Sociohistórica, nº 35, 1er. Semestre de 2015. ISSN 1852-1606
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Centro de Investigaciones Socio Históricas

ARTÍCULOS / ARTICLES

 

Identidades y alteridades en el Río de la Plata. Una visión histórica desde la banda oriental del “río mar”

 

Gerardo Caetano

Universidad de la República
Uruguay
gcaetano50@gmail.com

 

Cita sugerida: Caetano, G. (2015). Identidades y alteridades en el Río de la Plata. Una visión histórica desde la banda oriental del “río mar”. Sociohistorica, (35). Recuperado de: http://www.sociohistorica.fahce.unlp.edu.ar/article/view/SH2015n35a05

 

Resumen
Desde un recorrido histórico de “larga duración”, en el texto se estudian los itinerarios y factores que han incidido con mayor gravitación en la construcción de la identidad nacional uruguaya, con la referencia de su particular dialéctica con sus alteridades regionales. Se hace especial hincapié en las raíces y en los efectos del signo “antiporteñista” (devenido a menudo en “antiargentinismo”) del nacionalismo uruguayo más clásico. En esa perspectiva, se analiza la influencia en estos asuntos de tópicos como el de los cambios producidos en los ejes geopolíticos de la Cuenca platense, en las trayectorias polémicas de los relatos de nación predominantes en la historia uruguaya, en sus perfiles cosmopolitas y en sus alteridades regionales, en la interconexión del tema con los retos de la construcción del “Uruguay internacional”. El texto culmina con una reflexión que procura contribuir al señalamiento de algunas raíces históricas de la agenda de contenciosos contemporáneos entre Argentina y Uruguay.

Palabras clave: Argentina; Uruguay; Nación; Integración; Identidades

 

Identities and otherness in the River Plate. A historical perspective from the eastern side of the "sea river".

 

Abstract
From a long-term historical perspective, this article studies the itineraries and core elements that have influenced the construction of the Uruguayan national identity, referred to particular dialectics kept with its regional alterities. Special emphasis is made on the roots and effects of the “antiporteñista”, or anti Buenos Aires, sign (frequently turn into plain “anti-argentinism”) of Uruguayan nationalism in its most classical version. Under this perspective, the paper analyses the influence of some topics such as geopolitical changes within the Rio de la Plata basin; controversial trajectories of predominant accounts on the notion of “nation” in Uruguayan history, in its cosmopolitan profiles and in its regional alterities; and this issue’s liaison with the challenges for the construction of an “international Uruguay”. The article closes with a reflection that seeks to pinpoint some historical roots of the contemporary contentious agenda between Argentina and Uruguay.

Keywords: Argentina; Uruguay; Nation; Integration; Identities

 

1. Introducción

Los uruguayos –sobre cuya construcción histórica y sus heterogeneidades internas mucho se podría decir- tienen fama de pesimistas, de quejosos y de que su manera de construir y resignificar su identidad colectiva es dudar permanentemente sobre su viabilidad. Pero, como saben muy bien los historiadores, las sociedades no tienen ADN, no “son” esencias a reconocer y luego a preservar. Son construcciones histórico-culturales que cambian, que viven en el cambio y a través del cambio. Y además, toda identidad se define y se califica en buena medida en cómo construye su vínculo con su alteridad: hay “nosotros contra otros” y hay “nosotros con los otros”. 1 Y esto vale para la forma en que se construyen los “nosotros nacionales” pero también en cómo se integran y conforman otro tipo de colectivos. 2

El Uruguay ha tenido períodos históricos en que los viajeros –con quienes siempre ha tenido un idilio tan viejo como especial- destacaban que en el país encontraban un optimismo sin límites, una vocación hasta ingenua en el futuro y en el progreso, la fortaleza de una identidad pensada desde el modelo cultural de un “país modelo”, “hiperintegrado” y pequeño, jugando el rol de factor de equilibrio entre sus dos vecinos gigantescos e inestables. Sin embargo, a menudo ese ejercicio intelectual ha llevado a la sociedad uruguaya a cierta miopía provinciana.

En esa dirección cabe recordar que hace sesenta y dos años, un sabio uruguayo como el jurista Eduardo J. Couture editaba un libro emblemático. Su título ya perfilaba todo un horizonte de reflexión que mucho tiene que ver con algunas reflexiones contenidas en su libro titulado “La comarca y el mundo”. 3 En su texto, luego de registrar diversos rasgos que a su juicio caracterizaban a los uruguayos de su época (entre los que destacaba su “espíritu polémico” y, al mismo tiempo, su acuerdo básico respecto a coincidir en “la democracia como forma superior de convivencia humana”), Couture se preguntaba acerca de cómo verificar si su interpretación resultaba “exacta o errónea”. Ante esa interrogante, proponía un camino: “… la mejor manera de comprender el propio país consiste en comparar. Los uruguayos todavía comparan muy poco. Además, cuando comparan lo hacen confrontando realidades con ideales. (…) Para curarse de exageraciones conviene, de tanto en tanto, alejarse un poco. Toda lejanía en el tiempo y en la distancia es provechosa para conocer el propio país (…): la comarca vista desde lejos y el mundo visto pensando en la comarca”.

A continuación, Couture recreaba un “viaje” de reflexiones a partir de un conjunto de notas y comentarios sobre distintos lugares de América y de Europa que había recorrido. Al final de un largo itinerario, el célebre jurista uruguayo volvía al comienzo de su libro, “evocando –como él mismo advertía- la geografía de la comarca”. “En último término –concluía Couture-, nuestra vida se apoya en un metro cuadrado de tierra. (…) debemos formarnos conciencia del mundo y trabajar en la dirección de ella; pero nunca trabajaremos más para el mundo que cuando pugnemos por asegurar la autenticidad de nuestra pequeña comarca. (…) … cuanto más de su país y de su época sea un hombre, es más de los países y de las épocas todas. Al principio era la comarca. El mundo vino por añadidura”.

Corría entonces el año 1953. Aunque ya resultaban visibles varias “grietas en el muro” (como diría Carlos Real de Azúa), los uruguayos todavía tenían suficientes motivos como para soñar con la “eternidad” de la “Suiza de América” y su “sociedad hiperintegrada”. La porfiada “frontera transatlántica” todavía nublaba la visión de lo que el líder del P. Nacional Luis Alberto de Herrera llamara el “Uruguay Internacional”, al tiempo que un creciente provincianismo comenzaba a hacerse sentir con todos sus peligros. El mundo cambiaba profundamente y los uruguayos –salvo honrosas excepciones- no parecían advertirlo. De todas formas, todavía había herencias y energías suficientes para postergar la tragedia.

Más de seis décadas después y a partir de todo lo vivido desde entonces, en la comarca y en el mundo, el provincianismo es un vicio que sin duda no se puede permitir ningún país y mucho menos el Uruguay. Y sin embargo, su presencia, cada vez más peligrosa, todavía sigue entre nosotros. ¿Cómo combatir el provincianismo que si siempre es nocivo lo es mucho más hoy, particularmente en el campo de la cultura y de sus políticas? Por cierto que no hay recetas para ello pero la acumulación de conocimiento comparado, con densidad de “mundo”, que permite una conectividad mayor de los problemas y enfoques, constituye una buena ruta de respuesta. En este sentido, pese a los avances fuertes de la mundialización, ciertas paradojas de este comienzo del siglo XXI en el mundo parecen dar la razón a una vieja estimación de Carlos Real de Azúa sobre que las naciones demostrarían en el futuro que eran "entidades de piel muy coriácea". 4 Como puede advertirse, los vaticinios de hace algunas décadas sobre una rápida y fácil erosión de los Estados nacionales y una inminente instauración de supuestos "Estados universales" han encontrado más resistencias de las supuestas o previstas.

Como suele ocurrir, al debatir sobre la nación los uruguayos discuten tradicionalmente sobre muchas otras cosas, lo que por cierto tampoco es una excepcionalidad. De todos modos, desde una óptica que tiende a arraigar la sinonimia entre nación y república, 5 la "conciencia nacional" de los uruguayos parece constituirse tozudamente en una identidad que anida otras identidades y alteridades, en un marco que no escapa a la tradicional "sacralización" y "tabuización" que aún hoy rodean el tema.

Las reflexiones que siguen, realizadas desde la “banda oriental” del Río de la Plata (desde cuyas costas se insiste en imaginarlo como un “río mar”), apuntan a asumir el provincianismo como “problema cultural”, es decir “radical”. Ya no parece haber tiempo para dormirse tras mitos que hoy ya no pueden reflejarnos. Pero como ya hemos anticipado, toda identidad es también una alteridad, los “nosotros” se construyen desde una visión de los “otros”, en especial respecto a aquellos a quienes por distintas razones se conciben como “espejos” privilegiados, más cercanos y por ello problemáticos, “rivales y hermanos” como tantas veces se ha dicho. Desde ese lugar ambiguo, como tal vez corresponda desde el “Mar Dulce” que quiso “bautizar” el infortunado Juan Díaz de Solís, se procurará esbozar un pequeño avance, entre lúdico y preocupado, a propósito de una mirada de historiador sobre el pasado y los problemas recientes que han enturbiado –y todavía enturbian- los vínculos entre las identidades y alteridades rioplatenses.

2. Hegemonías y fronteras en la historia de la cuenca del Río de la Plata.

En términos geográficos pero también históricos, el territorio de la Cuenca del Plata ha presentado un contorno bipolar, en el que se distinguen un polo hegemónico, conformado por los grandes Estados de Argentina y Brasil, y una zona de frontera, integrada por los tres “pequeños” países restantes (Bolivia, Paraguay y Uruguay). La larga competencia argentino-brasileña por el liderazgo en la región configuró sin duda la base dominante del paradigma del conflicto, que prevaleció en la región por lo menos hasta la década de los ochenta del siglo XX. Por su parte, los restantes “Estados frontera” básicamente “pendularon” –aunque de manera diversa, como veremos- entre los dos gigantes, cerrada definitivamente la vía aislacionista luego de la ominosa destrucción del Paraguay “originario” en la “Guerra de la Triple Alianza”.

Sin salida al mar luego de la también condenable “Guerra del Pacífico”, Bolivia tanto como Paraguay, quedaron en cierto modo convertidos en “prisioneros geopolíticos”, con las consecuentes severas restricciones de esa situación. Uruguay, en cambio, desde su privilegiada ubicación en la desembocadura del estuario platense, pudo tener otras posibilidades de conexión más allá de la región, aunque su historia, como veremos enseguida, no puede ser entendida sino en relación estrecha, aunque con mayor flexibilidad, al devenir de la región. De distinta manera, incluso con enfrentamientos bélicos entre sí (Bolivia y Paraguay en la fratricida “Guerra del Chaco” entre 1932 y 1935), los tres países pequeños de la Cuenca configuraron una “marca fronteriza”, cuyo apoyo disputaron con fervor los dos “gigantes” de la región, para afirmar sus respectivos proyectos y sus aspiraciones de liderazgo..

