Sociohistórica, núm. 57, e284, marzo - agosto 2026. ISSN 1852-1606
Universidad Nacional de La Plata
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
IdIHCS (UNLP-CONICET)
Centro de Investigaciones Socio Históricas

Intervenciones

Cruzando fronteras. Para una epistemología del extranjero

Enzo Traverso

Universidad de Cornell, Estados Unidos
Cita sugerida: Traverso, E. (2026). Cruzando fronteras. Para una epistemología del extranjero. Sociohistórica, (57), e284. https://doi.org/10.24215/18521606e284

Resumen: El presente artículo recoge la intervención realizada por Enzo Traverso en ocasión del recibimiento del Doctorado Honoris Causa, entregado por la Universidad Nacional de La Plata el 7 de noviembre de 2025. El texto ofrece, por un lado, una referencia al rol que jugó en el despliegue de las ideas de Traverso el vínculo estrecho con nuestra Universidad y, por el otro, una reflexión en torno a las múltiples dimensiones que incluye la experiencia del exilio. Se agrega una descripción de la trayectoria académica y política del autor, realizada por el Comité Editorial de Revista Sociohistórica.

Palabras clave: Enzo Traverso, UNLP, Frontera, Exilio.

Abstract: This article presents the lecture given by Enzo Traverso upon receiving an honorary doctorate from the National University of La Plata on November 7, 2025. The text offers, on the one hand, a reference to the role that Traverso's close ties with our University played in the development of his ideas and, on the other hand, a reflection on the multifaceted experience of exile. A description of the author's academic and political career, prepared by the Editorial Committee of the Sociohistorical Journal, is also included.

Keywords: Enzo Traverso, UNLP, Frontier, Exile.

Presentación de Enzo Traverso, Revista Sociohistórica

El 5 de noviembre de 2025 nuestra Universidad Nacional de La Plata le otorgó a Enzo Traverso la máxima distinción posible: “Doctor Honoris Causa”. En esos días, el profesor Traverso se encontraba en nuestra ciudad participando del Mecila Thematic Workshop bajo el tema (Hi)stories, Migrations, Memories, co-organizado entre el Instituto de Investigación en Humanidades y Ciencias Sociales (IdIHCS), la Universität zu Köln y el Ibero-Amerikanisches Institut. Esta visita sería el corolario de una relación intelectual y académica con nuestra Universidad que se inició mucho tiempo atrás y, por lo tanto, el marco apropiado para hacerle entrega de este reconocimiento honorífico a su trayectoria y, por sobre todas las cosas, su acompañamiento en la construcción de una agenda académica que ponderara el estudio de la Historia Reciente, las memorias y el devenir del quehacer historiográfico.

Enzo Traverso es un destacado historiador cuya trayectoria intelectual pone de manifiesto su compromiso con el rigor académico y el pensamiento crítico. Tanto su obra como los diálogos de los que ha participado han tejido múltiples puentes tendidos entre Europa y América latina, entre la memoria y la historia, entre el pasado y las luchas del presente.

Nacido en Italia, se formó en la Universidad de Génova y obtuvo su doctorado en la prestigiosa Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) de París. Sus trabajos, desde entonces, abordaron perspectivas de la Historia Cultural, la Historia Intelectual Europea, la Teoría Política, los estudios judíos y, en particular, las consecuencias del nazismo, de la violencia totalitaria y de las dos guerras mundiales en la cultura europea contemporánea. Asimismo, son relevantes sus reflexiones sobre las revoluciones, especialmente la rehabilitación de esta categoría como una clave para entender nuestra modernidad global, a partir de ideas muy inspiradoras para alimentar una nueva imaginación política en el siglo XXI.

