1958, unos 26 estudiantes de la FFyL-UBA elevaban una nota al decano Marcos Morínigo solicitando la creación de una Licenciatura en Antropología. Algunos de ellos, como Carmen Muñoz, Celina Gorbak, Mirtha Lischetti y Eduardo Menéndez, se encontraban promediando la cursada de Introducción a la Antropología, entonces a cargo de Bórmida, como alumnos de la carrera de Historia. Según parece, el pedido también contenía el deseo de tramitar el pase de departamento. Al poco tiempo, haciéndose eco de la solicitud, el consejero directivo Mario Bunge presentaba a sus pares un proyecto de creación de la mencionada Licenciatura. Tras algunas deliberaciones, entre las que sobresalió la necesidad de aprovechar las “cátedras existentes” reduciendo “al mínimo estrictamente indispensable las cátedras nuevas”, se resolvió remitir el proyecto a la comisión de enseñanza.32 El 1° de septiembre de 1958, el Consejo Directivo aprobaba por unanimidad el citado proyecto. Unos días después, el decano elevaba al rector Risieri Frondizi la resolución del Consejo Directivo y encomendaba al claustro de profesores de Antropología, Etnología, Arqueología y Prehistoria la confección de un plan de estudios tentativo.33 El 24 de septiembre, los profesores Palavecino, Márquez Miranda, Menghin, Lafón y Bórmida proponían un “plan para la carrera de Ciencias Antropológicas”.34 El 31 de octubre, el Consejo Directivo avalaba la propuesta y la elevaba al Consejo Superior. El 27 de diciembre de 1958, finalmente, el máximo órgano de gobierno de la UBA daba por aprobado el plan de estudios de la nueva Licenciatura.35

La carrera comenzó a funcionar en el primer cuatrimestre de 1959. El primer director fue Márquez Miranda, un histórico de las ciencias antropológicas que gozaba de un amplio prestigio entre las autoridades y profesores de la casa. Si bien gran parte de la cursada se desarrollaría en las aulas del Museo Etnográfico, muchas de las materias introductorias (Filosofía, Historia, Sociología), del ciclo básico (Psicología, Sociología Sistemática, Lingüística, Geografía Humana, Antropología Social) y complementarias (históricas, filosóficas, psicológicas) se impartieron en las sedes académicas de las calles Viamonte, Florida y Reconquista. En ese sentido, podría decirse que la socialización antropológica osciló entre la atmósfera intimista y retirada del Museo Etnográfico y el ambiente efervescente y vanguardista del Buenos Aires de finales de los años cincuenta y principios de los sesenta.

La muerte de Márquez Miranda en diciembre de 1961 removería el tablero. La designación de Bórmida como orador en el sepelio era un indicio del traspaso de mando: a finales de 1961 era nombrado director interino del Departamento de Ciencias Antropológicas.36 Aunque Palavecino accedería a la dirección del Museo Etnográfico en marzo de 1963,37 la gravitación de Bórmida en el sistema de enseñanza aseguraba la continuidad del culturalismo en la formación de los futuros antropólogos.

La profesionalización iba a modificar sustancialmente las reglas de juego académico. Los intercambios con alumnos de otras carreras, el acceso a bibliografía no antropológica y la familiarización con los debates político-estudiantiles complejizarían la agenda disciplinar. Las condiciones de la enseñanza, el acceso a las cátedras, la obtención de becas y subsidios, la publicación de las investigaciones y la participación en los órganos deliberativos (Asamblea y Junta departamentales) y en las corporaciones profesionales (SAA), se volvieron asuntos generaciones relevantes.

El déficit edilicio (Museo Etnográfico) era un problema de larga data, que se agravaría con la titulación: la creación la carrera suponía la afluencia sostenida de estudiantes -en cantidad todavía manejable-38, cuya cursada se desarrollaría en circunstancias deficitarias.39 La dotación de personal auxiliar (ayudantes de 1° y 2° y jefes de trabajos prácticos), lo que constituía una circunstancia derivada de la profesionalización, abriría las puertas a la carrera docente a estudiantes avanzados y graduados recientes.40 Los institutos y el Museo también requirieron la contratación de personal joven.41

A diferencia de otros campos disciplinares -beneficiados con financiamiento externo-,42 la realización de investigaciones antropológicas dependió de dos organismos públicos (CONICET y Fondo Nacional de las Artes). Aunque la Facultad hacía algunos aportes,43 los estudiantes manifestaban que gran parte de los gastos corrían por cuenta de “los propios participantes”.44 Los premios del Fondo Nacional de las Artes -cuyo directorio integraba Augusto Raúl Cortazar- descomprimieron parcialmente la situación. Entre diciembre de 1960 y octubre de 1963, unos nueve estudiantes resultaron adjudicatarios: Ana Mariscotti, Carmen Muñoz, Josefa Santander, Martha Blache, Miguel Hangel González, Ofelia Espel, Eduardo Menéndez, Blas Alberti y María Rosa Neufeld.

