Sociohistórica, núm. 55, e255, marzo-agosto 2025. ISSN 1852-1606
Universidad Nacional de La Plata
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
IdIHCS (UNLP-CONICET). Centro de Investigaciones Socio Históricas

Artículos

Erigiendo una causa nacional a partir de un reclamo desconocido. Malvinas durante el período de entreguerras

José Benclowicz
Instituto de Investigaciones en Diversidad Cultural y Procesos de Cambio, CONICET - Universidad Nacional de Rio Negro, Argentina
Cita sugerida: Benclowicz, J. (2025). Erigiendo una causa nacional a partir de un reclamo desconocido. Malvinas durante el período de entreguerras. Sociohistórica, (55), e255. https://doi.org/10.24215/18521606e255

Resumen: En este trabajo analizamos la génesis de la construcción de la causa Malvinas, que ubicamos en el período de entreguerras. Para eso, sumamos al análisis de fuentes ya clásicas otras subutilizadas o ignoradas hasta el momento. Hasta mediados de los años 20, la reivindicación de soberanía sobre las Islas era desconocida para la mayor parte de la población y no formaba parte del sentido común institucional. La causa se fue desarrollando lentamente desde mediados de la década de 1920 y hacia 1934 tuvo un momento de eclosión. En ese contexto, caracterizado por el cuestionamiento del vínculo con Gran Bretaña y el fuerte despliegue de los discursos nacionalistas y antiimperialistas, distintos sectores políticos confluyeron y a la vez se diferenciaron a propósito de Malvinas, al tiempo que contribuían a su difusión. Sin embargo, no todos los actores consideraban que debía ocupar un lugar relevante y no faltaron quienes denunciaron la utilización de la causa para distraer la atención de los problemas que consideraban centrales. La causa Malvinas perdió parte de su impulso a medida que se aproximaba la Segunda Guerra Mundial, pero en el período analizado se sentaron las bases de su configuración como símbolo nacional de primer orden.

Palabras clave: Malvinas, Período de entreguerras, Reclamo desconocido, Construcción de la causa, Nacionalismo, Antiimperialismo.

Building a national cause from an unknown claim. Malvinas during the interwar period

Abstract: In this paper, we analyse the genesis of the construction of the Malvinas cause, which we place in the interwar period. For this, we add to the analysis of already classic sources other underused or ignored documents until now. Until the mid-1920s, the claim of sovereignty over the Islands was unknown to most of the population and was not part of institutional common sense. The cause developed slowly from the mid-1920s, and around 1934, it came to fruition. In this context, characterised by the questioning of the link with Great Britain and the robust deployment of nationalist and anti-imperialist discourses, different political sectors converged and, at the same time, differentiated themselves regarding the Malvinas while they contributed to its dissemination. However, not all actors considered that it should occupy a relevant place and there were many who denounced the use of the cause to distract attention from the problems they considered central. The Malvinas cause lost part of its momentum as the Second World War approached, but in the analysed period, the foundations were laid for its configuration as a central national symbol.

Keywords: Malvinas, Interwar Period, Unknown Claim, Construction of the Cause, Political Confluences, Divergences.

Introducción

Aunque choque contra una idea instalada que retrotrae la consustanciación del pueblo argentino con la causa Malvinas al momento mismo de su ocupación por parte de Gran Bretaña en 1833, lo cierto es que la reivindicación de la soberanía sobre las Islas no formó parte del sentido común institucional y mucho menos del popular hasta por lo menos un siglo después de ese hecho. ¿Cómo se pasó de esa situación inicial, en la que la cuestión Malvinas era mayormente ignorada por la sociedad, a la construcción de una representación tan potente que no sólo llegó a circular por todos los rincones del país sino que generó una identificación con la causa de tal magnitud que llevó a la mayor parte de los argentinos a apoyar el conflicto bélico emprendido por la última dictadura contra Gran Bretaña? Para contribuir a responder a este interrogante, el presente trabajo se centra en el período de entreguerras, a lo largo del cual empezó a tomar forma la que es hasta hoy la causa nacional argentina por excelencia.

Antes que nada, conviene recordar que más allá de las pretensiones que se desprenden de las efemérides oficiales, estamos hablando de una sociedad y de un estado-nación que se conformó durante la segunda mitad del siglo XIX. El temor de las elites a la heterogeneidad cultural en el contexto de la inmigración masiva activó desde finales del siglo XIX un conjunto de dispositivos tendientes a reforzar los símbolos y a establecer un relato histórico de carácter heroico de la nación, que pudiera funcionar como fuente de identificación (Bertoni, 1992). En particular, era el territorio lo único que parecía unificar a una población por lo demás diversa, de ahí que este asumiera tempranamente un lugar central en esos discursos. En este sentido, distintos autores destacaron el carácter fuertemente territorialista que fue asumiendo la identidad nacional argentina (Escude, 1988 y 1990; Bohoslavsky, 2006; Palermo, 2007). Dentro de esta perspectiva, el “mito del Virreinato” (Escudé, 1988; Cavaleri, 2004; Romero, 2004) que postula a la Argentina como legítima heredera de las tierras del Virreinato del Río de la Plata, operó instalando a través de distintos canales, entre los cuales la escuela ocupó un lugar central, la idea de la pérdida territorial. En función de ésta, el país habría sido despojado de múltiples territorios; si bien esto dio forma a un territorialismo en principio victimista y defensivo antes que agresivo, la necesidad de recuperación de lo perdido constituyó una perspectiva latente (Palermo, 2007).

Ahora bien: como ha señalado Terán (2008), para el Centenario de la Revolución de Mayo aún no se había construido la idea de Malvinas como territorio “irredento”, a pesar de las fuertes reacciones nacionalistas que se desplegaban por entonces al calor de la protesta obrera. Por entonces el proyecto de educación patriótica centrado en la escuela avanzaba de la mano de José Ramos Mejía logrando sistematizar el culto a la nacionalidad e instalando la idea de un destino de grandeza que parecía confirmarse al calor del notable crecimiento económico que experimentaba la Argentina. Coincidentemente, hasta la década de 1930 los reclamos de soberanía por las Malvinas de los distintos gobiernos argentinos no habían trascendido la esfera diplomática ni habían empañado las excelentes relaciones políticas con el Reino Unido, de donde provenía el principal caudal de inversiones y transacciones comerciales del país. La crisis económica mundial puso en cuestión esa alianza estratégica, favoreciendo un cuestionamiento más amplio de las relaciones con Inglaterra, por lo que la cuestión Malvinas contó con una buena oportunidad para desplegarse. El pacto Roca-Runciman en particular, concitó las críticas de actores disímiles que coincidían en cuestionar ese tratado como contrario a los intereses argentinos. Socialistas, nacionalistas de distinto cuño en clave revisionista, liberales y radicales se alistaron por distintos motivos entre los críticos de las relaciones establecidas con el Reino Unido, aunque al contrario de lo que se suele suponer, no todos le otorgaron por entonces a Malvinas un lugar destacado: la causa, es decir la emergencia de una dimensión popular que se agregó al reclamo estatal, se instaló como tal más adelante, aunque en este período dio sus primeros pasos. En este sentido, resulta pertinente reconstruir con mayor detalle de lo que se ha hecho hasta ahora el proceso que se inicia tibiamente durante los años ’20, cuando la relación con Gran Bretaña gozaba de buena salud. Se trata de insertar en la trama histórica lo que se supone existió desde siempre como anhelo nacional, pero que en realidad fue introducido post factum una vez que la causa estaba instalada en la sociedad. Esto contribuirá a pensar no sólo los materiales que intervinieron sino también los obstáculos que debió sortear la construcción de un mito movilizador como el que nos ocupa.

La causa Malvinas cuenta con una dimensión mítica específica a la que se han referido distintos autores. Guber (2000) examinó las circularidades que se presentan en los relatos históricos tradicionales: así como España expulsó oportunamente a Inglaterra, a la ocupación de ésta en 1833 le correspondería una nueva expulsión protagonizada por los herederos del territorio colonial a quienes se les ha asignado un destino manifiesto de grandeza. Relacionado con esto, Palermo (2007) llama la atención acerca del carácter redentor que asumiría la causa Malvinas, que exculparía simbólicamente a los argentinos que no supieron o no pudieron defender en el pasado la integridad territorial heredada de la colonia. En efecto, las Islas van a ser presentadas desde la década de 1920 como “irredentas”, lo que tiende a asociar la recuperación que se postula a una liberación/salvación que sería la de la nación misma. Esto desborda la disputa por un territorio cargándola emocionalmente y, al ofrecerla como tarea central e indeclinable al conjunto de la población, se constituye como causa nacional que disolvería las diferencias políticas interiores en pos de un objetivo superior. Este ofrecimiento se consumó por primera vez con amplitud cuando el senador socialista Alfredo Palacios presentó en 1934 el proyecto de Ley “Para difundir en el pueblo el conocimiento del derecho argentino a la soberanía de las islas Malvinas” (Palacios, 1934) en base a la traducción, publicación y difusión de la obra Les Iles Malovines, de Paul Groussac. Cabe destacar que hasta ese momento no existía ningún libro en castellano que reivindicara los derechos argentinos sobre las Islas, lo cual da cuenta de la inexistencia de la causa como tal.1