Su itinerario académico ha sido tan transnacional como interdisciplinario: ha enseñado en universidades de Francia, Alemania, Italia, España, México, Brasil, Chile y Argentina. Desde hace más de una década es profesor en la Universidad de Cornell, en los Estados Unidos, donde ocupa la Cátedra Susan y Barton Winokur en Humanidades. Con anterioridad se desempeñó como Profesor en Ciencias Políticas en la Université de Picardie Jules Verne, en Francia, donde fue miembro de la Comisión Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS). Su extensa trayectoria docente se completa con cursos, conferencias y talleres que dictó en Universidades de Europa, Estados Unidos de América y Latinoamérica.

La Universidad Nacional de La Plata ha tenido el honor de contar con Enzo Traverso en varias oportunidades. En sus seminarios, conferencias y encuentros con estudiantes y docentes, ha dejado una marca profunda, no solo por la solidez de su formación, sino por su calidez humana, su apertura al diálogo y su sensibilidad política. Su presencia ha sido, para nuestra comunidad, un ejercicio de pensamiento colectivo y una reafirmación de que el conocimiento académico puede, y debe, ser también una herramienta de intervención crítica.

Podemos recordar su paso por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación desde sus primeros cursos con nosotros en el año 2001, luego en 2005, en 2010 y, más recientemente, en 2016, cuando lo reconocimos como Visitante Ilustre. En aquella ocasión nos ofreció su magnífica conferencia “Políticas de la Memoria en la era del neoliberalismo”, que fue publicada en la Revista Aletheia de la Maestría en Historia y Memoria en 2017, convirtiendo su disertación en un texto que recorrió nuestros cursos de grado y posgrado, inspirador de significativas reflexiones sobre los complejos desarrollos del mundo post “fin de la historia”. Su gran generosidad lo vincula con esta Universidad más allá de lo protocolar. Su diálogo con investigadores locales, su presencia en debates públicos, y su participación en cátedras y seminarios dejaron una impronta duradera. Aquí ha sido lector, conferencista, interlocutor, y -por qué no decirlo- compañero de ruta.

Su presencia, junto con horizontes de reflexión compartida, colaboró a lo largo de estos años con la creación de la Maestría en Historia y Memoria, con el fortalecimiento del Doctorado en Historia y con el reconocimiento de los abordajes de la Historia Reciente en la agenda académica local, nacional y regional. Su acompañamiento en este proceso, a su vez, fue reconocido por el Centro de Investigaciones Socio Históricas, que integra el Instituto de Investigaciones en Humanidades, como miembro del Comité Académico de la Revista Sociohistórica.

Su amplia producción intelectual se comprueba en la profusa publicación de libros. Traducidos mayormente al español evidencian la centralidad que su obra tiene entre los lectores de habla hispana: Los marxistas y la cuestión judía. Historia de un debate (Editorial del Valle, Buenos Aires, 1996 y Ediciones Al Margen, La Plata, 2003), Siegfried Kracauer. Itinerario de un intelectual nómada (Edicions Alfons el Magnánim, Valéncia, 1998), La historia desgarrada. Ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales (Editorial Herder, Barcelona, 2001), El totalitarismo. Historia de un debate (Eudeba, Buenos Aires, 2001), La violencia nazi. Una genealogía europea (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003), Cosmópolis. Figuras del exilio judeo-alemán (Fundación Eduardo Cohen, UNAM, México, 2004), Los Judíos y Alemania. Ensayos sobre la “simbiosis judío-alemana” (Pre-Textos, Valencia, 2005), A sangre y fuego. De la Guerra civil europea 1914-1945 (Prometeo, Buenos Aires, 2009), El pasado. Instrucciones de uso (Prometeo, Buenos Aires, 2011), La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2012), ¿Qué fue de los Intelectuales? (Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2014) y El final de la modernidad judía. Historia de un giro conservador (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2014). Este último libro fue galardonado, en julio de 2014, con el Premio Pozzale Luigi Russo of the de la Ciudad de Empoli, en Florencia (Italia); Melancolía de izquierda. Después de las utopías  (Galaxia Gutenberg, 2016); Las nuevas caras de la derecha ¿Por qué funcionan las propuestas vacías y el discurso enfurecido de los antisistema y cuál es su potencial político real? (Siglo XXI editores, 2021); Revolución: una historia intelectual,  (Fondo de Cultura Económica, 2021); Pasados ​​singulares: el yo en la historiografía, (Alianza Editorial, 2022); Gaza ante la Historia, (Ediciones Akal, España, 2024).