Las posibilidades de publicación se circunscribían básicamente a una revista estudiantil: Anthropologica. Revista de los estudiantes de la Carrera de Ciencias Antropológicas de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Si bien Runa. Archivo para las ciencias del hombre acogió trabajos de graduados jóvenes,45 se siguió dando prioridad a los miembros de la “vieja guardia”, incluso a quienes, como Márquez Miranda, ya habían fallecido.46 En ese sentido, podría pensarse que la designación de Santiago Bilbao como presidente de la Comisión de Publicaciones del Departamento era una señal de cambio.47

El factor generacional seguramente incidió en la decisión de participar de los espacios de cogobierno. En las elecciones de 1961 (Junta y Asamblea departamentales) -las primeras celebradas desde la creación de la carrera-, el MUR (Movimiento Universitario Reformista) obtenía la mayoría, con 28 votos a favor contra 14 en blanco y 2 anulados, resultando representantes los estudiantes Carmen Muñoz (titular) y Mirtha Lischetti (suplente) en la Junta, y Carmen Muñoz (titular), Celina Gorbak (titular), María Aitana Alberti (suplente), María Rosa Neufeld (suplente) y Blas Alberti (suplente) en la Asamblea.48 En las elecciones de 1963, la representación estudiantil quedaría conformada por Jorge Bracco (titular) y María Rosa Neufeld (suplente) en la Junta, y por Carlos Herrán, Celia Maschnshnek y Elena Chiaffitella (titulares), y María Rosa Neufeld, Graciela Rodríguez Carrera y Ana María Musicó (suplentes) en la Asamblea.49 La elección de 1963, por otro lado, presentaba en sociedad a los primeros graduados electos: Blas Alberti y Martha Borruat de Bun (titulares) en la Junta, y Mabel Rivera de Bianchi, Blas Alberti y Martha Borruat de Bun (titulares) en la Asamblea.50 La participación no se ciñó exclusivamente al ámbito de la carrera sino que también abarcó a los órganos directivos de las sociedades especializadas.51

Conclusiones

Durante el período considerado, el campo antropológico no reveló -como habitualmente se ha afirmado- transformaciones sustanciales. Cierto es que, aunque el sprit de corps se mantuvo relativamente estable, la irrupción del peronismo suscitó divisiones y reposicionamientos. Paradójicamente o no, fue en defensa de una pretendida “neutralidad política” que la política ingresaba de lleno a los claustros: o bien como intervención o bien como oposición. Sin embargo, así como se advirtieron faccionalismos, también se registraron solidaridades nuevas.

El cuerpo profesoral que desempeñó funciones durante el peronismo/pos-peronismo no estuvo compuesto por cuadros ajenos a la universidad sino por docentes e investigadores que exhibían una larga trayectoria. Dado que los profesores cesanteados fueron reemplazados por colaboradores y discípulos cercanos -casi siempre respetando el orden sucesorio-, era previsible que no se produjeran cambios significativos. Las vacantes abiertas por el proceso de cesantías permitieron el acceso a la docencia de graduados jóvenes o la promoción a cargos de mayor jerarquía a docentes que ya ocupaban espacios institucionales.

Aunque la presencia estatal modificó las condiciones de acción de los agentes (llevándolos a extender la disputa a la arena política y a reafirmar la auto-percepción de minorías del saber), no parece haberse dado una crisis de las jerarquías, un desmembramiento de los círculos discipulares ni una alteración de las reglas del orden sucesorio. En un ámbito gobernado por el prestigio, la credibilidad, el estatus y el honor, las apuestas políticas extracomunitarias estuvieron habitualmente mediatizadas por las lógicas comunitarias, reduciéndose en la mayoría de los casos a expresiones de lealtad sin efectos concretos.