Esta dualidad o bipolaridad configuró y aun configura sin duda una de las claves para entender los avatares políticos de la región platense a lo largo de su historia. Como veremos a continuación, la gran mayoría de los conflictos que se desplegaron en la historia de la región tienen que ver en más de un sentido con los significados de esta dualidad, en particular con la dialéctica generada por la puja de liderazgo entre los dos “Estados hegemónicos” y por las acciones restringidas implementadas por los otros tres “Estados fronteras”, buscando aprovechar la disputa de sus vecinos “gigantes” y afirmar sus intereses y derechos, acotados por las visibles asimetrías de la región.

Si se pasa revista a varios de esos conflictos podrá observarse cómo su dilucidación, en particular en los tiempos del largo predominio de la lógica del conflicto en la región, dependió en buena medida de las formas de interrelación que adquirieron en cada caso los dos polos referidos: la libre navegación de los ríos interiores, confirmada a “sangre y fuego” luego de la “Guerra de la Triple Alianza” (1865-1870); la consiguiente lucha de puertos, renovada en su estridencia aunque nunca desaparecida desde los tiempos de la Colonia; la progresiva formación de los Estados nacionales en el territorio de la Cuenca del Plata, con la delimitación azarosa de sus respectivos límites territoriales; 6 la resolución del predominio de los ejes “transversales” o “longitudinales”, el duelo en suma en procura del predominio de las nacientes (a favor de Portugal primero y de Brasil después, luego de que las conquistaran militarmente, con los “bandeirantes o el ejército mediante, desde la Colonia hasta el siglo XIX) o de la desembocadura (a favor de la Argentina por obvias razones geográficas); los largos contenciosos en torno al aprovechamiento del potencial hidroeléctrico de la Cuenca; las controversias en torno a las formas de manejo de temas como los del cuidado del medio ambiente o el manejo de los recursos hídricos; el diseño de los llamados “corredores de exportación” y la orientación de los “países interiorizados” (Bolivia y Paraguay) hacia el Atlántico o hacia el Pacífico; más allá de las hidrovías de la Cuenca, la ingeniería global y su orientación geopolítica entre el Atlántico y el Pacífico; la controversia más actual respecto a las posibilidades de impulsar proyectos de aprovechamiento y conectividad energéticos a través del petróleo y el gas natural, así como el involucramiento (principalmente de Brasil, en asociación creciente con EEUU) en programas de generación de biocombustibles o de vías de energía alternativa; entre otros muchos que podrían citarse.

Si se observa bien, tras todos estos puntos de conflicto subyace el litigio histórico entre las aspiraciones hegemónicas de Argentina y Brasil (precedidas por sus antecesores coloniales, los imperios americanos de España y Portugal). Pero al mismo tiempo, la dilucidación de cada uno de los asuntos planteados depende también de cómo “los grandes” han interactuado en relación con “los pequeños” de la región. Esa interacción pudo asumir la lógica bélica de la conquista militar, como en la “Guerra de la Triple Alianza” contra el Paraguay, o los instrumentos de las iniciativas diplomáticas o las negociaciones bilaterales, particularmente durante el período 1930-1980, que muchos autores han coincido en caracterizar como la “era de la geopolítica”.

“Estados frontera” entonces los tres “pequeños” de la Cuenca, sin embargo no vivieron ni gestionaron esa común condición de la misma forma. En primer término, no podían hacerlo tanto por razones geográficas como por motivos de carácter histórico. A Bolivia, sin salida al mar desde 1870, se le podía considerar como “el país menos interesado en la Cuenca del Plata”, 7 en especial por la muy escasa atención y las onerosas alternativas que le ofrecieron los “gigantes” de la región, en especial Argentina, para afirmar sus intereses en la zona platense. Por su parte, como bien ha señalado Bernardo Quagliotti de Bellis, la “voz de la historia” imponía a Paraguay y a Uruguay modalidades muy diferentes, casi antagónicas, de actuación en tanto “fronteras”. “Distinta la estructura y la función históricas, consolidarían en el Paraguay la condición de “marca”, de bastión sitiado y erguido, de frontera cerrada; y, en el Uruguay, prolongación natural de la Banda, tierra de su tierra, un mundo dinámico de relación en el área gaucha, la frontera abierta”. 8 Asimismo, este modo diverso de vivir y actuar desde su condición de “Estados frontera” también tuvo que ver con su posicionamiento tanto estructural como coyuntural frente a Argentina y Brasil, lo que sin duda fue un factor altamente condicionante de sus iniciativas y proyectos. Sobre este particular y en relación a su conocida Montevideo (pero desde una perspectiva que podía englobar al Uruguay en su conjunto), había dicho proféticamente Juan Bautista Alberdi en la primera mitad del siglo XIX: “Montevideo tiene en su situación geográfica un doble pecado y es de ser necesario a la integridad del Brasil y a la integridad de la República Argentina. Los dos Estados lo necesitan para complementarse. ¿Por qué motivo? Porque en las orillas de los afluentes del Plata, de que es llave principal el Estado Oriental, están situadas las más bellas provincias argentinas. El resultado de esto es que el Brasil no puede gobernar sus provincias fluviales sin la Banda Oriental; ni Buenos Aires puede dominar las provincias litorales argentinas sin la cooperación de esa Banda Oriental.” 9

En el caso de Uruguay, debe decirse antes que nada que su condición más significativa a lo largo de toda su historia ha sido precisamente la de ser “país frontera”. La circunstancia que llevó a su territorio a constituir primero la “marca fronteriza” entre los dominios portugueses y españoles en la región y luego a perfilarse como “Estado tapón” (“un algodón entre dos cristales”, como más de una vez se ha dicho) entre los “dos grandes”, llevó inicialmente al Estado oriental fundado en 1830 a practicar en forma episódica una lógica pendular. Sin embargo, rápidamente, como veremos, en virtud de su privilegiada ubicación geográfica en la desembocadura del Río de la Plata y pese a la persistente ausencia de un “puerto oceánico” en las costas oceánicas del departamento de Rocha, que sin duda le hubiera dado y le daría muchas más alternativas geopolíticas y comerciales frente a Brasil, Uruguay pudo orientarse en varias ocasiones a cumplir un rol central como factor de equilibrio regional. Como bien ha señalado Luis Dallanegra Pedraza: “El papel de Uruguay se perfila como el de un espacio vital para mantener el “equilibrio” de una integración armónica de la Cuenca del Plata. (…) La planificación de la realidad uruguaya debe tener como base el posibilismo geopolítico de su espacio, buscando la coincidencia con otros procesos exteriores de transformación socio-económica; esto le dará seguridad estratégica al país. Uruguay está obligado a practicar una vocación política internacional dinámica en el ámbito regional y, en lo interno, alcanzar una coherente vertebración territorial con un planificado desarrollo socioeconómico.” 10

Como vieja “región de conflictos”, escenario de un antagonismo geopolítico fundamental entre Argentina y Brasil del cual emanaron claros vencedores y vencidos, en estas últimas décadas la Cuenca del Río de la Plata se ha encaminado por varios motivos a un cambio de paradigmas en su ecuación de gobierno de conjunto. El surgimiento del Mercosur y sus azarosas trayectorias constituyen hitos centrales de ese cambio geopolítico fundamental, en un proceso que aun continúa. Por cierto que no ha resultado sencillo cambiar el eje geopolítico en una zona en la que el conflicto había devenido históricamente como el vector central del proceso formativo de los Estados y aun de los modelos de desarrollo. 11 Sin embargo, ese proceso de cambio geopolítico en el Cono Sur sigue siendo un elemento fundamental para entender la situación contemporánea de las identidades y alteridades de argentinos y uruguayos, aunque con asimetrías fuertes en su relación recíproca. En ese sentido, parece obvio el señalamiento de que la relación bilateral entre Argentina y Uruguay es un asunto mucho más relevante para los uruguayos.12

En síntesis, en los actuales contextos al Uruguay le cuesta más desarrollar la vieja lógica pendular entre sus dos gigantes vecinos. En buena medida, estos ya no disputan hegemonía (resuelta esta básicamente a favor de Brasil desde hace décadas) y, a pesar de las dificultades persistentes de su relacionamiento bilateral, los mismos desarrollan entre sí un relacionamiento privilegiado. Tampoco resulta sencillo para Uruguay ser factor de integración profunda dentro de un proceso de integración regional con tantos problemas como es el caso del Mercosur. Mucho menos viable es la opción de “saltearse la región” y buscar (desde una lógica de apertura ampliada) un vínculo directo con el mundo de la globalización, esa tentación infértil que tantas veces el Uruguay supo eludir, por lo menos hasta hoy. 13 Como dijo José Mujica durante su presidencia recientemente concluida, al tratar de resumir dos de las claves centrales de la política exterior uruguaya: “vamos en el estribo de Brasil” y “no podemos estar enfrentados con Argentina”. Sin embargo, ninguno de estos dos movimientos le resultó fácil al expresidente uruguayo, en especial el segundo. Aun siendo el mandatario uruguayo que puede calificarse como el más “filo argentino” de la historia uruguaya, 14 durante su gobierno Mujica debió lidiar con una larga agenda de conflictos bilaterales y regionales que sin duda no pudo resolver. Más aun, con seguridad a su pesar, el viejo contencioso de las identidades y alteridades rioplatenses se reactivó con dureza e hizo resurgir –tal vez más del lado oriental del “río-mar”, quizás por la asimetría de la relevancia de los impactos y consecuencias de las diferencias- viejos recelos con historia. 15

3. El “pasado fundante” y el pleito de los relatos en torno a la identidad nacional en Uruguay.

Los orígenes del Estado uruguayo, como es sabido, se constituyeron durante mucho tiempo en uno de los focos temáticos más controversiales de la historiografía local. En modo alguno la intención en este texto apunta a terciar en el viejo debate, pese a que el mismo dista de haberse resuelto y sigue -a nuestro juicio- constituyendo un área de trabajo relevante para la investigación histórica futura y aun para la controversia ensayística, como lo prueban algunas producciones recientes. El objetivo resulta mucho más modesto: se trata de poner de manifiesto algunas de las muchas razones que han impedido un consenso sólido en torno a la interpretación del “pasado fundante” o la “narrativa de los orígenes” en el Uruguay, así como el registro de cómo la controversia resultante se configuró como un motor dinamizador de la lucha de ideas en el Uruguay del siglo XX.

Una premisa de análisis podría resumirse de la siguiente manera: el Uruguay nació antes que los uruguayos, el Estado precedió a la nación. Esta postura por cierto no resulta equidistante entre las dos visiones tradicionales respecto a las "narrativas de los orígenes" en el país, aunque busca alejarse por igual de sus versiones más dogmáticas y maniqueas. En coincidencia con los estudios de Real de Azúa en la materia, nos resultan tan inconvenientes las visiones que interpretan el proceso independentista uruguayo como el corolario de una necesidad, como aquellas que lo muestran simplemente como el resultado artificioso de una fatalidad.