El año 1934 resultó clave, ya que en ese momento confluyeron un conjunto de iniciativas relacionadas directa o indirectamente con el tema, que terminaron impulsándolo hacia adelante. La literatura suele destacar, además del proyecto de Palacios, el libro “La Argentina y el Imperialismo británico” de los hermanos Irazusta y a partir del año siguiente, las intervenciones de agrupación Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), por lo que a mediados de la década se delinea un cuadro en el que sectores provenientes del socialismo, del nacionalismo autoritario y del nacionalismo popular coinciden en impulsar la causa. Sin embargo, estas iniciativas no tuvieron el mismo alcance y, por otra parte, se montaron sobre avances que se pueden rastrear hacia finales de la década anterior. Siguieron asimismo un rumbo sinuoso, marcado por distintos factores propios de la coyuntura política nacional e internacional del período de entreguerras que es necesario reponer. En función de lo dicho hasta aquí, e incorporando al análisis fuentes sub utilizadas o ignoradas hasta el momento, organizamos el artículo de la siguiente manera. En el primer apartado mostramos la inexistencia de la causa Malvinas hasta mediados de la década de 1920 e indagamos en torno a distintos antecedentes significativos que aportaron elementos para su posterior construcción. En el segundo, analizamos brevemente los primeros libros que se publicaron en castellano sobre el tema en 1934, año que consideramos como de eclosión de la causa Malvinas; lo hacemos teniendo cuenta los enfrentamientos y debates que se registraban al calor de la crisis económica y política mundial y el avance del nacionalismo. En el tercero exploramos el modo en que evolucionó la cuestión durante el resto de la década, examinando distintos discursos. En el último apartado exponemos las conclusiones del trabajo.

Un reclamo territorial desconocido

Se puede presumir que a fines de febrero de 1919 Inés Willes se encaminó hacia el Departamento Central de Policía de la ciudad de Buenos Aires. Por entonces los recuerdos de la Semana Trágica, cuando esa misma Policía de la Capital y grupos de nacionalistas armados –que conformarían al calor del conflicto la Liga Patriótica– protagonizaron la matanza de obreros más grande que se hubiera registrado hasta ese momento en la Argentina, estaban muy frescos. Poco antes el Departamento Central había estado atestado de detenidos que en muchos casos pasaron sin solución de continuidad del pogrom desatado por los nacionalistas en el cercano barrio de Once a las sesiones de tortura policiales. Las invectivas patrióticas que habían precedido los ataques a la comunidad judía, acusada de maximalista y anti argentina estaban a la orden del día. Pero sobre este asunto Inés no tenía mucho de qué preocuparse. No sólo porque las aguas se habían calmado, sino porque su apellido, de origen británico, operaría en caso de ser necesario como salvoconducto. La persecución y matanza que se había desatado poco antes tenía un componente étnico, social y político específico que no alcanzaba a todos los extranjeros. Por el contrario, los talleres Vasena –donde se inició la huelga que terminó derivando en la Semana Trágica–, contaban con una participación de capitales ingleses significativa que se encontraban lejos del blanco de los nacionalistas. Incluso, el director de la compañía Alfredo Vasena se entrevistó en medio del conflicto con el presidente Hipólito Yrigoyen, acompañado del embajador británico, para reclamar la represión de los huelguistas (Godio, 1986). De modo que se puede suponer que todo esto no tuvo mayor impacto sobre el trámite de Inés, que había venido buscar su cédula de identidad. Si ella esperaba o no que su cédula hiciera referencia a que había nacido en la “Provincia: Islas Malvinas. Nación: Inglaterra” no lo sabemos.

El documento en cuestión, expedido el 21 de febrero por la Policía de la Capital –luego Policía Federal– con el número 264.338, nos ofrece una perspectiva notable acerca de las representaciones de la época sobre Malvinas. Inés Willes de Boe, hija de Jorge, había nacido el 19 de enero de 1871 en las Islas Malvinas, que para 1919 habían sido consideradas de hecho por el organismo estatal encargado de emitir las cédulas de identidad como parte de Inglaterra. La cuestión trascendió –acaso porque la propia señora Willes esperaba obtener documentos argentinos, por algo tramitó la cédula– y generó las rectificaciones del caso, que involucraron intercambios entre el ministro de Relaciones Exteriores de Yrigoyen, Honorio Pueyrredón, y el ministro del Interior Ramón Gómez, a cargo de la Policía. Pero el propio hecho muestra a las claras que la reivindicación de la soberanía sobre las islas no formaba parte del sentido común institucional. El de Inés Willes no era un caso aislado: tiempo después, cuando el tema ya era materia de debate público, el Ministerio del Interior anuló la cédula de otro malvinense, Francis Lewis, ya que figuraba al mismo tiempo en el documento como británico (Lorton, 2011, p. 67). Hasta principios de los años ’30 los discursos que circulaban sobre el tema eran variados y no ocupaban un lugar central. Así, sobre finales de la Primera Guerra Mundial el germanófilo periódico La Unión intentaba asociar una eventual victoria de Alemania a la posibilidad de lograr la soberanía de la Argentina sobre Malvinas (Tato, 2018), una propaganda que no contaba con el mejor marco para desarrollarse habida cuenta del reciente hundimiento de buques mercantes argentinos por parte de submarinos alemanes. También había para la época textos escolares que reivindicaban la soberanía de la Argentina sobre las Islas aunque coexistían con otros que ni abordaban el tema o incluso se referían a la ocupación británica desde 1833 sin mencionar el reclamo argentino (Escudé, 2005)

La inmediata posguerra no modificó ese estado de cosas; entre los propios custodios de la integridad territorial del país no estaba para nada establecida la cuestión Malvinas. Ocho años después del caso Willes, en 1927, la solicitud formulada por Juan Walquer, nacido en las Islas, de enrolarse en el Ejército argentino, causó desconcierto entre oficiales y funcionarios. El jefe de la oficina enroladora de San Julián, donde se presentó Walquer, pidió instrucciones a sus superiores. La cuestión pasó por varias dependencias hasta llegar a las más altas autoridades de los ministerios involucrados. Agustín P. Justo, por entonces al frente de la cartera de Guerra, razonó que en la medida en que el Estado argentino consideraba a las Islas como parte de su territorio, la solicitud debía ser aceptada, y giró el expediente a Ángel Gallardo, ministro de Relaciones Exteriores, quien por su parte consideró necesario consultar al consejero legal oficial sobre el asunto (Palacios, 1934, pp. 150-152).

En paralelo, se desarrollaba un diferendo diplomático iniciado en 1925 a propósito de la instalación de una estación inalámbrica en las Islas Orcadas del Sur, consideradas por Gran Bretaña dependencias de las Falklands. Para 1927, cuando ese incidente alcanzaba un punto álgido, Julius Goebel, un académico norteamericano, publicaba un libro en la línea del de Groussac que insistía acerca de los derechos argentinos sobre Malvinas. Estos hechos contribuyeron a activar la cuestión durante los últimos años de la década del ´20, antes de la presentación de Palacios, quien recopiló la información sobre estos y otros casos para fundamentar la necesidad de difundir la cuestión entre la población. Para esa misma época, seguían circulando mapas y manuales escolares con aprobación oficial en los que se consignaba a las Malvinas como británicas. La atribución de las Islas a la Argentina no fue unánime en los libros de texto argentinos sino a partir de la década de 1940, período en el que también se deja de lado el nombre Falklands, que era utilizado alternativamente al de Malvinas (Escudé, 2005).

Con todo, algo había empezado a cambiar desde los años 20 de la mano de los discursos antiimperialistas que se esparcían por entonces en América Latina en clave antinorteamericana. La creación de la Unión Latinoamericana (ULA) en 1925, encabezada por Alfredo Palacios y vinculada a la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), fue una de las expresiones más acabadas de este movimiento (Pita, 2009). No fue la única: la más moderada Alianza Continental (AC) desprendida de la anterior y la más radicalizada Liga Antiimperialista impulsada por los comunistas (Kersffeld, 2012), contribuyeron a poner en circulación un conjunto de ideas que, en el contexto de la crisis de 1930, asumieron un carácter antibritánico. Pero aún antes de eso, las Malvinas operaron como nexo entre ambos antiimperialismos, ya que la intervención estadounidense favoreció en 1833 la ocupación inglesa de las islas.2

Existen también algunos antecedentes interesantes más específicos previos a la puesta en cuestión más amplia del vínculo con Inglaterra que trajo la crisis mundial. A partir de 1924 ese ícono de la elite liberal que fue el diario La Prensa, empezó a publicar una discreta efeméride en su apartado de “Fechas históricas”, ubicado al final de diario entre avisos fúnebres y palabras cruzadas. Se conmemoraba por partida doble el 10 de junio: ese día se había producido la retirada de Inglaterra de las Islas en 1770 y también en 1829 el gobierno de la provincia de Buenos Aires había creado la Comandancia de Malvinas. El breve texto publicado en 1924 y repetido invariablemente de ahí en más hasta principios de los años ´40 no menciona lo ocurrido cuatro años después, como si la reocupación británica de las Islas no se hubiera producido. En cambio, se recordaba a continuación otra fecha, la del ingreso de la escuadra británica en el contexto de la primera invasión inglesa del 10 de junio de 1806. Ésta, que no es objeto de ninguna condena en el texto, es presentada igualmente como una iniciativa que no contaba con la aprobación del gobierno inglés.3 La continuidad de estos recordatorios ofrece una imagen de cómo Malvinas empezaba a aparecer tímidamente en el horizonte hacia mediados de los años ’20, sin que eso implicara necesariamente la impugnación de la política británica.