Las metamorfosis del mercado antropológico no obedecieron únicamente a la asimilación espontánea de acciones externas, sino también a las condiciones propias de un fenómeno académico de larga duración. La ampliación del elenco estable, la creación de institutos, la aparición de órganos de difusión y el surgimiento de un ambiente propicio para el desarrollo de la carrera científica, amenazarían las posiciones adquiridas y los privilegios de quienes siempre se creyeron los custodios legítimos del gobierno de la disciplina. En ese sentido, era previsible que los defensores del numerus clausus se resistieran a cambios que no hacían sino evidenciar el carácter irreversible de un proceso de diversificación del tejido disciplinar.

 

Notas

1 “Décimo aniversario”, Boletín de la Sociedad Argentina de Antropología, N° 9, julio de 1945, p. 129.

2 Emilio Ravignani, profesor de la FFyL-UBA y dirigente de la Unión Cívica Radical, apoyó el golpe de Estado de junio de 1943. Un sector minoritario aunque influyente del radicalismo también se mostró condescendiente con la asonada militar (Graciano, 2008).

3 El nuevo Régimen Universitario exhortaba a “una absoluta neutralidad política” y establecía que los profesores no podían “defender intereses que estén en pugna, competencia o colisión con los de la Nación” so pena de “suspensión, cesantía o exoneración”. Amparado en una ley votada por el Congreso, el gobierno constitucional se valía de un instrumento legal para apartar de sus cargos a los docentes que, desde una posición opositora, desconocían la legitimidad del Ejecutivo. Conviene señalar que la normativa también planteaba que los profesores titulares tenían vedado “desempeñar simultáneamente la función docente y la de cualquier otra actividad pública”, limitando de ese modo la disputa legislativa (en Mangone & Warley, 1984: 99).

4 “Ante la nueva ley universitaria”, declaración de la Federación Universitaria Argentina frente a la ley 13.031 (Mangone & Warley, 1984: 104).

5 Las identificaciones del peronismo con regímenes totalitarios se inscribieron en los conflictos ideológicos derivados de las tomas de posición frente a la segunda guerra mundial. La neutralidad sostenida por el gobierno surgido de la asonada golpista de 1943 -gobierno que catapultó a Perón al centro de la arena política- dividiría las aguas. El consenso y la unidad hasta entonces característicos del campo académico darían paso a la emergencia de sectores antagónicos que compondrían una imagen dicotómica de la realidad argentina: fascismo/ antifascismo, autoritarismo/democracia (Fiorucci, 2011).

6 “Marcelo Bórmida. Curriculum Vitae”, Scripta Ethnologica, Vol. VI, 1981, pp. 12-18.

7 Podrían añadirse el húngaro Miguel de Ferdinandy y el yugoeslavo Branimiro Males, asimilados a las universidades de Cuyo y Tucumán, respectivamente.

8 La separación pudo haber estado motivada por una vieja animadversión entre Imbelloni y Ardissone (Guber, 2005).

9 Véase: Madrazo (1985), González (1991-1992), Boschín (1991-1992), entre otros.

10 En 1949 se propuso sin éxito la creación de una Licenciatura en Americanística. En 1953 se creaba la efímera Licenciatura en Antropología, Arqueología y Etnografía (complementaria del Profesorado en Historia), de la que saldrían algunos egresados: Carmen Marengo, Pedro Krapovickas, Guillermo Fernández Vidal y Marcelo Bórmida. En 1954 se oficializaba la Licenciatura en Folklore, que en 1958 sería absorbida por la de Ciencias Antropológicas (Lafón, 1976).

11 En líneas generales, el proceso de desperonización siguió tres cursos complementarios. Por un lado, la solicitud de renuncia a los cuadros académicos identificados con la anterior administración (lo que a su vez conllevó la dimisión de numerosos docentes en solidaridad con los renunciantes). Por el otro, el llamado a concurso a todos los cargos, estableciendo que los futuros postulantes no debían acreditar vinculación alguna -ni universitaria ni extra-universitaria- con el derrocado gobierno. Por último, como medida reparadora, la restitución a sus antiguos puestos o la promoción a puestos de mayor jerarquía a quienes habían sido cesanteados durante la década peronista (Buchbinder, 1997 y 2005; Neiburg, 1998).