En torno al surgimiento del Uruguay como Estado independiente es sabido que se han enfrentado básicamente dos posiciones, aun cuando un estudio más atento de las mismas permitiría poner de manifiesto la inconveniencia de "homogeneizar" en exceso el campo de cada una de esas tesis. De todos modos, los años han ya tradicionalizado el arraigo de esa alternativa binaria que opone: a) la postura nacionalista o independentista clásica, cuyo rasgo más distintivo sería la reivindicación del surgimiento del Uruguay en tanto "Estado soberano" como el fruto de una voluntad y un sentimiento "nacionales" ya maduros cuando el “ciclo artiguista” (1810-1820) y la “Cruzada Libertadora” de 1825, lo que reconocería sólidos antecedentes en los períodos de la Colonia (significado de la lucha de puertos, debilidad y carácter tardío del vínculo virreinal, etc.) y de la Revolución (el "independientismo" antiporteño del artiguismo, el "desacierto" o el "disimulo" implícitos en el Acta de Unión del 25 de agosto de 1825, etc.); y b) la postura unionista o disidente, que destacaría en cambio la inconsistencia efectiva del deseo independentista en 1825, opuesto a la fuerza coetánea del sentido de integración rioplatense (cimentado además en la índole confederal del artiguismo), explicándose en consecuencia el surgimiento del Uruguay independiente como derivación más o menos directa de factores y artificios exógenos, en particular, de la influencia británica. 16

La primera tesis bien podría reconocer una síntesis apropiada en el siguiente fragmento del prólogo que Juan E. Pivel Devoto hiciera a una selección de textos publicada bajo el título “La Independencia Nacional” en la colección "Clásicos Uruguayos" en 1975: "La nacionalidad uruguaya está prefigurada desde los orígenes de nuestra formación social. (...) El Virreinato no pasó de ser una denominación teórica. Esa es la 'patria grande' que nunca existió. (...) Esa unidad territorial de la Capitanía, Gobernación o Provincia, que prefiguran la nación, la buscaron tanto Montevideo como Artigas, por distintos caminos y bajo signos opuestos. (...) La cruzada de 1825 reanudó la lucha por la independencia. (...) Los vínculos con las Provincias Unidas ya no existían. Razones circunstanciales de orden político, militar y económico pudieron impulsar a los dirigentes de 1825 a proclamar la unidad...". 17

Por su parte, el siguiente fragmento del ensayo titulado “El Uruguay como Problema” publicado en 1971 por Alberto Methol Ferré‚ resume lo medular de la posición opuesta: "Los nacimientos en todos los planos deciden y bien, a tono con la moda, es forzoso comenzar por el trauma del nacimiento uruguayo. No hay uruguayo que no sepa, en el fondo del corazón, que el Uruguay nació a la historia como 'Estado tapón'. Es un fantasma persistente, no iluminable por las empecinadas acrobacias para censurarlo de nuestra vieja historiografía. Es el saber de todos más intensamente reprimido, abismado en el inconciente, por ser el más perturbador. (...) El Uruguay no es hijo de la frontera sino del mar, y el mar era inglés. Este necesitaba una ciudad hanseática: 'Montevideo y su territorio'". 18

Más allá  de los múltiples matices y gradaciones que podrían registrarse en cada uno de estos dos "bandos" historiográficos clásicamente enfrentados, la llamada "Nueva Historia" emergente en los 60 y las generaciones más recientes de historiadores parecen haberse desentendido un tanto del debate, proyectando una "tercería" cuya clave configuradora en este caso oscilaría entre cierta "indiferencia" o “desdén” ante el tema, la adopción acrítica de modelos anteriores o la asunción incipiente de nuevos enfoques sobre el problema.

De todos modos, como suele ocurrir en estos casos y mucho más en el Uruguay, el viejo diferendo nunca pudo ser zanjado. La tesis "nacionalista" sólo pudo obtener la victoria pírrica de una oficialización del 25 de agosto como "fecha de la independencia nacional" o su dominio machacón (y tantas veces contraproducente para sus intereses en términos de persuasividad cívica) de manuales, monumentos y museos. El "trauma de nacimiento" y sus "sospechas generalizadas", de que hablara Methol, han persistido y persisten, más allá  de la enervante liturgia de la historia escolar y de la "orgía" historicista tanto del Sesquicentenario y su "Año de la Orientalidad" durante la última dictadura, 19 como también de las discusiones más recientes sobre los Bicentenarios. 20

Esta situación en torno a lo que podría calificarse como una "narrativa de los orígenes" mínimamente consensuada en el Uruguay hizo que no pudiera encontrarse allí -más allá  del "entusiasmo" de los "nacionalistas" de diversas tiendas políticas e ideológicas- la visibilidad cabal de un "momento fundante" de la nación. Ello no provocó que se dejara de lado el pasado como campo de búsqueda y construcción de un "nosotros nacional" más o menos efectivo. Antes bien, el efecto parece haber sido el inverso: una radicalización en la "obsesión" por el pasado colectivo como hipotético sustento de la nación. Si esta no podía arraigarse suficientemente en una lectura mínimamente consensual de los orígenes, tal vez podía hacerlo en remisión a otros "períodos configuradores" o "fundacionales" en la vida del país. En otras palabras, el mito de un "pasado de oro" podía sustituir al mito de los "orígenes" como cimiento consistente y perdurable de la nacionalidad. Como se verá más adelante, la exaltación, aun polémica, del llamado "Uruguay batllista", con toda su cadena de equivalencias posibles ("Suiza de América", "laboratorio de los locos", "país de utopías", "Uruguay feliz", "país de las vacas gordas", etc.) y con sus rasgos más distintivos, ha supuesto en más de un sentido esa operación.

De todos modos, esta hipótesis ha perdido dramaticidad y aún especificidad para el caso uruguayo: casi todos los autores contemporáneos afirman que esa ha sido la pauta general en los procesos de construcción de todos los Estados nacionales. "Yo recalcaría -ha dicho Hobsbawn hace ya décadas, coincidiendo explícitamente en esto con las opiniones de autores como Ernest Gellner o Benedict Anderson, entre muchos otros- el elemento de artefacto, invención e ingeniería social que interviene en la construcción de naciones. (...) En pocas palabras, el nacionalismo antecede a las naciones. Las naciones no construyen estados y nacionalismos, sino que ocurre al revés". Fue esa misma convicción la que llevó al historiador inglés a recomendar, con sabiduría, que era más redituable y pertinente estudiar más a los nacionalismos que a las naciones. 21 La idea de que las identidades nacionales y los imaginarios colectivos que las sustentan, surgen a posteriori y bastante más tardíamente que los Estados, resulta en la mayoría de los casos un supuesto teórico y no una hipótesis específica solamente válida para el caso uruguayo. En esa línea, los flancos más débiles de nuestros historiadores nacionalistas, afiliados sin reservas a la tesis independentista clásica, se vinculan precisamente con aquellos de sus análisis que pretenden probar la existencia "irrefutable" de redes múltiples y densas de identificación colectiva, previas incluso a la Revolución, referidas de manera unívoca al destino de una entidad parangonable con lo que sería el futuro Uruguay.

4. El primer imaginario nacionalista uruguayo: contextos y matrices.

No fue nada casual que el primer imaginario nacionalista uruguayo se haya configurado y haya comenzado a permear a la sociedad en las últimas décadas del siglo XIX, cuando en el país adquiría vigencia un primer impulso modernizador de signo capitalista y empezaban a perfilarse muchos de los rasgos del Uruguay contemporáneo. En el país, como en buena parte del resto de América Latina y del mundo occidental, el impulso del romanticismo, con sus ideas del “alma”, del sentimiento, de la emoción, en relación frecuente con la noción de “espíritu”, terminó promoviendo subjetividades e idealismos que convergieron –a menudo torrencialmente- en las ideas de nación y nacionalismo.

Junto con ese nuevo “tono de época”, todo un variado contexto local y regional empujaba en esa dirección. En primer lugar el “afuera” lo demandaba: desde las nuevas exigencias derivadas de la mundialización de los mercados y las transformaciones económicas que conmovían a las economías rioplatenses, hasta los procesos expansivos de los países limítrofes que amenazaban desbordar las todavía débiles fronteras nacionales. La necesidad de la modificación radical del viejo Uruguay pastoril tenía que ver directamente con el requerimiento de un prospecto nacionalista que diera señales de consistencia local. Pero la respuesta al desafío exterior se imbricaba también con los requerimientos del "adentro" y del "prospecto". La llegada al país de grandes oleadas inmigratorias y el vigoroso crecimiento demográfico, los procesos de urbanización -en particular, de montevideanización- acelerados, las múltiples implicaciones de la reforma escolar, etc., demandaban propuestas integradoras de signo fundacional. A ello coadyuvaban también las alternativas cambiantes de los proyectos y modelos modernizadores, la afirmación de las estructuras del Estado, los intentos de construcción de hegemonías sociales más o menos estables y arraigadas (la experiencia de los nuevos "ganaderos empresarios", por ejemplo).

Fue entonces la articulación dialéctica de las exigencias del "afuera", del "adentro" y del "prospecto" lo que en aquel momento de la historia del país hizo que los proyectos "nacionalistas" prevalecieran nítidamente sobre los "integracionistas", que los Francisco Bauzá, Juan Zorrilla de San Martín, Juan Manuel Blanes, José Pedro Varela, Eduardo Acevedo Díaz o los Ramírez dirimieran a su favor el pleito con los Juan Carlos Gómez, Angel Floro Costa o Andrés Lamas, por citar algunos de los principales representantes de una y otra posición. Los autores nacionalistas, desde sus diversos oficios pero acomunados en un mismo sentido misional, se sintieron así partícipes de una tarea generacional cuya principal contribución debía ser la consolidación de una nación. Adviértase que a pesar de que muchos de ellos tenían militancia política y partidaria, fue en este momento fundacional desde su condición primaria de intelectuales desde las que forjaron los contornos de ese primer imaginario nacionalista uruguayo.