Ya con el conflicto diplomático por la estación de radio de fondo, La Prensa publicó en noviembre de 1928 una nota editorial en la que destacaba y retomaba un artículo del influyente diario brasileño Correio da Manhã. Allí se reivindicaban los derechos argentinos sobre Malvinas y se denunciaba “lo injustificable de las actitudes asumidas por Inglaterra y los Estados Unidos”, asi como la impostura que asumió el gobierno de este último país con respecto a la doctrina Monroe. Finalmente, la nota saludaba el mutuo interés de los pueblos americanos especialmente en cuestiones que afectaban a la justicia internacional, agregando que “Así entendemos el panamericanismo y así lo practicamos”.4 Aún con un tono moderado, la editorial de La Prensa apuntaba contra el panamericanismo promovido por los Estados Unidos, lo cual permite vislumbrar la influencia del latinoamericanismo antiimperialista que, construido en oposición al anterior, se sumaba por entonces a los cuestionamientos tradicionales que había mantenido parte importante de la elite liberal a la política norteamericana.5

Por otra parte, en su Congreso de 1927, la Liga Patriótica declaró a las Malvinas “Territorio Federal Argentino”,6 lo cual suponía una novedosa impugnación de Gran Bretaña por parte de esta agrupación. Dos años después, al cumplirse en centenario de la creación de la Comandancia política y militar de Malvinas por parte del gobierno de la provincia de Buenos Aires –y a diez años de la Semana Trágica– la Liga organizó un acto público por Malvinas, posiblemente el primero sobre este tema. Conviene detenerse brevemente en la intervención del orador designado. Lo primero que se destaca es que se desarrolló dentro del canon historiográfico liberal, el mismo de Alfredo Palacios y del socialismo, y opuesto al de las derechas revisionistas cercanas al fascismo que se desplegarían durante los años 30. Esto se hace evidente al abordar la figura de Rosas; asi, tras condenar a quien “organizaba las fuerzas reaccionarias que harían ponerse el sol de Mayo durante veinte años”, reivindicaba a Juan Lavalle y a su ministro Salvador María del Carril, quien redactó el decreto del 10 de junio de 1829 creando la Comandancia de Malvinas.

Un segundo elemento a destacar es la clave honorífica de la reivindicación de soberanía: “el drama de las Malvinas […] ha sido invariablemente, para pueblo y gobierno, una cuestión del más puro honor nacional, y el honor es la última flor que admitimos caer sobre el sepulcro de nuestra estirpe”. Y esto, porque “Aquellos peñascos ocultan el único lugar donde una mano extranjera arrancó de su mástil el pabellón nacional”. La recuperación de las Malvinas se impone por una cuestión de honor nacional, pero se dará sin llevar adelante ninguna acción en particular, por el propio avance de la historia, que se supone en una fase ascendente para América en general y de declive para Europa. A diez años de la Semana Trágica, puede observarse un desplazamiento en las posiciones de esta agrupación insignia del nacionalismo. Sin dejar de ubicarse en el campo oligárquico, ahora se permite una denuncia contra esa potencia estrechamente vinculada a la elite, aunque contrastando con su política hacia el movimiento obrero, no contemple el uso de la fuerza en la disputa con Inglaterra. La amistad entre los dos países quedaría entonces a salvo. Estos elementos –el honor de la patria mancillado, el predecible retroceso del que hoy es poderoso– ya estaban presentes en los textos de José Hernández de 1869. Como veremos más adelante, Palacios habló en un lenguaje similar, aunque sin descartar el uso de la fuerza en el futuro.

El aniversario de la creación de la Comandancia de Malvinas de 1929 llegaba, pues, con las tintas más cargadas que lo habitual y no dejó de tener su repercusión. La Prensa publicó una extensa nota en la que destacó la numerosa concurrencia que habría asistido al acto de la Liga Patriótica, reprodujo ampliamente el discurso pronunciado y anunció la constitución de una comisión juvenil integrada por estudiantes secundarios y universitarios para difundir la causa Malvinas, editar un folleto sobre el tema, organizar un acto público en el salón de actos del diario, previo a la realización de un “gran acto público de protesta” en la ciudad de Buenos Aires.7 Periódicos del interior del país, como El Orden, de Santa Fe –que se había hecho eco previamente de la publicación del libro de Goebel de 1927–, también publicaron notas e ilustraciones sobre el tema, llamando a “insistir en todos los puntos del país en fechas como estas, sobre la realidad de los títulos que poseemos sobre las islas”.8 Al mismo tiempo, otras cuestiones muchísimo más visibles por entonces, como la campaña por la nacionalización del petróleo impulsada por entonces por el gobierno de Hipólito Yrigoyen, contribuían a poner en cuestión el accionar de las potencias extranjeras. La crisis del 30 se desató en ese escenario.

El deterioro del vínculo con Gran Bretaña y la eclosión de la causa

A los antecedentes que identificamos en la década de 1920, vino a agregarse el conocido hecho de que el vínculo con Gran Bretaña quedó gravemente herido por la crisis mundial, obligando a reformular el modelo económico vigente hasta entonces. Esto último favoreció el avance del nacionalismo como ideología, que a lo largo de la década permeó al conjunto de la sociedad argentina (Cataruzza, 2016). Este despliegue del nacionalismo constituyó el telón de fondo de una eclosión de un conjunto de discursos sobre Malvinas, lo cual no implica una adopción automática de la causa ni mucho menos. Una muestra del carácter aún indefinido de ésta puede encontrarse en el mensaje final de Uriburu al dejar el gobierno en 1932. Al enumerar distintas publicaciones que impulsó, el general nacionalista se refería al libro “Faros y señales marítimas”, que corresponde según informaba “al litoral marítimo de la República y abarcando también las Islas Malvinas, Georgia, Shetlands y Orcadas del Sur”.9 Las Malvinas no aparecen como parte del litoral marítimo argentino, sino como algo aparte, sin que se formule una reivindicación de soberanía. La valoración positiva del papel de Gran Bretaña persistía con más razón entre los sectores más cercanos al liberalismo. A mediados de 1932, a raíz de un incidente menor, la República del Uruguay suspendió las relaciones diplomáticas con la Argentina. En esa oportunidad, el gobierno de Agustín P. Justo solicitó a Gran Bretaña que represente los intereses argentinos en el país vecino mientras durase el diferendo, hecho que fue recogido por los defensores de la soberanía inglesa sobre Malvinas para argumentar sobre la falta de seriedad del reclamo argentino (Lorton, 2011, p. 59).

Al año siguiente se celebró la conferencia de Ottawa, que reforzó los lazos comerciales al interior de la Comunidad británica de naciones en detrimento del “imperio informal”, lo cual derivó en el famoso acuerdo bilateral, caracterizado como gravoso para los intereses argentinos por la oposición. Pero más allá del acuerdo en sí, dos hechos parecen haber aportado a acrecentar el ánimo antibritánico en la opinión pública argentina hacia 1933. A principios de ese año, Gran Bretaña decidió celebrar su propio centenario de ocupación ininterrumpida de las Islas mediante la emisión de un conjunto de estampillas alusivas, lo cual dio lugar a distintas protestas. El tema circuló en la prensa y las estampillas fueron declaradas inválidas por las autoridades argentinas; a su vez, en ese contexto el Ministerio de Relaciones Exteriores recirculó una instrucción consular ordenando no otorgar visas para personas con pasaportes emitidos en las Malvinas por autoridades británicas. En su lugar, debían tramitar un pasaporte argentino, lo cual resultaba coherente con la reivindicación de la soberanía argentina. Pero no era la primera vez que circulaba la instrucción, durante la década de 1920, el gobierno de Marcelo T. de Alvear había adoptado idéntica resolución (Lorton, 2011, pp. 42, 60 y 61). Su repetición hacia 1933 indica dos cosas: primero, que el procedimiento había sido dejado de lado en distintos consulados argentinos; segundo, que se estaba alcanzando un nuevo punto de tensión en torno al tema. Estas disposiciones no dejaban de tener repercusión en el Reino Unido, en un momento en el que la misión argentina encabezada por Roca negociaba el acuerdo comercial. Al firmarse en mayo de 1933, presumiblemente apuntando a calmar las tensiones que también se habían producido en Inglaterra, el vicepresidente Roca pronunció ante la prensa la famosa frase donde consideraba que en función de su interdependencia, la Argentina era económicamente parte integrante del imperio británico.