12 Ambos integraron la última composición del Consejo Directivo, desempeñándose en las Comisiones de Interpretación y Reglamento (Casanova), Presupuesto (Imbelloni y Casanova), Adjudicaciones (Casanova e Imbelloni) y Publicaciones (Imbelloni).

13 Como otros cuadros académicos separados, Imbelloni pasaría a prestar servicios en la Facultad de Historia y Letras de la Universidad del Salvador en las cátedras de Antropología y Etnografía y Antropología Cultural (Schobinger, 1961).

14 Runa. Archivo para las ciencias del hombre, Vol. VII, Primera Entrega, 1956, p. 142.

15 Resolución del Rector de la UBA N° 429, 15 de julio de 1954.

16 Resolución s/n del decano Antonio Serrano Redonnet, 24 de noviembre de 1954.

17 Resolución del delegado interventor Alberto Salas, 10 de noviembre de 1955.

18 RUBA, Tercera Época, Año 1, Nros. 1 y 2, 1943.

19 La permanencia en Tucumán implicaba su subordinación al entonces director del Instituto de Antropología, Enrique Palavecino, y a su secretario académico, Radamés Altieri, quienes al mismo tiempo respondían a Alfred Métraux.

20 A finales de la década de 1930, las únicas publicaciones estrictamente antropológicas eran Revista del Instituto de Etnología de Tucumán y Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología.

21 Canals Frau había sustituido a Rusconi en la cátedra de Antropología y Etnografía, desencadenando un sostenido conflicto personal (Schobinger, 1971).

22 Resolución del delegado interventor Alberto Salas, 13 de octubre de 1955.

23 Resolución del delegado interventor Alberto Salas, 17 de octubre de 1955.

24 “Curriculum Vitae del Profesor Dr. Fernando Márquez Miranda”, Runa, Vol. X, 1960-1965, p. 17.

25 Dictó cursos de arqueología en la Escuela de Verano de la Universidad Nacional de Chile (1949 y 1954) y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Madrid (1953), dio conferencias en el Instituto de Antropología de la Universidad de Roma (presentado por Sergio Sèrgi, 1951), en el Museo del Hombre de París (presentado por Paul Rivet, 1951), en La Sorbona (presentado por Fernand Braudel, 1951) y en la Real Sociedad Geográfica de Madrid (1953), y efectuó estancias de investigación en Portugal y Marruecos (1953) (Lafón, 1960-1965).

26 Fue nombrado decano de la Facultad de Ciencias Naturales (1955-1957), director del Museo de La Plata (1955-1957), director del Departamento de Antropología (1957-1961), y profesor titular de Arqueología y Etnografía Americana (1955-1961), Prehistoria Argentina y Americana (1957-1961) y Antropología Cultural (1957-1961).

27 “Cultura y ciclos culturales. Ensayo de etnología teorética” (1956), “El estudio de los bárbaros desde la antigüedad hasta mediados del siglo. Bosquejo para una historia del pensamiento etnológico” (1958-1959), “Bosquejo para una historia general del pensamiento etnológico. La antropología del materialismo. II parte” (1958-59) y “Ciencias Antropológicas y humanismo” (1961).

28 En “Revisionismo en la etnología”, Armando Vivante formuló un duro cuestionamiento a las posiciones sostenidas por Bórmida. Calificaría de “excesiva” la afirmación de que la escuela histórico-cultural “no haya profundizado suficientemente la teoría del ciclo” y agregaría que, aunque Bórmida se presumía un culturalista independiente, no hacía más que mantenerse “dentro del pensamiento de la Escuela” y seguir utilizando “sus criterios de trabajo” (Vivante, 1958-1959: 334 y 341).

29 Resolución del decano Marcos Morínigo, 7 de febrero de 1958.

30 Resolución del decano Marcos Morínigo, 10 de febrero de 1958.

31 “Marcelo Bórmida. Curriculum Vitae”, Scripta Ethnologica, Vol. VI, 1981, pp. 12-18.

32 Archivo FFyL-UBA, AG 378.

33 Archivo FFyL-UBA, AG 378.

34 Archivo FFyL-UBA, AG 381.

35 Resolución N° 50 del Consejo Superior de la UBA, 27 de diciembre de 1958.

36 Boletín de la Facultad de Filosofía y Letras, n° 16, julio de 1962, p. 41.

37 Resolución del decano José Luis Romero, 29 de marzo de 1963.

38 La única fuente de que disponemos para estimar el número de estudiantes es el resultado de las primeras elecciones de representantes estudiantiles a Junta Departamental (junio de 1962) que arrojaron un total de 44 votos emitidos (Boletín de la Facultad de Filosofía y Letras, N° 17, marzo-julio de 1962, p. 8).