Desde su “Historia de la Dominación Española en el Uruguay” (con su primera edición publicada entre 1880 y 1882), Francisco Bauzá, impulsado por lo que llamaba su “instinto patriótico”, no vacilaba en relatar la peripecia del territorio oriental como el de un destino inevitablemente “uruguayo”, desde la población aborigen hasta los tiempos definitorios de los aprestos revolucionarios: “El conjunto de estas causas obrando de distinta manera, no hacía otra cosa que concurrir a la Independencia del Uruguay. (…) Desde los tiempos primitivos, el Uruguay había sido una nación independiente. Los charrúas no conocieron autoridad superior a la suya dentro de su jurisdicción, y la conquista española se cercioró de esa verdad física, que evidenciaban la forma de gobierno de los indígenas y la particularidad de su resistencia. (...) El Uruguay nació a la civilización cristiana en concepto de independencia, es decir, bajo el mismo concepto en que había nacido a la sociabilidad indígena”. 22

El auténtico líder de esa generación de intelectuales nacionalistas fue sin duda Juan Zorrilla de San Martín. Católico y romántico de manera radical, desde obras como La Leyenda Patria (1879), Tabaré (1888) o La Epopeya de Artigas (1910), así como desde una profusa labor desde la oratoria y el periodismo, Zorrilla construyó los cimientos del compromiso nacionalista llevándolos a un nivel cuasi religioso. “Nuestra patria –decía en un discurso pronunciado el 12 de octubre de 1902 en Minas-, señores, la república atlántica subtropical, arranca quizá del instinto innato de libertad salvaje de nuestros primitivos aborígenes (...). Si así como los orientales (...) amamos fieramente nuestra independencia, dejáramos de amarla algún día, tendríamos que sobrellevarla. Seríamos independientes con nuestra voluntad, sin nuestra voluntad, y aun contra nuestra voluntad. Y el oriental que renegara de la independencia de su patria, iría a ocupar el sitio más lóbrego del infierno del Dante: aquel en el que residen los que (…) los que no tienen ni la esperanza de morir. Así sintió a nuestra patria el viejo Artigas; recibió una revelación de lo alto; oyó y cumplió un decreto de Dios.” 23

Este nacionalismo romántico exacerbado, sustentado en determinismos geográficos y en visiones religiosas sobre el destino nacional, expresó el sentir de toda una generación de intelectuales, que proyectó un magisterio exitoso sobre una población todavía pequeña pero anhelosa de pertenencias y relatos compartidos. En esa misma labor propiamente educativa pudieron coincidir plenamente el pintor de “la nación naciente”, Juan Manuel Blanes, o el coetáneo político y fundador de la novela histórica en el país, Eduardo Acevedo Díaz. “El artista debe –decía Blanes- sacar a la superficie las verdades históricas que viven confundidas en el ruido del desasosiego político y social, para hacer con ellas ese arte, que no solo da fe en la historia de las naciones, sino que ha de servir a la moral”. 24 Por su parte, sobre el mismo asunto señalaba unos años después Eduardo Acevedo Díaz: “... ahí está el tema, el histórico, que ofrece dilatado campo al talento para buscar en los múltiples detalles del gran drama el secreto de instruir almas y educar muchedumbres, aunque las muchedumbres que se eduquen y las almas que se instruyan no lleguen a ser las coetáneas del escritor”. 25

Por cierto que no faltaron los voceros del bando rival. Los hubo numerosos, porfiados y talentosos, pero sin duda su brega iba en “cuesta arriba”, en un país que quería afirmar su sentido de nación frente al siempre expansivo Brasil (devenido de Imperio a república imperial en 1889) pero en particular frente a la Argentina rica y demasiado parecida de finales del siglo XIX y del 900. Entre los muchos ensayos que intentaron cuestionar las tesis nacionalistas y que buscaron persuadir a la ciudadanía que el destino no era la independencia sino la asociación con alguno de los gigantescos vecinos, ocupó un lugar especial la obra de Angel Floro Costa, “Nirvana. Estudios sociales, políticos y económicos sobre la República Oriental del Uruguay”, editado en su primera edición en 1880. Este firme escéptico sobre la suerte de un Uruguay independiente intentó sin embargo presentar sus argumentos a través de una revisión de los que a su juicio eran las únicas tres “soluciones” que se presentaban para el porvenir del país: “la Independencia”, “la reconstrucción de los Estados Unidos del Plata” o “la provincia cisplatina”. Luego de una rápida mirada ensayística sobre el pasado (que no casualmente iniciaba con un capítulo dedicado a Artigas), el presente y el porvenir, Floro Costa alegaba con pasión acerca de las razones que invalidaban tanto la independencia como la reunificación con Buenos Aires y las provincias argentinas, para concluir con convicción que la “única solución posible” era asociarse con Brasil: “Ningún pueblo suscribe con placer, después de haberla gozado la pérdida de su autonomía. Pero es que esto no es cuestión de gusto, de sentimentalismo, ni de simpatías, sino de necesidad y de conveniencias reales y positivas. Antes que suscribir al naufragio y buscar en las profundidades del mar el panteón de sus esperanzas, no hay pasajero que no prefiera la suerte de Robinsón (sic). (...)¡El país, el país! Esa grandiosa síntesis sólo existe en la imaginación de unas cuantas almas puras y candorosas. (...) El país geográfico-territorial, aunque mutilado, todavía existe; pero el país político, el país social, el nacionalismo no existe. Ha sido ahogado por la corrupción, por la intolerancia, por las ambiciones, por la envidia y por la anarquía. He ahí por qué la obra del Brasil tal vez toca a su término, sin que él tome la molestia de precipitar su desenlace. Somos nosotros mismos los que facilitamos su lenta invasión y su segura y definitiva conquista. (...) Después de todo, cuando la incorporación se consume, el Brasil sabrá endulzarla con os suaves e doces affectos d’uma constante amizade”. 26

Pero lo que algunas décadas atrás podía hacer dudar a pobladores y dirigentes, hacia las últimas décadas del siglo XIX chocaba frontalmente con un cúmulo de circunstancias de diversa índole que empujaban en la dirección opuesta. Fue todo ese contexto y, en especial, la situación regional (que obligaba al "país-frontera" a afirmar "sus" propias fronteras) lo que hizo que el primer imaginario nacionalista uruguayo se acuñara finalmente -como ha señalado con acierto Methol Ferré- "para estar solos", para cimentar un "Uruguay ensimismado y solitario", con un “sentido de frontera transatlántico” y una escasa conciencia acerca de los muchos nexos que, pese a todo, anudaban los destinos del país a los vaivenes de la región. En ese sentido, debe señalarse que el éxito de ese primer imaginario nacionalista y de sus relatos se cimentó antes que nada en un “antiporteñismo” tenaz, que se volvió persuasivo por entonces en el incentivo al recuerdo –a menudo sesgado o por lo menos exagerado- de los padecimientos iniciados en la Colonia con la “lucha de puertos”, antagonismos profundizados tras la peripecia artiguista y la marcha azarosa de los primeros gobernantes del Estado oriental. Ese “antiporteñismo” devino con facilidad en “antiargentinismo”, rearticulándose la vieja asociación semántica 27 con los nuevos relatos asociados con la consolidación en clave moderna de los Estados nacionales en ambas márgenes del Plata. La diferenciación y el extrañamiento con el otro vecino gigante, Brasil, resultó siempre más sencillo y natural, desde contornos históricos, culturales, sociales y hasta étnicos mucho más discernibles.

Los legados de esta auténtica "fundación" nacionalista serían de enorme trascendencia para el futuro del país. Desde esas raíces, la identidad uruguaya y su anclaje imaginario terminarían de completarse con las euforias del Centenario y los impulsos reformistas del “primer batllismo”. 28 Sus referentes fueron muchos y algunos de ellos demostraron una real eficacia en su capacidad de inscripción profunda en el imaginario colectivo de los uruguayos. Desde el pleno despliegue del culto orista hasta el orgullo por la maximización integradora de aquella sociedad cosmopolita o la dialéctica renovada y complementaria de las diversas concepciones de nación de colorados (bajo el liderazgo batllista) y de blancos (desde la jefatura del herrerismo), pasando por la convicción acerca de la "excepcionalidad" del país afincada en sustentos tan diversos como la continuidad democrática, la "belleza de nuestras playas y nuestras ciudades" o los éxitos deportivos, una larga lista de "hazañas" y "virtudes" pareció convertirse en la matriz de una autoafirmación colectiva que se volvió sólida y perdurable. Expandida y con nuevos componentes, la síntesis perdurable del Centenario no innovó sin embargo respecto a la matriz fundamental del primer imaginario de fines del siglo XIX, en particular en la dialéctica respecto a las alteridades brasileña y sobre todo argentina. En este sentido, el vigor reformista del primer batllismo no hizo más que agregar fundamentos de autoafirmación a lo que Methol Ferré ha llamado el “Uruguay ensimismado”. Como cabía esperar, los relatos de la “nación” habrían de confirmarse en forma coincidente con la tramitación casi siempre ardua de las pautas fundamentales para la inserción internacional del país. Esa forja del “Uruguay internacional”, concepto fundamental –como ya se ha anotado- en la prédica de Luis Alberto de Herrera, el principal adversario político del batllismo, hubo de procesarse también desde una dialéctica de confrontación y complementariedad. 29

5. El “Uruguay internacional” como desafío histórico: políticas y visiones.

Uno puede decir sin temor a equivocarse o exagerar que el Uruguay ha sido un país que a lo largo de su historia ha estado obsesionado por el "afuera" del mundo y de la región. Si tenemos en cuenta los itinerarios de su historia social, si reparamos en la evolución de su configuración demográfica, en el proceso de construcción de su cultura, en las modalidades colectivas de encarar la política o de incorporarse a los debates del mundo, difícilmente podamos contradecir esa percepción. El "afuera" ha sido para los uruguayos, como ha dicho Francisco Panizza, una "imagen constitutiva" y una "mirada constituyente". 30 Como tantas veces se ha dicho con razón, el Uruguay es internacional o no es, su inserción en el mundo y en la región forma parte sustantiva de su identidad nacional.

En efecto, el de los uruguayos ha sido históricamente un "adentro" muy interpenetrado por el "afuera", en donde las fronteras entre una y otra dimensión a menudo han resultado borrosas. Esa dialéctica, que se podría calificar como constituyente de la trayectoria del país, ha proyectado y proyecta varios dilemas y discusiones. Allí radica el origen de ciertos postulados que han configurado principios ordenadores de la política exterior nacional a lo largo de la historia. El primero de ellos tiene que ver con la estrecha vinculación entre la reivindicación de la independencia nacional y la defensa irrestricta del Derecho Internacional como pauta de convivencia entre los Estados. Hacia 1863, en las instrucciones dadas a Octavio Lapido en su misión como Ministro Plenipotenciario ante el Paraguay, en vísperas de horas especialmente aciagas, lo decía con firmeza Juan José de Herrera, por entonces canciller del Gobierno del presidente Bernardo Berro: “El derecho de gentes, bajo cuya salvaguardia (…) está la soberanía y la independencia del Paraguay y del Uruguay, autoriza y legitima entre naciones, la asociación, recíprocamente protectora, que supla la debilidad de cada una de ellas aisladamente. (…) El sistema del equilibrio conserva la paz porque inspira el temor a la guerra. El Uruguay y el Paraguay deben buscarlo. (…) La paz es la vida para la república; paz interna, paz externa; pero para la república la paz es la libertad, es la independencia, es la plenitud de su soberanía…” 31