En el plano local, semejante declaración no podía más que exacerbar los ánimos. Un año después nos encontramos con dos iniciativas bien conocidas: la presentación del proyecto de ley de Palacios, que incluyó un larguísimo discurso luego editado en forma de libro, y la publicación de “La Argentina y el imperio británico. Los eslabones de una cadena” de Rodolfo y Julio Irazusta. Este libro, considerado una de las obras fundantes del revisionismo histórico, tiene como eje la denuncia del pacto Roca-Runciman; en ese marco, la ocupación inglesa de Malvinas aparece como un elemento más entre otros que configuraban según los autores una historia de dependencia y sometimiento al poder inglés, facilitado por la política complaciente de la oligarquía local. A diferencia de los posicionamientos de la Liga Patriótica que señalamos en el apartado anterior, este texto asume un carácter decididamente anglofóbico y antiliberal. Si el nacionalismo de Manuel Carlés de los años 20 coincide con el de los Irazusta de los 30 en su xenofobia, elitismo y antiobrerismo, se diferencian en cambio por el abierto rechazo de éstos de la democracia liberal, que consideran opuesta a las tradiciones nacionales y por su abierto repudio del sufragio universal (McGee Deutch, 1999, pp. 195-199). De ahí que rescaten la figura de Rosas, ofrecida como encarnación de esas tradiciones en oposición a los gobiernos liberales que reivindicaba la Liga. Para los hermanos Irazusta y los nacionalistas nucleados desde principios de los años ’30 en torno al periódico La Nueva República, a fin de desarticular la dependencia de Inglaterra era preciso derrocar a la democracia liberal, responsable del drenaje de las riquezas nacionales hacia el extranjero.10

“La Argentina y el imperio británico” procura interpelar a la misma elite que critica con miras a ganar adeptos entre sus filas, en un momento en el que el régimen de Justo se encontraba fuertemente tensionado por los planteos de los sectores autoritarios y nacionalistas. Más allá de la presencia de parte de estos últimos entre las filas del oficialismo, debe considerarse que se trata de un período de gran fluidez ideológica a nivel nacional e internacional (Halperín Donghi, 2003; Cattaruzza, 2016). Así, en el prólogo del libro se elogia al ministro del Interior de Justo, Leopoldo Melo, quien había rescatado la política exterior de Rosas aunque sin desechar por completo el encuadre de la historia oficial.11 La figura de Melo era opuesta allí a la del ministro de relaciones exteriores Carlos Saavedra Lamas y a la del vicepresidente Roca, a quienes identificaba como responsables de ese momento de las políticas que el texto venía a impugnar. En esa línea, así como se adjudicaba a Rosas la defensa de la soberanía del territorio nacional, incluyendo Malvinas, se atribuía a Melo la iniciativa de prohibir las estampillas británicas puestas en circulación en el centenario de la ocupación inglesa de las Islas. Los Irazusta recepcionan de este modo el antiimperialismo que ya circula ampliamente en los discursos públicos, incorporándolo a un planteo que vienen formulando desde finales de los años 20: el de la exaltación de la España de la contrarreforma como esencia de la argentinidad, en contraposición a la Inglaterra liberal. En este sentido, como señala Halperín Dongui (2003), a pesar del título lo antiimperialista propiamente dicho es una cuestión menor en su libro. En cualquier caso, no se trata de un antiimperialismo con contenido social, como el que asumiría, además de las izquierdas, Raúl Scalabrini Ortiz. Más bien al contrario, lo oligárquico es considerado virtuoso, el problema sería el alineamiento de la oligarquía con el liberalismo. En esta misma línea antidemocrática, también la publicación pro nazi Crisol iniciaba para 1934 una campaña por Malvinas (Lorton, 2011, Palermo, 2007). A diferencia de la tendencia elitista que expresan los hermanos Irazusta, aquí si se procuraba apuntar a las masas, y si bien el carácter marginal de éste y otros grupos fascistas permite deducir lo limitado de su repercusión, sus planteos no de dejaban de agrandar el eco que empezaba a producir un reclamo hasta hace poco desconocido.

Por su parte, la presentación de Palacios confluye en lo que hace a la reivindicación de la soberanía de Malvinas, aunque se distingue en varios aspectos. En primer lugar, si bien también se dirige en primera instancia a la elite –le habla a sus pares en el senado–, el contenido de su proyecto apunta a las masas. Se trata de instalar definitivamente la cuestión Malvinas primero entre los sectores dirigentes, para luego introducirla a través de la escuela y de las bibliotecas populares en la sociedad toda. Detrás de la propuesta de Palacios hay una ambiciosa estrategia de largo aliento, y no sólo una denuncia política amparada en argumentaciones históricas, la cual está presente, sólo que en un sentido diferente a la de los hermanos Irazusta. La presentación de Palacios se distingue además por el hecho de que a diferencia de “La Argentina y el imperio británico” se centra en la cuestión Malvinas, en este sentido se trata del primer proyecto presentado en el Parlamento argentino sobre esta cuestión. Ese mismo año se registraron tres iniciativas editoriales vinculadas, que fueron los primeros libros publicados en castellano sobre el tema. El primero –desapercibido por la bibliografía– fue “El zarpazo Inglés a las Islas Malvinas” del geógrafo e historiador Juan Beltrán (1934); estuvo prologado por el propio Palacios y retomaba sus argumentos, aunque incorporando un perfil hispanista y católico, lo que lo hace particularmente interesante. La segunda iniciativa fue la edición el mismo año de la larga exposición de Palacios, desarrollada en el curso de tres sesiones parlamentarias, en forma de libro. Por último, “La tercera invasión inglesa” de Antonio Gómez Langenheim (1934),12 cuyo título coincide con uno de los subtítulos del libro del legislador socialista y con el de una obra de teatro escrita poco después e inadvertida hasta ahora, aunque los textos no trasuntan el mismo enfoque del problema. En este sentido, Malvinas se configuraba como un punto de confluencia de distintas visiones de la nación y por eso mismo es también un territorio disputado interiormente, al servicio de distintas perspectivas políticas. Esto va a contribuir a la propia construcción de la causa, en la medida en que el tema empieza a ocupar un lugar en la agenda pública que no tenía antes.

En el caso de Palacios, ya desde el arranque de su discurso reivindica al ministro de Relaciones Exteriores, diferenciándolo de Roca (h), a quien describe sarcásticamente como “un estadista inglés” (Palacios, 1934, pp. 35-38). A diferencia de lo que ocurre en el texto de los hermanos Irazusta, Saavedra Lamas es ubicado en el campo de la reivindicación de Malvinas; a modo de respuesta por la exaltación de la figura de Melo en el asunto de las estampillas, incluye en su libro un documento oficial que muestra al canciller como el primero en disponer su invalidez. Asimismo, lejos de defender la soberanía nacional, en texto de Palacios Rosas aparece negociando la soberanía de las Islas a cambio de la condonación del empréstito de la Baring Brothers; en el de los hermanos Irazusta, la negociación se resignifica como ardid de Rosas para lograr el reconocimiento inglés de la soberanía argentina.Desde el punto de vista histórico y político, el senador socialista se pronunciaba desde una perspectiva liberal, en un momento en el que también el PS, que contaba con una nutrida representación parlamentaria, intentaba incidir en las disputas políticas del gobierno para que prevalezcan los sectores que sostenían un discurso democrático frente al avance del nacionalismo autoritario. Una interesante muestra la fluidez ideológica del momento –y del avance de las derechas– es que el encuadre que le dio el legislador socialista a la cuestión Malvinas retomaba el que le había dado la Liga Patriótica en 1929.

Por otro lado, el lenguaje del discurso de Palacios es el del honor, retoma aquí la vieja apelación de Hernández (1952) y del liberalismo de las últimas décadas del siglo XIX, la misma que usa la Liga Patriótica a finales de la década de 1920. Como señala Guber (1999), además de su preocupación por la honorabilidad personal, que lo llevó a batirse a duelo en distintas oportunidades, sus proyectos para el mejoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores se fundamentaban en términos de defensa de la dignidad de los desposeídos. Ahora, era la dignidad nacional la que había sido ultrajada por la imposición ilegítima de la fuerza del poderoso sobre el débil. El legislador socialista partía del reconocimiento de la grandeza de Inglaterra, para denunciar la falla respecto del papel que debería cumplir en función de esa misma grandeza para con las naciones más jóvenes y débiles. Lo que no se suele advertir es que, así como Palacios había defendido el honor personal batiéndose, el duelo entre naciones no dejaba de ser compatible con esa lógica. Y si bien el legislador socialista reivindicaba la búsqueda de armonía y paz, aclaraba también que “Carecemos hoy de la fuerza para imponer nuestro derecho al imperio más poderoso que hizo uso de la fuerza sin derecho”, por lo que esa acción no quedaba descartada para el futuro.

Pero además, el legislador socialista construía una imagen de la Argentina como una nación única, que a diferencia del resto, no se movía en base a intereses materiales, como ostensiblemente lo hacían Gran Bretaña o los Estados Unidos, la dupla responsable por la ocupación inglesa de Malvinas de 1833, sino en base a su sentido de la justicia y del honor. Así, tras apuntar citando a Roque Sáenz Peña que la mayoría de las naciones se mueven por intereses materiales, asegura que “Nosotros constituimos una excepción en la historia”, y más adelante que “Constituimos la única nación del mundo que puede presentarse como admirable modeladora del alma colectiva, habiendo marcado en sus relaciones con los otros pueblos una línea recta de idealismo impulsada por la justicia y el honor” (Palacios, 1934, p. 127), en un discurso que emula a su modo la oposición kultur/civilization. Asi como Thomas Mann reivindicaba las cualidades espirituales de Alemania frente al avance de la civilización capitalista, Palacios construye aquí una Argentina totalmente excepcional: “la gloria y el honor que está en nuestra sangre y constituye el orgullo de nuestra nacionalidad” (Palacios, 1934, pp.128 y 129) se opone por el vértice a la impronta materialista anglosajona.