39 A fines de 1961, el Departamento de Ciencias Antropológicas expresaba su preocupación: “La Biblioteca [del Museo Etnográfico] no ha podido contar con el personal especializado, con título universitario, dado el bajo índice de las remuneraciones. El local no se halla en condiciones normales por la caída del cielorraso y las constante filtraciones de lluvia y humedad que padece, al igual que los depósitos de la planta alta del edificio. Han prosperado insectos en los anaqueles y desprendimiento de yeso y material de mampostería caen con frecuencia alarmando alarmando a los lectores y al personal, con justa razón” (Boletín de la Facultad de Filosofía y Letras, N° 16, julio de 1962, p. 90).

40 En marzo de 1963 se realizaron los concursos internos de ayudantes de trabajos prácticos en orientación prehistoria y arqueología (Antonio Austral), en orientación folklore (Susana Chertudi, Blas Alberti, Hugo Ratier y Santiago Bilbao) y en Introducción a las Ciencias Antropológicas (Jorge Bracco, Susana Strozzi y Pablo Aznar) (Anthropologica, n° 2, enero-marzo de 1963, p. 40).

41 En noviembre de 1963, el decano José Luis Romero hacía lugar a la solicitud de Palavecino de contratar a Martha Borruat de Bun y Eduardo Menéndez “para realizar tareas técnicas de clasificación y fichaje de los materiales etnográficos y arqueológicos”, con una retribución mensual de $ 8.000. Los considerandos de la resolución enfatizaban: “Que el Museo Etnográfico cuenta con un valioso material constituido por más de ciento veinte mil piezas”; “Que la carencia absoluta de personal técnico -puesto que solo se dispone de un restaurador dentro del personal estable- ha impedido hasta el momento la clasificación y el fichaje de la mayor parte de ese material único en América” (Resolución del decano José Luis Romero N° 71, 26 de noviembre de 1963).

42 En 1960 el Departamento de Sociología recibió un subsidio de u$s 210.000 de la Fundación Ford, de los cuales casi la mitad (u$s 100.000) debía destinarse a la contratación de profesores extranjeros y una cuarta parte (u$s 50.000) a estudios de perfeccionamiento en el exterior de docentes, investigadores, graduados y estudiantes (Boletín de Informaciones de la UBA, Año III, N°14, julio de 1960, p. 14).

43 En marzo de 1960, se llevó a cabo una campaña arqueológica en la ciudad bonaerense de Bolívar. Fue dirigida por Bórmida y participaron los estudiantes Ana Mariscotti, Hugo Ratier, Jorge Bracco, Miguel Hangel González y Blas Alberti (Boletín de la Facultad de Filosofía y Letras, N°2, abril de 1960, p. 22).

44 Anthropologica, n° 1, octubre-diciembre de 1962, p. 1.

45 En el volumen X (1960-65) aparecieron artículos de Pablo Aznar, Santiago Bilbao y Miguel Hángel González (“Descripción de los elementos de la fiesta”, en coautoría), de Guillermo Madrazo y Juan Carlos Laguzzi (“Un viaje arqueológico a la provincia de Misiones”, en coautoría) y de Jorge Bracco (“Contribución al estudio de los árboles sagrados del Neuquén”).

46 Relaciones de la Sociedad Argentina de Antropología se había discontinuado en 1944, reapareciendo recién en 1970.

47 Boletín de la Facultad de Filosofía y Letras, N° 16, julio de 1962, p. 81.

48 Boletín de la Facultad de Filosofía y Letras, n° 17, marzo-julio de 1961, p. 8.

49 Resolución 1616 del Consejo Directivo (5 de julio de 1963).

50 Resolución 1669 del Consejo Directivo (26 de julio de 1963).

51 En 1963, la junta directiva de la Sociedad Argentina de Antropología quedaba conformada mayoritariamente por graduados jóvenes (Blas Alberti, Antonio Austral y Eduardo Menéndez) y minoritariamente por socios antiguos (Oswald Menghin y Rodolfo Casamiquela).

 

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