Apenas dos años después y con la guerra fratricida ya instalada en la región, en su “Discurso inaugural del Curso de Derecho de Gentes” pronunciado en la Universidad de la República, Alejandro Magariños Cervantes podía confirmar esa definición primordial de manera aún más contundente: “Débiles como somos, no nos queda otro baluarte que el derecho internacional; la fuerza podrá diezmarnos impunemente; las bombas arrasar nuestras ciudades, la extorsión dejar exhausto nuestro erario; pero si la razón está de nuestra parte, si podemos oponer al abuso de la fuerza un principio del derecho de gentes violado, la honra de la nación queda ilesa, y la historia justiciera se encarga de marcar en la frente del agresor, por más poderoso que sea, con un sello perdurable de infamia. Por eso ni el débil debe prevalecerse de su flaqueza para cometer actos que la ley natural condena, ni el fuerte violar el derecho del que no puede resistirle”. 32

Sin embargo, esta pauta necesariamente compartida de una vocación de equilibrio prudente y de apego irrestricto a las normas del Derecho Internacional, en su traducción práctica a las orientaciones de la política exterior uruguaya, ha dado lugar a fuertes debates entre los partidos. El P. Colorado en general y el batllismo en particular, prefirieron la defensa (y hasta la promoción protagónica) de valores y principios de pretensión universal para un nuevo orden cosmopolita, desde una firme inscripción occidental y panamericanista. Por su parte, la mayoría del P. Nacional en general 33 y el herrerismo en particular, optaron en cambio por una visión más nacionalista y latinoamericanista, recelando de cualquier pretensión de ordenamiento “supranacional” y de un involucramiento directo con las pugnas de liderazgo entre los poderosos del mundo. Como expresión destacada de la primera orientación podría referirse la propuesta defendida por José Batlle y Ordóñez en ocasión de la 2ª Conferencia Internacional de La Haya en 1907, que consagraba el carácter obligatorio e ilimitado del arbitraje para el arreglo pacífico de los diferendos internacionales, en una fórmula en verdad radical que preveía incluso el empleo de la fuerza para el caso de Estados omisos. En relación a la segunda alternativa, el ejemplo paradigmático fue la postura militante de Luis Alberto de Herrera o de Eduardo Víctor Haedo en 1940 y en 1944 en contra de la propuesta de instalación de bases norteamericanas en territorio uruguayo, así como sus reiteradas apelaciones a la defensa irrenunciable de los principios de autodeterminación y de no intervención ante los frecuentes desbordes, intromisiones e invasiones protagonizadas por las grandes potencias, de modo especial por los EEUU en América Latina

Sin embargo, más allá de la radicalidad de estas discrepancias en materia de política exterior, incluso a veces desde ellas mismas y desde su dinámica especular y dialéctica, el país fue forjando también el imperativo de procurar –no siempre con éxito, es cierto- una “política de Estado” o al menos de “convergencia nacional” en esta área decisiva. Ello significó negociar una acción conjunta o por lo menos coordinada en relación a desafíos y coyunturas centrales de la inserción internacional, ante los cuales un país como Uruguay debía afirmar iniciativas firmes y cohesionadas. Entre la persistente convicción de Herrera sobre la necesidad imperiosa de que Uruguay no fuera “un Gibraltar en el Río de la Plata” o la orgullosa reivindicación de Luis Batlle de venderle “todo menos el alma” a la China comunista en los tiempos macartistas de la Guerra Fría a mediados de los 50, se fue fraguando el rumbo para la afirmación de ese principio rector de la política exterior, que no casualmente pudo terminar de cuajar en los tiempos augurales de la recuperación democrática, tras el oprobio –que también tuvo un capítulo especial en materia de política exterior- de la dictadura. “… debemos proponernos –decía el 25 de marzo de 1985 el entonces flamante canciller Enrique Iglesias, en un discurso dirigido a todos los funcionarios del ministerio- como objetivo central el lograr una auténtica política nacional: el país debe tener, en su relacionamiento externo, una “política exterior nacional”. Creo que eso es importante para países de nuestra dimensión; los países pequeños como el nuestro deberían aspirar a mantener una política exterior lo más compartida posible con la opinión pública y con las fuerzas políticas. (…) Cuando estamos aquí somos funcionarios del Servicio Exterior representando a la nación uruguaya: no somos ni “blancos” ni “colorados” ni “frenteamplistas” ni “cívicos”. Somos ciudadanos que debemos defender el prestigio del país…” 34

Otro eje central de esa proyección internacional de la identidad uruguaya ha tenido que ver con los destinos y orientaciones prioritarios del tropismo fundamental del país en términos de inserción externa. En ese marco, en relación a este punto en más de una oportunidad ha emergido la discusión -a menudo mal planteada en términos dilemáticos y maniqueos- acerca de la asociación privilegiada con los vecinos de la región o el vínculo preferido con las naciones más desarrolladas del mundo noroccidental. Como diría Alberto Methol Ferré, la controversia entre la "frontera continental" o la "frontera transatlántica". En este sentido, más de una vez en la historia de varios países de la región se ha planteado (y aun se plantea, mal que nos pese) la consigna de "entrar en el mundo salteándonos a los vecinos". La opinión sobre que resultaría más conveniente para nuestros países el tener "amigos ricos y lejanos antes que hermanos pobres y cercanos" (frase cuya autoría específica corresponde al Ing. Alejandro Vegh Villegas, dos veces Ministro de Economía del Uruguay durante el período de la última dictadura) ha constituido una fórmula que ha encontrado defensores significativos en distintos países y momentos de la historia regional.

La pequeñez y consiguiente insuficiencia de la variable del mercado interno refuerza otra premisa para pensar el problema de la integración económica y comercial con la región y el mundo: el Uruguay se encuentra impelido a volcar su economía en una orientación prioritaria –aunque no excluyente- de tipo exportadora; depende cada vez más profundamente de su inserción competitiva en los mercados regionales y mundiales. En términos económicos, el "adentro" no puede constituirse en un factor primordial de dinamización económica, imponiéndose también en este punto la comunicación necesaria con el "afuera". En la misma perspectiva, la vocación integradora del Uruguay (tampoco la de Paraguay o Bolivia) no puede articularse con una filosofía integracionista que conciba al bloque como una “zona autárquica” y aislada. Desde sus matrices de comercialización de productos, el Uruguay ha apuntado siempre a una filosofía de “regionalismo abierto”, concebido como instrumento para pelear como bloque con sus vecinos más y mejores mercados. Esta premisa, que en otros períodos históricos pudo haber sido discutida en ciertas perspectivas, hoy reúne ciertos consensos desde las más diversas tiendas, lo que por cierto no inhibe la persistencia de debates pertinentes y responsables acerca de estos aspectos. Nadie discute la vocación exportadora, lo que sí merece discusión y miradas distintas -y a este respecto también abundan los antecedentes recientes, como el debate de 2006 a propósito de la eventual firma de un TLC con los EEUU- 35 refiere al "cómo" integrarse al mundo y a la región.

También en la consideración de la evolución demográfica se encuentran impulsos hacia un puente vincular permanente entre el “adentro” y el “afuera”. La uruguaya ha sido en buena medida una sociedad aluvional, que se fue conformando a medida que llegaba el inmigrante, el gran factor definidor de la evolución social del país durante el siglo XIX y parte del XX. Desde hace ya muchas décadas y con especial relevancia en las más recientes, el Uruguay ha constituido también un país de emigración, con la emergencia de una "diáspora" muy importante en términos cuantitativos y cualitativos, uno de cuyos centros de radicación se encuentra situado en la región, sobre todo en las provincias y Estados más cercanos de la Argentina y del Brasil respectivamente. Esto no sólo ha constituido un dato demográfico sino que ha arraigado como una referencia central de la cultura y de la identidad nacionales. También en ese plano se perfila hasta el día de hoy un factor central del tópico de las identidades y alteridades rioplatenses.

En esa misma dirección del tipo de vínculo con el “afuera” cabe anotar también la vocación cosmopolita que durante muchos momentos tendió a impregnar la identidad nacional uruguaya, lo que a menudo ha sido visto e interpretado como señal de cierto triunfo de la visión "colorada" y sobre todo “batllista” de la nacionalidad. 36 Más allá  de que también aquí el tema de la construcción de la identidad nacional se definió en un escenario plural y controversial, es asimismo cierto que la peripecia del viejo "partido del Estado" (tal vez por esa misma naturaleza) supo expresar y consolidar en el “largo 900” uruguayo dinámicas sociales y representaciones colectivas que adquirieron con el tiempo un fuerte arraigo en la sociedad, trascendiendo incluso las fronteras partidarias. A esto se han referido muchos analistas al hablar de cierta "batllistización" del conjunto de la sociedad uruguaya.

Más allá  de compartir o no esa percepción, resulta bastante indiscutible que los períodos de gobierno con hegemonía -aún relativa- del batllismo influyeron fuertemente en esa dirección. Adviértase, por ejemplo, la fuerte asociación simbólica entre la implantación del espíritu cosmopolita -tal vez más eurocéntrico que cosmopolita stricto sensu- y los períodos de auge de la trayectoria reformista del primer batllismo. Se trataba sin duda de todo un universo de referencias hondamente sentido por un fuerte sector de la sociedad uruguaya de la época, con su ciudadanía de vocación "foránea", abierta a las influencias culturales extranjeras. Constituía un tópico, además, fácilmente asimilable a aquellla experiencia reformista y republicana, que si no había creado -ni muchos menos- al "país aluvional", tal vez lo había sabido traducir como ningún otro movimiento político anterior en la historia uruguaya. Quizás una de las encarnaciones más vivas de esa asociación simbólica haya sido el establecimiento (por ley de octubre de 1919, impulsada por los legisladores batllistas) de un tercio del total de los días feriados oficiales directamente vinculados con la conmemoración de acontecimientos de origen extranjero o internacional: 1 de mayo (Día de los Trabajadores), 2 de mayo (Día de España), 25 de mayo (Día de América), 4 de julio (Día de la Democracia), 14 de julio (Día de la Humanidad, 20 de setiembre (Día de Italia). 37

Ese intento batllista y colorado de construcción de una nacionalidad a través de "la identificación del país con ideales que lo trascendían" 38 también aparece reflejado en otra larga serie de manifestaciones y escenarios típicos de la época: a) la escuela pública, donde desde el nombre de los institutos hasta los programas de enseñanza remitían a esa manera de concebir la nación 39; b) la identificación del Uruguay con otros países del mundo (Suiza, Francia, Dinamarca, Nueva Zelanda, etc.), lo que trasuntaba el deseo inocultable de ser una "isla" tan excepcional como ajena dentro de América Latina; c) la honda dramatización en la vivencia de los acontecimientos de la escena mundial; d) la propia modalidad de acción política del batllismo, con un Batlle y Ordoñez iniciando sus discursos con la apelación deliberadamente amplia a los "uruguayos todos, vengan de donde vengan" o a través de las convenciones del legendario Teatro "Royal", en donde muchas veces se cantaba el himno a Garibaldi o la Marsellesa y no se hacía lo mismo con el himno nacional.