Claramente los planteos de Palacios se distanciaban de las posiciones tradicionales del socialismo, que siempre había denunciado el carácter mistificador del nacionalismo liberal, potencialmente peligroso en la medida en que podía traducirse en militarismo. A la exaltación de valores y héroes del pasado con el propósito de cohesionar a la población en torno a la patria, oponían la idea de un nacionalismo “sano”, centrado en la elevación de las condiciones de vida y de trabajo de las clases laboriosas que implicaría el mejoramiento social de la nación (Merbilhaá, 2013; Reyes 2018). La presentación sobre Malvinas, en la medida en que no tenía mayor relación directa con los problemas sociales del momento, se situaba en el terreno mítico, planteando una gran causa nacional para todos los argentinos que redimiría a la nación, potencialmente realizable por medio de la concientización de las generaciones presentes y futuras. Pero a diferencia de lo que se ha sugerido, la línea desarrollada por Palacios era completamente coherente con la que impulsaba por entonces el PS, que experimentaba sus propios reacomodamientos en ese contexto de avance del nacionalismo y las derechas (Poy y Benclowicz, 2023). Así las cosas, no dejó de acoger el proyecto de Palacios. Por su parte, los conservadores que no terminaban de despegarse del liberalismo podían, con el acompañamiento al proyecto de Palacios, salir al cruce de las acusaciones de leso patriotismo tras el acuerdo Roca-Runciman, sin la necesidad de encabezar una campaña que no les despertaba gran entusiasmo.13 Así, a la sintonía política que reina en ese momento entre la derecha liberal y el socialismo se agrega la ventaja coyuntural que supone para aquella la posibilidad de mostrar un perfil patriótico.

Si las posiciones de Palacios y de los Irazusta expresan claramente dos posiciones antagónicas que confluyen en Malvinas –una asociada al nacionalismo liberal, otra al nacionalismo católico autoritario–, las de Beltrán permiten apreciar la amplitud del universo de los discursos que circulaban sobre el tema. Este historiador y geógrafo comparte los argumentos de Palacios cuando considera que la argentina es “una nacionalidad en cuyo seno surge un tipo de raza y de civilización superiores [que] organiza ejércitos para libertar o para ayudar a la libertad de pueblos hermanos” (Beltrán, 1934, pp. 2 y 3). El perfil modernista y romántico está presente en ambos autores, que en este punto se acercan a aproximaciones como la de Ricardo Rojas (Terán, 2008). Pero el lugar central que ocupa en Rojas la reivindicación del hispanismo laico será ocupado en Beltrán por un catolicismo hispánico que no deja de combinarse con una perspectiva decididamente liberal. La vocación por la libertad se completa con la defensa del arbitraje y el rechazo del uso de la fuerza, rasgos que ve coronados en la política internacional que impulsa el canciller Saavedra Lamas.14 Al igual que el legislador socialista es partidario de esperar que llegue la hora de la justicia, que advendrá por la ley manifiesta –que invocaba también la Liga Patriótica–, de la decadencia de los imperios; Beltrán rescata de hecho las intervenciones ya mencionadas de la Liga, considerándolas parte de las expresiones del “dominio latente” argentino sobre las Islas (1934, pp. 44-46). Esto no le impide, en una rápida mirada al mundo en el contexto del ascenso del nazismo, confíar en que el triunfo de las democracias garantizará la prevalencia de la razón por sobre la fuerza. Mientras, llama a “Formar un estado de conciencia nacional sobre el irredentismo argentino”. Sin embargo, las analogías que invoca en este sentido –Italia para Trento y Trieste, Francia para Alsacia Lorena, Polonia para reconstituirse e Irlanda para independizarse–, más allá de su escasa pertinencia para el caso de la Argentina y Malvinas, parecen sugerir un uso de la fuerza al que, como en Palacios, no se está en condiciones de recurrir aún.

En “El zarpazo inglés”, lo hispano es asociado a la sensibilidad y opuesto al materialismo anglosajón. La recuperación de Malvinas se impone en su libro por ser la herencia legada por “Los héroes de nuestra libertad política y de nuestra soberanía” –es notable como logra evitar la palabra independencia– y también por “la Madre Patria, noble Madre que nos infundió su estirpe de hidalguía y de honor… que nos legó los sentimientos de fe de una religión reconfortante” (Beltrán, 1934, p. 105). En cierto sentido, Beltrán parece anticipar las posiciones que asumirá ese reducido grupo de la opinión católica que rechazó el alzamiento contra la II República (Halperín Donghi, 2003). Por último, deja una serie de recomendaciones para los gobiernos que se irán implementando los años subsiguientes entre los que figuran impedir la circulación de cartografía que identifican a las Malvinas como británicas y la obligación de que la cartografía escolar sea aprobada por el estado, cosas que no ocurrían cuando publicó su texto.

El libro de Langenheim se distingue especialmente del de Beltrán por quien lo prologa; en lugar de un Palacios, “La tercera invasión inglesa” abre con la palabra de Carlos Obligado, militante de la Acción Nacionalista Argentina (Zuleta Álvarez, 1975), uno de los grupos filo fascistas que conspiraban contra el régimen de Justo. Sin embargo, Obligado invoca al igual que el dirigente del PS la injusticia cometida y el sentimiento argentino por Malvinas y vaticina igual que los autores ya examinados, que serán redimidas “en años remotos, cuando podamos contar con la fuerza propia o la debilidad ajena” (Languenheim, 1934, p. 14). La insinuación a una posible resolución bélica del reclamo es aquí tan difusa como en Palacios.15 Por otro lado, si bien es posible intuir cierta afinidad por parte de Langenheim con el nacionalismo autoritario en función del prologuista elegido,16 su texto está lejos de esa perspectiva; desarrolla los argumentos pro argentinos en un tono desapasionado, incorporando fuentes de Luis Vernet inéditas hasta ese momento. El relato de los acontecimientos termina en 1833, lo que le permite esquivar las valoraciones sobre el desempeño de los distintos gobiernos bonaerenses en la materia, en este sentido, no se trata de un texto revisionista. Tampoco hay rastros de catolicismo hispanista, como en Beltrán, ni una visión romántica como en éste, en Palacios y antes en Groussac. Al contrario, sin dejar de postular un carácter patriótico para las iniciativas de Vernet y su socio, Langenheim expone ampliamente los intereses materiales que los empujaron a emprender la empresa de colonizar las Malvinas. Hace referencia incluso al mismo fragmento de Sáenz Peña que usa Palacios en su alegato cuando se refiere a la política inglesa, pero sin postular ninguna excepcionalidad argentina: las naciones se mueven a impulsos de intereses o conveniencias, les falta corazón y les sobra cálculo (Langenheim, 1934, p. 21).17 El reclamo de soberanía prescinde aquí de cualquier apelación esencialista.

En definitiva, se puede ver un panorama caracterizado por la fluidez ideológica que no deja de manifestarse en el tema Malvinas, que opera como un punto de confluencia de distintas visiones de la nación pero también como un territorio disputado interiormente, al servicio de distintas perspectivas políticas. Esto va a contribuir a la propia construcción de la causa, en la medida en que el tema empieza a aparecer en los discursos de un espectro que abarca a buena parte del arco político. Sin embargo, el avance del fascismo y la ausencia de un verdadero consenso en torno al lugar que debía ocupar Malvinas entre las reivindicaciones nacionales le imprimió un carácter oscilante a esa construcción.

El avance oscilante de la causa en los años previos a la guerra mundial

Una mirada rápida de tres diarios relevantes de la época –La Nación, La Vanguardia y La Prensa– sugiere que, en lo inmediato, después del interés que despertó en 1934, el tema fue desplazado del lugar que había llegado a ocupar en la agenda pública. En el caso de La Nación, no encontramos mayores referencias al tema para simbólica fecha del aniversario de la creación de la Comandancia de Política y Militar de las Islas Malvinas de 1829. La Vanguardia había incorporado en 1934 un pequeño apartado de Efemérides e incluyó justamente el 10 de junio una mención sobre la Comandancia. Al año siguiente el diario socialista recordó la misma fecha sin ninguna alusión a 1829, sino al 10 de junio de 1770, en referencia a la capitulación de Inglaterra ante España. El tema Malvinas volvió a aparecer al mes siguiente en el diario socialista que aseguró que “es un sentimiento nacional” a propósito del caso de otro hombre nacido en las Islas que solicitó enrolarse en el ejército.18 Sin embargo, para 1936, ya no hay efeméride de Malvinas y el propio apartado desaparece de las páginas de La Vanguardia. En cuanto a La Prensa, continúa la aparición marginal aunque consistente de la historia sobre Malvinas ya mencionada en el apartado de “Fechas Históricas”. Para 1936, junto a esa columna, se llega a incluir un mapa de la Argentina donde figuran las Islas Malvinas. Pero más allá de esos recordatorios, continuados en el caso de La Prensa, el clima político internacional, recalentado por el avance del nazismo, no dejaba de incidir en las posiciones adoptadas frente a Inglaterra en los ambientes liberales. En este sentido, el 10 de junio de 1937 La Prensa destinó un espacio mucho más importante que el reservado a la efeméride para una nota donde se postulaba la grandeza de Inglaterra y la responsabilidad que la encadenaba a Europa y sus conflictos, en los que se veía obligada a participar. En esta línea, el decano liberal propugnaba el rearme de Inglaterra asegurando que