Sin embargo, tampoco este acendrado cosmopolitismo batllista desdibujó la marca diferenciadora respecto a la alteridad argentina. En algún sentido la profundizó. Aquel constructo uruguayo que invocaba en forma tan reiterada el universalismo no bajaba la guardia en relación a cierta terquedad en la “necesidad” de diferenciarse del “otro” más cercano y parecido, por ello mismo más peligroso y temido. José Vasconcelos, por ejemplo, al llegar al Uruguay en su aventura americana recogida en su obra “La raza cósmica”, no vaciló en manifestar su desencanto sobre la realidad uruguaya de 1920, anotando la lejanía de aquel país mayoritariamente eurocéntrico y “pronorteamericano” respecto de América Latina en general y de Argentina en particular. En efecto, en los capítulos dedicados a Uruguay insertos en la primera edición de su texto clásico, 40 Vasconcelos no dejó de confesar su decepción y sus críticas, muchas de ellas cimentadas en el fracaso de expectativas desmesuradas y, sobre todo, infundadas, como él mismo se encargó de consignar: “En las discusiones privadas –cuenta en su libro el político e intelectual mexicano- se nos contestaba que la teoría de la raza era falsa y que, en último término, el Uruguay era europeo, no castellano, sino europeo. En efecto, la literatura que allí vimos parece afrancesada; en los negocios priva Inglaterra y en la política internacional Estados Unidos. (...) El Uruguay me desilusionó un poco por la gran ilusión que yo llevaba de él, no porque lo haya encontrado inferior en ningún sentido a otros pueblos nuestros. También sucedió que hubiera querido encontrármelos más argentinos, menos nacionalistas, más preocupados del porvenir unido de la América española. Cierto regionalismo que a mí me pareció advertir, no está de acuerdo con el aliento continental de Rodó, con el genio arrollador de la Ibarburu. (sic) ¿Por qué empeñarse en ser uruguayos, si pueden convertirse en la conciencia de América?”. 41

No cabe duda que Vasconcelos buscaba encontrar un Uruguay que nunca existió. Sólo así podía haberse ilusionado en encontrar a los uruguayos de los dorados años 20 “más argentinos” y latinoamericanos, más proclives a sus ideas de entonces volcadas a lo que dio en llamarse “raza cósmica”.

8. Conflictos y retos de los tiempos más recientes

Pero desde nuestro oficio de historiadores también hemos sido y somos interpelados por los avatares de los vínculos y conflictos más recientes entre los Estados nacionales en el Río de la Plata. Lo que ha ocurrido y lamentablemente todavía ocurre en los vínculos entre uruguayos y argentinos, en relación a un trámite problemático de una agenda de contenciosos entre los respectivos Estados y sociedades, constituye un ejemplo significativo sobre esta ardua tarea de discernimientos a que nos hemos venido refiriendo en clave histórica. Y cabe advertir que este problema no es solo de los gobiernos o de los Estados sino que involucra a esas identidades y alteridades que habitan en ese fondo cultural más profundo de las sociedades. Hace un año, en el semanario “Búsqueda” de Uruguay, se publicó una encuesta en la que en forma abrumadora un porcentaje muy mayoritario de los encuestados (61%) manifestaba que la Argentina “era el país menos amigo de Uruguay”. 42 Más allá de las rivalidades que la historia –la más remota y la más reciente- pueden abonar, son demasiados los lazos que unen a Uruguay con Argentina como para dejar pasar sin más estas circunstancias preocupantes. Las Ciencias Sociales en general y La Historia en particular no pueden ignorar este tipo de situaciones.

Como vimos, una visión objetiva acerca de las relaciones históricas entre Argentina y Uruguay no puede asimilarse de ninguna forma a un proceso lineal de hermandad inmaculada ahora olvidada, sino que recoge una trayectoria cambiante de encuentros y desencuentros. Asumir el legado genuino de esa historia más viva y a menudo contradictoria puede ayudar a quitar dramatismo a los episodios más recientes de conflicto y desavenencias. Reseñar solo la saga de los conflictos (la “lucha de puertos” de origen colonial, la confrontación artiguista contra el centralismo porteño, los diferendos de límites, el entrelazamiento polémico de las identidades políticas de una y otra margen del río, la profundización de las diferencias entre las respectivas culturas políticas en especial a partir de 1930, la frecuente confrontación de visiones en materia de política exterior exacerbada en los momentos decisivos y más caldeados de la escena internacional, la conflictividad expandida en los años del primer peronismo y del batllismo luisista en la segunda posguerra, entre otros), o idealizar en forma desmesurada los múltiples episodios y motivos de cercanía entre ambas sociedades (algunos de los cuales se reseñarán más adelante), no resultan en verdad buenas estrategias para reflexionar con densidad histórica acerca de los conflictos actuales. En cualquier hipótesis, tal vez sea sano quitar dramatismo y suprimir falsos determinismos históricos (de un signo u otro) para hacer primar una perspectiva más racional y sensata a la hora de encarar los diferendos más recientes.

Los relatos de la memoria colectiva y aún los despliegues historiográficos más contemporáneos de ambas márgenes del Río de la Plata no han terminado de hacerse cargo de esa "otra" historia de inscripción más regional. Ni los temas, ni la heurística, ni aun las preguntas respecto del pasado, ensayadas por los historiadores o por parte de otros "constructores" de la memoria colectiva en Argentina y Uruguay, se han ido acompasando con los ritmos pertinentes a las exigencias de esos nuevos contextos que desembocan en la necesidad de abordajes menos “nacionalistas”, tanto en sus objetivos como en sus alcances. Hace ya casi un cuarto de siglo, en un Seminario internacional realizado en Montevideo sobre "Las políticas culturales en el marco de la integración regional del Mercosur", Alberto Methol Ferré focalizaba su reflexión precisamente en este problema: "Los proyectistas tienen una tarea inmensa y múltiple (...). Hay que articular con nitidez el horizonte histórico que nos unifique el futuro con las raíces, e interrogarnos si el imaginario brasileño, el imaginario argentino y el imaginario uruguayo actuales, sirven tal como han sido acuñados. Porque han sido acuñados para estar solos y no juntos. Nuestros imaginarios nacionales han sido hechos para estar solos. La generación que inventó el imaginario fundamental del Uruguay, que fue la de 1875 a 1890 (Zorrilla de San Martín, Acevedo Díaz, Blanes, Varela, Bauzá, Ramírez), fue la que pensó los marcos y mitos esenciales del Uruguay. Hasta hoy sólo somos variaciones sobre esos marcos y mitos del Uruguay solitario. La historia entera está  hecha para que el Uruguay sea el non plus ultra, por lo menos para los uruguayos. Pero hoy esas raíces no nos sirven más, y no sirven más las raíces con que se pensó el imaginario argentino, que es sólo para la gran Argentina, ni tampoco que se nos venga con un Brasil mayor todavía. Política de la cultura implica un replanteo radical de nuestros imaginarios, lo que significa la revisión más honda de nuestra historia. Sin parámetros nítidos no hay políticas culturales. Sin nuevos horizontes, nos desperdiciaremos en múltiples contactos que no lograrán cohesión. Nuevos horizontes imaginarios repensados en común por argentinos, uruguayos, brasileños y paraguayos. Ese es el ámbito en que tendríamos que reflexionar". 43

Se compartan o no estos conceptos, por cierto contundentes y polémicos, en especial para ese “nosotros disciplinario” que también conforman los historiadores, difícilmente se puede negar que allí se perfila un punto insoslayable en la agenda colectiva de los Estados pero también de las sociedades y de las culturas de la región. Más allá de las cautelas y de las exigencias que pueda suscitar la futura trayectoria del Mercosur, aún sin él, la integración con la región, con el mundo y con este "afuera" tan revuelto plantearía a nuestras sociedades dilemas parecidos, tal vez en el mediano plazo más dramáticos. Por cierto que estos son temas eminentemente políticos y ciudadanos, pero los historiadores, desde las reglas de su oficio, pueden contribuir no poco para una mejor tramitación de esta problemática: desde el apego estricto a las reglas del oficio pero también desde la apertura a nuevas miradas más atentas a la dimensión regional, un conocimiento crítico y renovado acerca de nuestro pasado en esa clave puede constituirse en un insumo especialmente útil a la hora de repensar a nuestros países de cara a la región y al mundo.

Desde siempre hemos sabido que construir una identidad es a la vez "diferenciarse" y "parecerse". También que toda identidad depende de su alteridad, que todo "nosotros" se califica antes que nada en cómo concibe y se relaciona con sus "otros". En la antítesis de las viejas lógicas esencialistas, como ya se ha anotado, en la academia del mundo avanza hoy un fuerte consenso en la interpretación de las identidades colectivas en tanto "constructos" siempre inacabados y "motores relacionales", en los que se recombinan referentes muy variados, que van desde la remisión a lo local hasta los factores de las culturas posnacionales. En todos estos procesos de significación, mucho más cuando se está dentro mismo de un proceso de integración, la relación entre los "nosotros" y los "otros" pasa a constituir un tema tan central como insoslayable. Toda política cultural con orientación integracionista tiene allí un asunto relevante.

En ese plano de las identidades y las alteridades, de las lógicas especulares (más allá de asimetrías) entre Uruguay y Argentina, una vez más no hay nada más persuasivo que hablar de lo concreto. Pese a sus diferencias de escala, por motivos de realismo básico que complementan todo lo que se quiera decir sobre la fuerza de sus lazos recíprocos, Argentina y Uruguay se necesitan mutuamente. Su ya prolongado conflicto no sólo los afecta a ellos sino que impacta negativamente y mucho la evolución del MERCOSUR todo. Le quita credibilidad, afirma los escepticismos (interesados o no) sobre su suerte futura. Y precisamente, en la actualidad de la región, estos diferendos entre Argentina y Uruguay configura un laboratorio paradigmático de hasta qué punto existe una conexión básica entre los ámbitos de la cultura, el desarrollo y la política.

El “espejo argentino”, esa alteridad real y también inventada para cimentar la identidad uruguaya (que no uruguayista), puede hoy también, más allá de las rencillas de aldea que hemos presenciado tan alarmados como perplejos en los últimos años, devolver al Uruguay (y lo mismo puede ocurrir en clave inversa) su mejor versión, algunas pistas centrales para encontrar un futuro mejor. Con seguridad este será compartido (aunque el muy mal momento actual del MERCOSUR no sea la mejor coyuntura para invocarlo) y por cierto poco tendrá que ver con la tozuda voluntad isleña de los “uruguayistas” (con su viejo sueño de la “Suiza de América”) o con el retorno imposible del mito conservador del “pasado de oro”.