El acierto insuperable –no se olvide– de la política exterior de Inglaterra, a partir del siglo XVI, consistió en saber identificar sus propias conveniencias con los ideales de libertad e independencia de los pueblos débiles. Al luchar con las naciones poderosas, a la vez que abatía los enemigos fuertes, defendía la causa de las naciones modestas.19

De manera notable, la nota invierte los argumentos de los defensores de la causa, en particular los de Palacios: Inglaterra aparece defendiendo a naciones jóvenes y débiles como la Argentina. El poderío de Inglaterra se asociaba al liberalismo y eso mismo propiciaba la tutela y defensa de las naciones más débiles que se independizaban de sus metrópolis, todo lo cual demostraba la supremacía de sus ideales y su ética en el ámbito internacional. La génesis y consolidación nacional eran asociadas a esa tutela, dejando poco lugar para la denuncia por la cuestión Malvinas. La prioridad de La Prensa en su alineamiento con el campo aliado no implicó la completa desaparición de la causa en sus páginas. Además de los recordatorios habituales de los 10 de junio, ocasionalmente se publicaba alguna información adicional,20 pero claramente su prioridad, como la del resto de las fuerzas democráticas, era otra.

Por otros motivos, tampoco era prioridad para la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), un actor habitualmente señalado en la literatura de divulgación y académica como central en la construcción de la causa Malvinas. FORJA fue una de las expresiones del avance de las posiciones nacionalistas que operó en los años 30, contribuyendo a reforzar el discurso antibritánico que se había extendido al calor de la crisis económica mundial desde una perspectiva democrática y popular. Dada su posición neutralista, la inminencia de la conflagración europea no alteró esa línea, que no dejaba de estar presente en todas las publicaciones de esta agrupación.21 La figura de Raúl Scalabrini Ortiz en especial, que publicó en 1940 “Política británica en el Río de la Plata” e “Historia de los ferrocarriles argentinos” es frecuentemente asociada a la causa Malvinas. Sin embargo, ni FORJA en general, que inició sus acciones en 1935, ni Scalabrini en particular erigieron a las Islas como un tema relevante en sus denuncias contra el imperialismo británico. En este sentido, resulta significativo que los textos de Scalabrini no aborden la cuestión de las Malvinas –apenas se menciona en Política británica que los ingleses instalaron allí una base naval para la defensa de sus intereses–. Tampoco se aborda en ninguno de los célebres “Cuadernos de FORJA” publicados a partir de 1936. En cambio, los Cuadernos y los libros de Scalabrini promueven una relectura de la historia argentina en clave revisionista denunciando el dominio británico sobre las actividades económicas y la vida cotidiana: la ganadería, el comercio, el petróleo, los transportes, la electricidad. La cuestión Malvinas aparece en algunos volantes y afiches de FORJA,22 pero no ocupa un lugar destacado. Sobre lo que consideraban que había que llamar la atención en un contexto en el que se empezaba a difundir la reivindicación de soberanía sobre las Islas, era que el pacto Roca-Runciman, el Banco Central, las Juntas Reguladoras, la Coordinación de Transportes y la política petrolera eran “otras tantas ‘Islas Malvinas’ que la oligarquía entregó al capitalismo inglés”.23 En este sentido, se evidencia un uso instrumental de Malvinas para poner de relieve lo que consideraban era realmente relevante.

En esa línea, en 1939 el diario Reconquista, dirigido por Scalabrini Ortiz,24 advertía en distintas editoriales que “La recuperación de las Malvinas no debe desviarnos de los temas esenciales de la nación”.25 En estos artículos Malvinas se considera explícitamente una cuestión secundaria y se presume la agitación en torno al tema como un ardid de la diplomacia británica para distraer la atención respecto de los verdaderos problemas, asociados al control de la economía argentina por parte de Inglaterra. “Las Malvinas no pueden ser la bandera de la recuperación nacional”,26 insistía Scalabrini. Más allá del carácter conspirativo del razonamiento en lo que hace a imaginar un plan urdido desde Londres, la lectura que proponían estas editoriales no era original ni marginal. Ya en 1936, se estrenaba la obra “La tercera Invasión Inglesa”, escrita por los conocidos dramaturgos Sixto Pondal Ríos y Carlos Olivari.27 En ella, saliendo al cruce de planteos como los de Palacios, Beltrán y Gómez Langenheim, el reclamo por Malvinas servía para guardar las apariencias a propósito de la política de la clase dirigente, sometida a los intereses británicos. La tercera invasión no era allí la de las Malvinas, sino la de la Ley de Coordinación del Transporte que beneficiaba a compañía inglesa de tranvías, el fraude de los frigoríficos denunciado por Lisandro de la Torre y la entrega del país a los capitales extranjeros. Lo que expone esta sátira popular –lo mismo hace Scalabrini– es el uso instrumental de Malvinas en sentido inverso al de FORJA: como maniobra de distracción y como discurso que procura revertir la ilegitimidad del régimen en base a una pretendida política nacional. Un breve diálogo de esta obra permitirá ilustrar esto último. En una de las escenas que muestra la lucha de los choferes de colectivo contra la Ley de Coordinación, el oficial a cargo de la represión que se descarga sobre los trabajadores comenta ante la sorpresa del orador que lo vio aplaudir cuando repudiaba la ocupación inglesa de Malvinas: “De las islas Malvinas se puede hablar. Es un hecho consumado […] la coordinación del transporte es un negocio que está por hacerse. Cuando se haga, podrán hablar de él todo lo que quieran, igual que de las Malvinas. ¡Marche preso!”.28

Así las cosas, más allá de la multiplicación de los discursos en torno a Malvinas por ese entonces, no debe exagerarse el nivel de popularidad de la causa durante los años ’30. La eclosión de 1934 no implicó la rápida aceptación y adopción de Malvinas como emblema nacional. Un indicador institucional de esto lo trae Juan Carlos Moreno (1950, p. 30) al mencionar que en 1938 el presidente Roberto Ortiz debió introducir una rectificación en el decreto que promulgaba una ley de convenciones postales internacionales: en el proyecto que había aprobado el Congreso, las Malvinas aparecían como posesiones británicas. Otro indicio del carácter paulatino de la penetración de la cuestión en la sociedad en general es la completa ausencia del tema en los discursos presidenciales de apertura de sesiones y de asunción durante toda la década. Recién en 1941 aparece la cuestión en el discurso de Ortiz. Éste menciona al pasar que Leopoldo Melo, delegado argentino en la Conferencia de La Habana de 1940, formuló reservas respecto a Malvinas al firmar la Convención sobre Administración Provisional de Colonias y Posesiones Europeas en América. El tema tampoco aparece en los primeros mensajes asunción y de apertura legislativa de Juan Domingo Perón, quien no se referirá específicamente a esta cuestión hasta 1948.29

En suma, todo indica que tras la aceleración que se registró en 1934, la difusión de la causa tendió a asumir un ritmo acompasado, produciendo a partir de ese momento un efecto acumulativo que fue extendiendo de a poco el conocimiento sobre el tema entre círculos cada vez más amplios. En diciembre de 1935 se puso en circulación un set de estampillas en donde se mostraba el contorno del país que incluía a las Malvinas y al sector antártico. Esta política reivindicatoria del Correo Argentino, en respuesta a la estampilla de 1933 que conmemoraba los 100 años de la ocupación inglesa en Malvinas, estaba claramente dirigida a la circulación pública del mensaje de la argentinidad de las Islas y del sector antártico.30 La primera edición del libro y compendio de la obra de Groussac se concretó en 1936, dos años después de aprobada la ley, iniciándose a partir de entonces una distribución en escuelas y bibliotecas populares que no parece haber sido ni muy rápida ni prioritaria para el organismo encargado de hacerlo, la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares. Éste terminó delegando al año siguiente esa tarea en un emprendimiento privado, la revista Figuritas. Justamente en 1937 esta publicación, que había sido creada en 1936 y circulaba a nivel nacional dirigiéndose a niños, padres y maestros, inició una campaña malvinizadora que perduraría en el tiempo (Tato, 2022).