Como se ha reseñado, la identidad nacionalista uruguaya siempre ha elegido para afirmarse la alteridad “argentinista” y sobre todo la “porteña”. Como se ha visto, toda la historiografía nacionalista uruguaya es “antiporteñista” (desde la “lucha de puertos” de la Colonia hasta mucho después de Artigas y su brega contra el centralismo avasallador de la metrópoli, con la famosa “Doctrina Zeballos” que hacía del Uruguay un país “con fronteras secas”, los enfrentamientos con el peronismo en los cuarenta o los cincuenta o los distanciamientos más actuales a propósito de las plantas de celulosa a orillas del Río Uruguay). Pero, contra los agoreros, interesados o no, también estos últimos diferendos con seguridad encontrarán, más temprano que tarde, una justa solución. La condición de “rioplatenses” casi nos condena a ello. Como se ha señalado y como han enseñado Angel Rosemblat y José Carlos Chiaramonte, la palabra “argentino”, como todas las palabras, como las voces “oriental” o “uruguayo”, también tiene su historia, compleja y a menudo sorprendente. Como se ha observado, en ciertos momentos de la historia “argentino” quería decir fundamentalmente “rioplatense”. Por eso fue que Juan Antonio Lavalleja, en su proclama de la Agraciada del 19 de abril de 1825, dirigió su arenga a los “argentinos orientales”, para escándalo de los historiadores uruguayistas posteriores, que luego lo “corrigieron” en los manuales escolares suprimiendo el primer vocablo. Por eso cuando desde la “banda oriental” desde la Historia se refiere al “espejo argentino”, en más de un sentido puede hablarse con rigor del Río de la Plata, que no debe traducirse en forma anacrónica como la Argentina de hoy y mucho menos si se vuelve –como a menudo se amaga volver- al error del argentinismo, dándole las espaldas a la región.

La común condición de rioplatenses ha estado presente en muchos de los mejores y más sólidos puentes que han unido a nuestros pueblos. Fue por ejemplo aquel que el visionario Francisco Piria imaginara en el 900 para unir Montevideo con Punta Lara, en donde aun hoy se conserva abandonado su viejo Palacio, en un barrio que se llama “Piriápolis”, sin que los lugareños sepan siquiera por qué. 44 Fue el descubrimiento de ese “Leonardo uruguayo” que fue Pedro Figari, cuya primera consagración como pintor se produjo luego de su pasaje a Buenos Aires en 1921 y su integración posterior al grupo Martín Fierro. Sobre él dijo nada menos que Jorge Luis Borges, al prologar una de sus exposiciones en setiembre de 1928: “Figari pinta la memoria “argentina”. Digo “argentina” y esa designación no es un olvido anexionista del Uruguay, sino una irreprochable mención del Río de la Plata que, a diferencia del metafórico de la muerte, conoce dos orillas: tan “argentina” la una como la otra, tan preferidas por mi esperanza las dos.” 45 Y lo decía Borges, que se creía oriental por haber sido concebido por sus padres en una estancia de la “Banda Oriental” (como siempre llamó al Uruguay). Fue el puente de Juan Carlos Onetti y su ciudad imaginaria de Santa María (“75% Montevideo y 25% Buenos Aires” según él mismo consignara). Fue también Quijano y su legendaria “Marcha”, inspiración y vocación para tantos de un lado y otro del “río mar”, desde su emblema rebelde de “Navigare necesse, vivere non necesse”. Fue más recientemente la hermandad de los exilios y del miedo, de la lucha contra el terrorismo de Estado articulado regionalmente en el Plan Cóndor. Fue y es el legado imperecedero de la memoria de nuestros detenidos desaparecidos que siguen clamando verdad y justicia, de los rostros torturados hasta la muerte de Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, Rosario Robledo, William Whitelaw y del desaparecido Manuel Liberoff en mayo de 1976 o de los restos todavía no hallados de María Claudia García Irureta Goyena de Gelman, que nos gritan desde territorio oriental y desde la demanda nunca más justa de su hija Macarena y de todos nuestros muertos, que la barbarie no admitió ni respetó fronteras. Fue el retorno simbólico de Wilson Ferreira Aldunate el 16 de junio de 1984, desde ese Buenos Aires que fue sede de su primer exilio y donde encontró amigos que le permitieron salvar la vida en tiempos de asesinos. Fueron Florencio Sánchez, Horacio Quiroga, Carlos Gardel (eso sí, oriundo de Tacuarembó), Alfredo Zitarrosa (al que para elogiarlo y a la vez provocarlo, su amigo y guitarrista Alejandro del Prado lo “acusara” de “argentino”, en su entrañable canción homenaje titulada “Zitarroseando”). 46 Son Severino Varela, Walter Gómez, son China Zorrilla, Thelma Biral, Víctor Hugo Morales (aunque hoy resulte polémica su mención), Menchi Sabat, el príncipe Francéscoli, Enrique Estrázulas, Jaime Ross, Rubén Rada, Leo Masliah, Jorge Drexler, Natalia Oreiro y tantos, tantos otros. Hasta Osvaldo Laport, declarado hace unos años en una encuesta de Clarín como “el argentino más sexy”

Y por cierto que la historia es de ida y vuelta y es una lástima que no dé el espacio para contarla con mayor detalle. Hace unos años, en la revista TodaVía de la Fundación Osde, se publicó un texto que puede calificarse sin duda como uno de los mayores elogios que Montevideo y el Uruguay hayan recibido. Era un artículo de autoría de Graciela Silvestri y se titulaba “¿Por qué los porteños soñamos con Montevideo? La ciudad uruguaya, un lugar para lo público.” 47 En él podrían rastrearse esas pistas anunciadas por el “espejo argentino”, que tanto podrían incitar a los uruguayos a terminar con la modorra y su autocomplacencia y salir con urgencia a construir una sociedad mejor, menos provinciana. Y por cierto que ello no sería para el “Uruguay ensimismado” y receloso contra sus “amenazantes” vecinos, sino para un nosotros que al tiempo que reencontrara sus “razones para andar juntos”, las proyectara también “para andar con otros”, para ser finalmente región, Río de la Plata. Y por supuesto que esta invocación (que más de uno podrá juzgar voluntarista y hasta inoportuna) al desvaído proceso integracionista es deliberada, mira más lejos que la coyuntura de hoy y lo hace sin ingenuidad, sin “patriagrandismo” retórico, con todo el realismo y las exigencias que exigen los actuales contextos.

Por ello también desde el oficio de los historiadores se impone blasfemar contra las locuras del peor nacionalismo xenófobo que hemos visto emerger en los dos países en estos últimos años, algunas provenientes –valga la reiteración- de los lugares más imprevistos. Y por cierto que ese repudio no debe ser visto como cortina para invisibilizar los conflictos genuinos y legítimos, o como simple retórica para “amortiguar” la gravedad de la coyuntura por la que atraviesa el proceso integracionista. Bien lejos de ello, de lo que se trata es de recordar una y otra vez que el éxito de un proceso de integración radica antes que nada en cómo se construyen identidades y alteridades, en cómo se articulan la política con la cultura, en las “políticas de la cultura”. Por allí se perfila más de un desafío que los historiadores, sin renunciar a ninguna de las exigencias de rigor que impone la disciplina, no pueden dejar de responder también desde el oficio, no sólo como ciudadanos, que también lo son. Como han escrito Luciano Alvarez y Chirsta Huber pensando en Montevideo y Buenos Aires pero ampliando la idea a ambos países y a la cuenca rioplatense toda: “… en fin, como buenos rivales y hermanos, ambas ciudades cruzan sus amores, sus celos, sus filias, sus fobias. (…) Otredades y cercanías, diferencias forzadas para construir rivalidades necesarias, imaginarios compartidos: barrios, sensibilidad y sensiblería; nostalgia de pasados mejores, tango, más porteño que montevideano; murga y candombe perdidos en el pasado porteño que hoy se refuerzan en recuperar de la mano del éxito de Jaime Ross y Rubén Rada. Montevideo y Buenos Aires en sus otredades y cercanías crean y viven, parafraseando a Borges, “un turbio pasado irreal que de algún modo es cierto” y “evocan una región/ en que el Ayer pudiera/ ser el Hoy, el Aun y el Todavía…” 48

 
Notas

1 Como ha señalado en varios de sus trabajos sobre cultura en el MERCOSUR el gran intelectual paraguayo Ticio Escobar, en el idioma guaraní existen dos vocablos que refieren el concepto de nosotros: “oré” que tiene connotaciones excluyentes y que significaría “nosotros contra los otros”, y “ñandé”, que contiene una significación incluyente y que proyectaría el concepto de “nosotros con los otros”. En forma obvia, con Ticio Escobar aspiramos a la construcción de una “cultura Mercosur” con significación “ñandé”.

2 Sobre estos temas existe una amplísima bibliografía teórica, tanto clásica como reciente. Los límites de este artículo inhiben su simple registro.

3 Eduardo J. Couture, “La comarca y el mundo.” Montevideo, 1953.

4 Cfr. Carlos Real de Azúa, “Los orígenes de la nacionalidad uruguaya”. Montevideo, Instituto Nacional del Libro-ARCA-Nuevo Mundo, 1990. (Se trata de la publicación póstuma de uno de los cuatro libros inéditos que dejó antes de morir en 1977. Fue elaborado con seguridad hacia 1975, en respuesta simbólica –la dictadura lo cesó en sus cargos docentes y sus textos no podían publicarse- al sesquicentenario de los acontecimientos de 1825, que el régimen conmemoró como el “Año de la Orientalidad”.)

5 El autor ha trabajado en forma extensa este tema en algunos de sus trabajos. Al respecto cfr. por ejemplo “Nacionalismos y ciudadanía en el Uruguay del siglo XX. Balances para un prospecto”, en Varios Autores, “Debates de Mayo. Tomo II. Convivencia y Buen gobierno”. Buenos Aires, Edhasa, 2006; o La república batllista”. Montevideo, Banda Oriental, 2011, 328 pp.; entre otros.

6 Sobre este tema, véase muy especialmente Luis Alberto Moniz Bandeira, “La formación de los Estados en la Cuenca del Plata. Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay”. Buenos Aires, Editorial Norma, 2006.

7 Luis Dallanegra Pedraza, “Situación energética argentina y la Cuenca del Plata”, en Luis Dallanegra Pedraza (Coord. y Comp.), “Los países del Atlántico Sur: geopolítica de la Cuenca del Plata”. Buenos Aires, Pleamar, 1983, p. 20.

8 Bernardo Quagliotti de Bellis, “Uruguay en la Cuenca del Plata”, en Dallanegra Pedraza, “Los países del Atlántico Sur. ... etc. Ob. Cit. p. 175.

9 La cita está tomada de ibidem, p. 179.

10 Luis Dallanegra Pedraza, “Situación energética argentina y la Cuenca del Plata”, en Luis Dallanegra Pedraza (Coord. y Comp.), “Los países del Atlántico Sur... etc. Ob. Cit. p. 9.

11 Para un estudio exhaustivo y profundo de la significación del conflicto en la historia de la región, cfr. J Calatayud Bosch, “Los conflictos entre los pueblos de la Cuenca y el proceso formativo de los Estados”. Montevideo, Ediciones Liga Federal, 2001.