En 1938 se publicó el libro Nuestras Malvinas de Moreno, que había viajado en 1937 becado por la Comisión Nacional de Cultura a fin de obtener impresiones frescas de la vida en las Islas, que no se tenían desde hacía más de un siglo. Se trata en rigor del primer libro específicamente sobre Malvinas escrito desde la derecha católica simpatizante del fascismo. Antes de convertirse en un importante referente de la causa Malvinas en el país; Moreno publicó sus artículos sobre el tema en la citada Crisol y en otros periódicos pro fascistas como El Pampero y La Fronda. A pesar de eso, son muchas más las coincidencias que se pueden encontrar con el texto de Palacios que los contrastes, identificables en un breve prólogo donde sintetiza la historia de las Islas. Allí fustiga por ejemplo a Darwin y lamenta que sus “erróneas teorías aún se estudian en nuestros colegios”, exalta el papel de Rosas y la emprende incluso contra Groussac que “como buen masón, despreciaba la bula papal” (Moreno, 1950: 14, 16).31 En lo demás, no se aparta demasiado de las publicaciones de 1934. Hay en todo caso una radicalización de ciertos contenidos: la recuperación mediante el uso de la fuerza en el futuro, presente de manera implícita en textos como el del propio Palacios, en Obligado y en Beltrán se considera abiertamente para el momento presente, descartándola en principio aunque sin llegar a una conclusión tajante (Carassai, 2022). Asimismo, Moreno enfatiza que “En ningún caso el asunto deberá ser sometido a un arbitraje, porque nuestros derechos son indiscutibles” (1950, p. 198). La idea de que los títulos argentinos eran incontrovertibles aparecía en los libros y textos publicados precedentemente, pero el rotundo rechazo en cuanto a un posible arbitraje para lograr la soberanía efectiva tiene algo de novedoso. Si bien la suposición de que la propia evolución de la historia devolvería la posesión a la Argentina habilitaba a prescindir de ese mecanismo, Moreno lo hace explícito y terminante. El progresivo fortalecimiento de esta perspectiva no pudo más que provocar satisfacción entre los sectores de la diplomacia británica que apostaban a mantener las Islas bajo su jurisdicción: eso era justamente lo que querían evitar, ya que albergaban serias dudas desde la década de 1930 de salir airosos si se sometían a una intermediación internacional (Lorton, 2011, pp. 65, 69, 71). Así, mientras la causa se fortalecía en la medida en que se extendía la idea de unas razones tan indiscutibles que hacían improcedente cualquier arbitraje, se debilitaban las posibilidades concretas de una soberanía efectiva por parte de la Argentina.

A excepción de la derecha pro fascista, que tenía sobrados motivos para seguir agitando la causa Malvinas en los umbrales del estallido de la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas liberales, incluyendo al socialismo, tendieron a poner paños fríos al asunto. Además del alineamiento ideológico internacional que traccionaba en esta dirección, la recuperación económica durante la segunda mitad de la década de 1930 le puso un límite a la popularidad que habían cobrado previamente los discursos contra el imperialismo británico (Halperín Donghi, 2003, p. 66). Ya iniciada la guerra, el gobierno de Roberto Ortiz procuró eventualmente desalentar la campaña malvinera que intensificaban los grupos de extrema derecha.32 En ese nuevo escenario, aun figuras que habían contribuido decisivamente a la erección de la causa como Palacios se distanciaron. El legislador socialista había encabezado en vísperas del estallido de la guerra la fundación de una “Junta para la Recuperación de Malvinas” integrada mayormente por intelectuales de la derecha autoritaria, incluyendo a Juan Carlos Moreno como secretario y a Rodolfo Irazusta. A pesar de ser abundantemente mentada por la literatura, no se conoce qué iniciativas tuvo esta “Junta” en el período inmediatamente posterior a su conformación, si es que tuvo alguna. Sí sabemos que la presidencia de Palacios no duró demasiado: al año siguiente fue reemplazado por Gómez Langenheim, quien impulsó un certamen para crear una marcha de Malvinas, adjudicado a su sobrino Carlos Obligado y adoptada luego oficialmente. Para esos momentos, Palacios firmaba junto a distintos dirigentes socialistas y liberales el manifiesto fundacional de Acción Argentina, donde se consideraba que la soberanía argentina estaba amenazada por los nazis y que cualquier otra reivindicación era secundaria y debía posponerse.33 Así, según Moreno, “después de azarosas alternativas” (1950, p. 30), en enero de 1941 la famosa marcha fue dada a conocer en un acto en el que hablaron el nuevo presidente de la Junta y el general filo fascista Juan Bautista Molina; éste venía impulsado la campaña malvinizadora desde la Legión Cívica y la Alianza de la Juventud Nacionalista, organizaciones que encabezaba. Un mes después, Molina intentaba un golpe de estado contra Ortiz, catalogado como aliadófilo. Claramente, la convergencia de los más diversos actores en torno a Malvinas que se había registrado al calor de la crisis del ’30 ya no era fácil. Tampoco era fácil la disolución de una causa que durante los años ‘30 había echado raíces destinadas a prosperar, aunque aún habrá que esperar hasta verla instalada definitivamente en el imaginario popular.

Reflexiones finales

A lo largo de este trabajo nos propusimos revisar la génesis de la construcción de la causa Malvinas, que ubicamos en el período de entreguerras. Hasta mediados de los años 20, la reivindicación de soberanía sobre las Islas era una cuestión diplomática desconocida para la mayor parte de la población y no formaba parte del sentido común institucional. Así, se emitieron cédulas de identidad en las que las Malvinas se asumían como británicas y los malvinenses ingresaban con ese pasaporte a la Argentina. La despreocupación en torno al tema no dejaba de guardar relación con los estrechos lazos económicos establecidos con Inglaterra, que contaba con el beneplácito de la mayor parte de los sectores políticos de la época, incluyendo a los grupos nacionalistas. Sin embargo, durante la segunda mitad de esa década, el recalentamiento del conflicto diplomático y el avance de las posiciones antiimperialistas, en un primer momento en clave antinorteamericana, habilitaron desplazamientos que cimentaron el despliegue de la causa más adelante. Por caso, en 1929 la Liga Patriótica –que había nacido en solidaridad con los intereses británicos tan sólo diez años antes–, convocó el que parece haber sido el primer acto público sobre el tema al cumplirse el centenario de la creación de la Comandancia de Malvinas. Pero fue sin duda la crisis económica mundial el disparador que puso en movimiento un conjunto de iniciativas originadas desde los más diversos espacios políticos, impactados todos por el avance del nacionalismo y los discursos antiimperialistas, ahora revestidos de un fuerte carácter antibritánico. Esto mismo potenció la cuestión y Malvinas se convirtió en un terreno de confluencias pero también de disputas, en la medida en que servía para legitimar versiones contrapuestas de la historia nacional y de la actuación política del momento.

En 1934 la causa Malvinas tuvo su eclosión: ese año se publicaron al menos tres libros específicos sobre el tema, cuando hasta ese momento no existía ni uno solo en castellano. La conocida intervención de Palacios expresaba por un lado un acercamiento más general del socialismo argentino a posiciones que había sostenido tradicionalmente el nacionalismo liberal, tendientes a imprimirle un carácter territorialista y heroico a la identidad nacional. El ex duelista llevó esto al paroxismo en su alegato ante sus pares del senado, proponiendo a la Argentina como nación única en el mundo que no se movería en base a intereses materiales sino espirituales, de justicia, de dignidad. El reclamo por Malvinas expresaría eso mismo, por lo que su construcción como causa popular permitiría guiar a la sociedad misma por la senda de lo que consideraba con una perspectiva fuertemente esencialista y romántica son sus rasgos fundamentales. Anclada en la versión liberal tradicional, Malvinas le permite a su vez fustigar al rosismo y reivindicar a los sectores del gobierno que conservan algo de aquel legado y enfrentan el desafío de la derecha autoritaria. Beltrán viene a coincidir con Palacios desde un liberalismo que le agrega elementos del catolicismo hispánico, sumando así la religión y la madre patria como parte del legado que expresarían las Malvinas. Curiosamente, la mayor carga emocional, con un componente fuertemente idealista, va a provenir en este momento de las filas del liberalismo. Así, en ese contexto de gran fluidez ideológica, encontramos un liberal-socialismo y catolicismo liberal que parecen postular una verdadera kultur argentina y trazan una estrategia de largo plazo para instalar la causa en la sociedad. En cambio, el aporte más citado de las derechas es más bien indirecto y más volcado al debate político e histórico general; los hermanos Irazusta, en su “La Argentina y el imperialismo británico” no toman el tema Malvinas como central, aunque lo aprovechan para reivindicar a Rosas y al ministro del Interior Melo, en contraposición a lo que hacen Palacios y Beltrán. En el caso de Langenheim, que podríamos ubicar dentro de una derecha conservadora e que incluso fuera de estar prologado por Obligado no presenta elementos que lo distingan del campo liberal, encontramos un texto más sobrio, ceñido a la exposición de los hechos y atento a los aspectos materiales. En lo que todos libros coinciden es en que llaman en sus prólogos o reflexiones finales a dejar que la historia haga su trabajo, que se supone redundará inevitablemente en el fortalecimiento de la Argentina y en el debilitamiento de Gran Bretaña. De esta manera se espera que en algún momento Argentina pase a ejercer la soberanía de las Malvinas sin hacer más que construir y difundir la causa entre la población. Esto incluye un escenario implícito en el que la Argentina, ya poderosa, podría tener que imponerse al ocupante de las Islas por la fuerza.

En ese nuevo contexto caracterizado por la puesta en cuestión del vínculo con Gran Bretaña y el fuerte despliegue de los discursos nacionalistas y antiimperialistas, los sectores políticos que aportaron a la erección de la causa Malvinas encontraban en ella motivos que la hacían particularmente útil para sostener su propia orientación. Al socialismo le servía para dejar atrás su histórica condena al nacionalismo romántico y mistificante de los sectores liberal-conservadores, a éstos les permitía cubrirse parcialmente de los ataques a los que había quedado expuesto el gobierno de Justo tras el pacto Roca-Runciman, y a la derecha autoritaria le permitía disimular su carácter elitista y antipopular, en la medida en que la causa requería del concurso de las masas para desarrollarse como tal. Así, aunque tenían motivaciones y perspectivas disímiles, estos sectores confluían en torno a Malvinas contribuyendo a dotar a la causa de un efecto de unanimidad. Sin embargo, no todas las fuerzas de la época coincidían en darle a ésta un lugar destacado. Al contrario de lo que se suele afirmar, el nacionalismo popular de FORJA y Scalabrini Ortiz en particular lo consideraron una cuestión secundaria que no debía desviar la atención de problemas más urgentes y relevantes, asociados a la vida cotidiana de la población. Que esa era la manera en que lo percibían capas más amplias lo muestra el hecho de que la denuncia de la causa Malvinas como maniobra de distracción quedó plasmada en el teatro popular de la época. En este sentido, a pesar del evidente avance de la causa, este período fundante no registró un arraigo súbito y absoluto. Y esto también porque a medida que se acercaba la Segunda Guerra Mundial, los sectores liberales tendieron a poner paños fríos en un asunto que sólo podía debilitar el apoyo local al país que encabezaba la lucha contra el nazismo. Con todo, la causa que se terminaría convirtiendo en un símbolo de identidad nacional y que en la historia reciente terminaría asumiendo un nivel de adhesión casi total, había echado sus raíces.

Fuentes

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Notas

* Este trabajo contó con el financiamiento del proyecto PI-UNRN 40-B-903 de la Universidad Nacional de Río Negro. Agradezco a Camila Pareja, quien colaboró con el relevamiento documental.
1 Hubo en cambio intervenciones acotadas y espaciadas, la primera que se suele mencionar es la de José Hernández de 1869 en su periódico El Río de la Plata (Hernández, 1952).
2 Nos referimos al conocido ataque de diciembre de 1831 de la corbeta Lexington, que en defensa de los intereses de los pesqueros norteamericanos destruyó defensas e instalaciones y declaró a las islas libres de todo gobierno.
3 La Prensa, “Fechas Históricas”, 10 de junio de 1924 a 1942. El relevamiento incluye los años anteriores a 1924, cuando el recordatorio no aparecía, y llega hasta 1942, año en el que continúa publicándose una versión abreviada pero con idéntico sentido de Malvinas y de la primera invasión inglesa.
4 La Prensa, “Las Malvinas, las Orcadas y el Panamericanismo”, 5 de noviembre de 1928.
5 Estos cuestionamientos pueden verse entre otros en Sáenz Peña (1905), cuyas reflexiones fueron tomadas por distintos impulsores de la causa Malvinas, como se verá más adelante.
6 La Prensa, “Fue conmemorado el centenario de la creación de la comandancia argentina en las Islas Malvinas”, 11 de junio de 1929.
7 La Prensa, Ídem, 11 de junio de 1929.
8 El Orden, “Primer centenario de la posesión de las Islas Malvinas”, 12 de Junio de 1929. Véase también del mismo diario “El viejo litigio sobre la posesión de las Malvinas”, 11 de abril de 1929 y “Nuestro derecho al dominio de las Malvinas”, 11 de junio de 1929.
9 Uriburu (1932, p. 45), el destacado es nuestro.
10 Hacia la segunda mitad de la década, sin embargo, los hermanos Irazusta se acercarán al radicalismo procurando ampliar su núcleo de influencia y concederán ciertas virtudes nacionalistas a Yrigoyen, sin dejar de criticar al a democracia y a la propia UCR. (McGee Deutsh, 1999, pp. 203-207.
11 De extracción radical antipersonalista, Melo había integrado la Liga Patriotica y era el responsable por entonces de la implementación de la política de represión legal e ilegal del gobierno contra las izquierdas radicalizadas, la cual era criticada por los sectores liberales al interior del propio gobierno. Véase sobre este punto Benclowicz (2019).
12 Seis años después Gómez Langenheim (1939) amplía este texto en su “Elementos para la historia de nuestras Islas Malvinas”.
13 Saavedra Lamas tiene además razones personales para encolumnarse detrás de la iniciativa de Palacios: Los Irazusta la emprenden en su libro no sólo contra él sino contra su abuelo, Andrés Lamas, referente uruguayo antirosista.
14 Saavedra Lamas inspiró el Pacto antibélico de 1933, reivindicado explícitamente por Beltrán. El canciller encabezó dos años después la Conferencia para poner fin a la guerra del Chaco, llegando a recibir por estas iniciativas el premio nobel de la paz en 1936.
15 El único eco lejano de los enfrentamientos políticos del momento resuena cuando Obligado sugiere que el “‘pacifismo’ entregador” podría discontinuar los reclamos diplomáticos, lo cual remite a la política internacional impulsada por Saavedra Lamas.
16 Posiblemente, también incidan aquí los lazos familiares, Obligado era sobrino de Langenheim y fue luego designado ganador del concurso que convocara la Junta de Recuperación de Malvinas presidida por su tío para crear la Marcha de Malvinas en 1940.
17 Sáenz Peña (1905, pp. 155, 156) plantea este rasgo para todas las naciones en general, al tiempo que encuentra cierto exceso de sentimentalismo en el caso de los pueblos latinos y de cálculo y frialdad en el de los anglosajones.
18 La Vanguardia, “Soberanía argentina en las Malvinas. Sentimiento nacional”, 20 de julio de 1935.
19 La Prensa, “La Conferencia Imperial de Londres”, 10 de junio de 1940.
20 En 1940, por ejemplo, encontramos una mención marginal de una conferencia realizada en la ciudad de Rosario el 10 de junio de 1940 llamada “Las Malvinas”. No se menciona el contenido de esta disertación, pero el aviso, que figura en la sección “Conferencias”, y se ubica junto con varios otros eventos que no guardan afinidad temática, indica que la cuestión sigue desarrollándose en distintos círculos.
21 Sobre la preponderancia en FORJA de un discurso antiimperialista, especialmente antibritánico, véase Giménez (2013) y Bergel (2018), entre otros.
22 Varios ejemplos pueden verse en Rubio García (2020).
23 Afiche de FORJA “Islas Malvinas” en Biblioteca Nacional, Departamento de Archivos, Fondo Darío Alessandro.
24 Sobre este fugaz matutino puede verse Rubio García (2019).
25 Reconquista, “Frente a la guerra”, 20 de noviembre de 1939.
26 Reconquista, “Las Malvinas no pueden ser la bandera de la recuperación nacional”, 24 de noviembre de 1939. Rubio García (2020) hace referencia a este contundente editorial, aunque sin dejar de lado la idea de Scalabrini como uno de los propulsores de la causa Malvinas.
27 La obra se estrenó en el Teatro Cómico el 22 de septiembre de 1936 (Cronología de estrenos de obra teatrales nacionales. Período 1936-1943, en https://inet.cultura.gob.ar/info/investigacion/) Al mes siguiente fue publicada por el Teatro del Pueblo.
28 Sixto Pondal Ríos y Carlos Alberto Olivari, “La tercera invasión inglesa”, Buenos Aires, Teatro del Pueblo, n° 16, octubre de 1936.
29 Mensajes Presidenciales de Apertura de Sesiones Ordinarias ante la Asamblea Legislativa, en https://www2.hcdn.gob.ar/secparl/dgral_info_parlamentaria/dip/documentos/mensajes_presidenciales.html, acceso 23 de abril de 2023.
30 Distintos autores, presumiblemente siguiendo el texto de Moreno (1950), mencionan una estampilla de similares características para 1932 que no hemos podido ubicar. Probablemente se trate de un error en el texto de Moreno que no hace referencia a la estampilla conocida de 1935.
31 Nada de esto impedirá que Palacios elogie la obra, y que su salutación sea publicada en el propio libro.
32 Véase por ejemplo Crisol, “Arbitraria y anti-argentina actitud de la policía contra la campaña por las Malvinas”, 19 de octubre de 1939. Incluso el gobernador de la provincia de Buenos Aires Martínez Fresco, que no ocultaba sus simpatías por el fascismo, intervino en este sentido. Acaso para poner paños fríos a los cuestionamientos que se multiplicaban desde el gobierno nacional, en noviembre de 1939 llegó a dictar una resolución prohibiendo la propaganda de la Legión Cívica Argentina por Malvinas, considerando que “entorpece las buenas relaciones con una nación amiga”. Véase Reconquista, “Una campaña pro devolución de las I. Malvinas, vedan”, 18 de noviembre de 1939 y El Dia, “Considera el gobierno que no debe realizarse una campaña en B. Blanca”, 18 de noviembre de 1939.
33 Acción Argentina, “En defensa de nuestra soberanía”, 30 de mayo de 1940, en Bisso (2007: 138 y 139).

Recepción: 24 junio 2024

Aprobación: 02 octubre 2024

Publicación: 01 marzo 2025



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