12 Sobre este particular y para conocer la postura del autor sobre algunos de estos temas, cfr. “MERCOSUR 20 años”. Montevideo, CEFIR, 2011, 390 pp. (Coordinador de esta publicación colectiva y autor del texto “Breve historia del MERCOSUR en sus 20 años. Coyunturas e instituciones (1991-2011)”, pp. 21 a 71).

13 Los problemas y el estancamiento del Mercosur, así como el agravamiento de sus diferendos con Argentina, han llevado a que en el Uruguay haya reaparecido con fuerza en varias tiendas la opinión de buscar un “desamarre” con la región y un vínculo más directo con los grandes mercados de las potencias internacionales. El reciente ciclo electoral 2014-2015 ha registrado el arraigo de esa postura en todos los partidos actualmente opositores (blancos, colorados e independientes), así como en una porción del propio Frente Amplio, en el gobierno desde el 2005.

14 En más de una oportunidad y como expresión de toda una visión sobre la historia rioplatense, el expresidente Mujica ha señalado: “Uruguay y Argentina no sólo son hermanos. Son gemelos. Nacieron de una misma placenta…”

15 Una visión reciente sobre este mismo tema puede registrarse en José Rilla (coord.), Oscar Brando, Gabriel Quirici, “Nosotros que nos queremos tanto. Voces de una hermandad accidentada”. Montevideo, Sudamericana, 2013.

16 Cfr. entre otros José Carlos Chiaramonte, “El mito de los orígenes en la historiografía latinoamericana”. B. Aires, IHA yA Ravignani, 1991; José P. Barrán, Ana Frega, Mónica Nicoliello, “El cónsul británico en Montevideo y la independencia del Uruguay. Selección de los informes de Thomas Samuel Hood (1824-1829)”. Montevideo, UDELAR, 1999.

17 Juan E. Pivel Devoto, (Prologuista y compilador), “La independencia nacional”, Montevideo, Biblioteca Artigas, 1975, pp. VII-XLIII. (Colección Clásicos Uruguayos”, Vol. 145).

18 Alberto Methol Ferré, “El Uruguay como problema”. Montevideo, EBO, 1971, pp. 2 y 19.

19 Esta indefinición radical del problema y de la controversia consiguiente en torno a los "orígenes" del país tal vez encontró su máxima expresión en ocasión de los debates del Centenario, durante la década de los 20 del presente siglo. Ante la "disyuntiva" planteada por la cercanía de los festejos y ante la "necesidad" de dirimir la "cuestión de la fecha de la independencia" (que involucraba otros problemas y presuponía una pugna de posiciones fuertemente impregnadas por lo político-partidario), no se encontró mejor opción que llevar el pleito al seno del Parlamento, transformando a este en un peculiar "tribunal de alzada" historiográfico. Fue así que en 1923 se debatieron en ambas cámaras sendos proyectos, oponiéndose las alternativas del 25 de agosto y del 18 de julio (fecha de la jura de la primera Constitución de 1830). El resultado final de todo este episodio parlamentario se tradujo en un desenlace muy "típicamente uruguayo" (permítasenos aquí la incongruencia con algunas consideraciones vertidas anteriormente): en Representantes triunfó el proyecto que defendía la propuesta “blanca” del 25 de agosto, mientras que en el Senado con mayoría colorada se aprobó el que establecía la alternativa del 18 de julio, preferida por los colorados y en especial por los batllistas. La Asamblea General nunca se reunió para tratar el punto y así se sucedieron ambos "Centenarios" sin ninguna ley consagratoria en uno y otro sentido. Los mayores festejos correspondieron a las celebraciones en torno al 18 de julio, pero ello, mucho más que de un "plebiscito popular" tácito, derivó de la eficacia de los "dispositivos colorados" que apuntaron (desde el Estado, además) con todas sus fuerzas en esa dirección. Sobre la coyuntura de 1975 y el llamado “Año de la orientalidad”, cfr. Isabela Cosse-Vania Markarián, “1975: año de la orientalidad. Identidad, memoria e historia en una dictadura”. Montevideo, Trilce. 1996.

20 Al respecto de algunos de las polémicas contemporáneas sobre la conmemoración de los bicentenarios (en plural) en el país, cfr. Gerardo Caetano-Ana Ribeiro, “Contextos y conceptos en torno a las Instrucciones del año XIII”, en Caetano-Ribeiro (coord.), “Las Instrucciones del año XIII. 200 años después”. Montevideo, Planeta, 2013, pp. 3 a 51.

21 Hobsbawm, “Naciones y nacionalismos desde 1780”. Barcelona, Crítica, 1992, p. 18.

22 Francisco Bauzá, “Historia de la Dominación Española en el Uruguay”. 3ª edición. Tomos 1º y 2º. Montevideo, “El Demócrata”, 1929, pp. 494 y 495.

23 Juan Zorrilla de San Martín, “Conferencias y discursos”. Montevideo, Barreiro y Ramos, 1905, pp. 286 a 288.

24 Juan Manuel Blanes, “Memoria sobre el cuadro de los Treinta y Tres Orientales”, (Tesis presentada por el autor a la Sociedad Ciencias y Artes de Montevideo en 1878)”. Cita tomada Gabriel Peluffo, Historia de la Pintura Uruguaya Tomo I. El imaginario nacional – regional (1830-1930”. Montevideo, Banda Oriental, 1999, p.20.

25 Eduardo Acevedo Díaz, “La novela histórica”, en “El Nacional”, 29 de setiembre de 1895. Cita tomada de “Capítulo Oriental Nº 6. La historia de la literatura uruguaya. Acevedo Díaz y los orígenes de la narrativa”. Montevideo, Centro Editor de América Latina, 1968, p. 85.

26 Angel Floro Costa, “Nirvana. Estudios sociales, políticos y económicos sobre la República Oriental del Uruguay”. Montevideo, Dornaleche y Reyes Editores, 1899, pp. 408, 410, 412 y 413.

27 Cfr. al respecto los varios estudios que trazan los vínculos originarios entre las voces “porteño”, “bonaerense” o “habitante de Buenos Aires”, y “argentino”. En este sentido, cabe destacar como ejemplo el ya clásico libro de Angel Rosemblat, “El nombre de la Argentina”. Buenos Aires, Eudeba, 1964, o el mucho más reciente libro de José Carlos Chiaramonte, “Usos políticos de la historia. Lenguaje de clases y revisionismo histórico”. Buenos Aires, Sudamericana, 2013.

28 Sobre el particular cfr. Gerardo Caetano (Coord.), "Los uruguayos del Centenario. Ciudadanía, nación, religión, educación". Mont. Taurus, 2000.

29 El Dr. Luis Alberto de Herrera (1873-1959) refirió este concepto al titular de esa forma una de sus obras doctrinarias más influyentes. Cfr. Luis Alberto de Herrera, “El Uruguay internacional”. París, Bernard Grasset, Êditeur, 1912.

30 Cfr. Francisco Panizza-Carlos Muñoz, “Partidos políticos y modernización del Estado”, en (Varios autores), Los partidos políticos de cara al 90. Montevideo, FCU-FESUR-ICP, 1989, pp. 117 y ss.

31 Cita tomada de Héctor Gros Espiell, “Uruguay: el equilibrio en las relaciones internacionales”. Montevideo, Instituto Manuel Oribe-Ediciones de la Banda Oriental, 1995, pp. 56 y ss.

32 “Discurso inaugural de Alejandro Magariños Cervantes a su Curso de Derecho de Gentes en 1865”. “Revista Nacional”, Nº 57, julio de 1938, pp. 123 y ss.

33 El “nacionalismo independiente”, fuertemente enfrentado con el herrerismo por varios temas, muchas veces estuvo más cerca del batllismo en los temas de política internacional. La llamada “Doctrina Rodríguez Larreta” configura un ejemplo paradigmático al respecto.

34 Enrique Iglesias, “La Cancillería y el perfil internacional de la República”, en “Política Exterior del Uruguay. Marzo de 1985-abril de 1986. Discursos pronunciados por el señor Ministro de Relaciones Exteriores Dn. Enrique V. Iglesias”. Montevideo, MRREE-IASE, 1986.

35 Sobre este tema, cfr. Roberto Porzecanski, “No voy en tren. Uruguay y las perspectivas de un TLC con Estados Unidos. (2000-2010)” Montevideo, Sudamericana Debate, 2010, 262 pp.

36 Acerca de la confrontación también dialéctica y complementaria de las visiones de la nación de blancos y colorados, cfr. Caetano, “La República batllista… etc. ob. cit.

37 Cfr. Celedonio Nin y Silva, “La república del Uruguay en su primer centenario (1830-1930)”. Montevideo, Sureda, 1930, p. 28.

38 Cfr. Barrán-Nahum, “Batlle, los estancieros y el Imperio Británico. Tomo 6. Crisis y radicalización”. Montevideo, EBO, 1985, p. 231

39 Cfr. Esther Ruiz, “Escuela y dictadura. La Enseñanza Primaria durante el terrismo (1933-1938)”, en (Varios) “El Uruguay de los años treinta. Enfoques y problemas.” Montevideo, EBO, 1994.

40 En varias ediciones siguientes de este libro clásico de Vasconcelos, a propósito de las fuertes polémicas generadas por las opiniones del político e intelectual mexicano en su libro, se omitieron los capítulos dedicados a Uruguay. Sobre este tema cfr. “José Vasconcelos y su paso por el Uruguay de los años 20”, en Secuencia. Revista de Historia y Ciencias Sociales, Nº 80, México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, mayo-agosto 2011, pp. 111 a 130.

41 Cfr. José Vasconcelos, “Raza cósmica”, pp. 141 y ss. Para registrar una muy interesante comparación entre la visión de José Vasconcelos y la de Joaquín Torres García, desde su perspectiva del “universalismo constructivo”, véase A. Methol Ferré, “Dos odiseas americanas” en Carlos Real de Azúa, “Antología del Ensayo Uruguayo Contemporáneo”. Tomo II. Montevideo, UDELAR, 1964, pp. 637 y ss.

42 Cfr. “Búsqueda”, Montevideo, 30 de abril de 2014, p. 52.

43 Cfr. Hugo Achugar (coordinador), “Cultura MERCOSUR. Políticas e industrias culturales”. Montevideo, Fesur-Logos, 1991, pp. 41 y ss.

44 Gustavo Vallejo, “Utopías Cisplatinas. Francisco Piria, cultura urbana e integración rioplatense”. La Plata, Las Cuarenta, 2009.

45 Cfr. Jorge Luis Borges. Figari”. Editorial Alfa, Buenos Aires 1930.

46 Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=4yENcnodzT4.

47 Graciela Silvestri, “Por qué los porteños soñamos con Montevideo. La ciudad uruguaya, un lugar para lo público”, en TodaVía. Pensamiento y cultura en América Latina. Nº 9. Ciudades. Buenos Aires, OSDE, diciembre 2004, pp. 16 y ss.

48 Luciano Álvarez-Christa Huber, “Montevideo imaginado”. Montevideo, Taurus, 2004.

 

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