Un repaso de su propia obra nos permite destacar su capacidad para pensar la historia desde una perspectiva que no es eurocéntrica ni clausurada, sino abierta al Sur global, atenta a las memorias insurgentes, y comprometida con una idea de justicia que no se deja encorsetar por los límites de la academia convencional. Su trayectoria se complementa con intervenciones sobre los usos políticos del pasado y el lugar del historiador y los intelectuales en los debates públicos. Estas múltiples y confluyentes perspectivas han sido consideradas de un valor inestimable entre académicos e intelectuales por su aporte para la comprensión de alguno de los puntos nodales y sensibles del siglo XX y XXI. Traverso ha sido siempre un historiador que incomoda: que revisa, que cuestiona, que introduce matices allí donde los consensos quieren instalar certezas.

En tiempos de regresión autoritaria, de banalización del mal, de resurgimiento de lenguajes de odio y exclusión, su obra se alza como un llamado a no rendirse al presente, a seguir pensando desde las ruinas, desde la melancolía, sí -pero una melancolía activa-, que no es renuncia ni resignación, sino una forma de recordar para transformar. Por todo esto -por su erudición sin dogmatismos, por su fidelidad a la crítica, por su complicidad con las preguntas que nos atraviesan en este sur, por su cercanía con nuestra comunidad académica y por su compromiso con una memoria viva y con las luchas del presente- es que la Universidad Nacional de La Plata ha entregado el título de Doctor Honoris Causa a nuestro querido profesor Enzo Traverso.



Cruzando fronteras. Para una epistemología del extranjero

Enzo Traverso

Decir que este Doctorado Honoris Causa me emociona profundamente corre el riesgo de sonar retórico, convencional, casi banal, pero en realidad no lo es. Por supuesto, me intimida saber que el mismo honor ya ha sido otorgado a escritores, investigadores y personalidades mucho más importantes que yo. Pero me toca también porque marca simbólicamente una relación hecha de intercambios – seminarios, conferencias, cursos como profesor invitado – y sólidas amistades, que establecí con la Universidad de La Plata hace casi veinticinco años, hace un cuarto de siglo. Fue esta universidad la que me abrió las puertas de Latinoamérica. Guardo gratos recuerdos de aquel primer encuentro, de mi curiosidad, de la cálida bienvenida que me brindaron, de la relación intelectual intensa y siempre fraternal, con investigadores e intelectuales de gran envergadura que pertenecen a esta universidad. Pienso a un gran historiador que ya no está con nosotros como José Panettieri, y a otros como Patricia Flier, Ana Barletta, Alberto Pérez, Emmanuel Kahan, Hernán Sorgentini, Sandra Raggio, y otros más que pertenecen a otras universidades y tuve la oportunidad de encontrar por primera vez en la Universidad de La Plata, como José Sazbón, Patricia Funes, Pablo Yankelevich, Gerardo Caetano, Marina Franco, Florencia Levin, Mónica Gatica, Gabriela Águila, Daniel Lvovich. La lista no es exhaustiva. En la Universidad Nacional de La Plata, mis amigos me ayudaron a agudizar y ampliar mi perspectiva, a desarrollar mi pensamiento. Espero haber logrado transmitir en mi trabajo algo de lo que esta universidad me ha brindado.

Aquel primer viaje a Argentina también estimuló mi reflexión sobre las fronteras y la epistemología asociada a ellas. Argentina fue un país de emigración y exilio. País de emigración, en particular uno de los principales destinos para millones de migrantes italianos; y país de exilio – que había acogido tantos anarquistas, socialistas y antifascistas europeos desde el siglo XIX; y país de exiliados, porque los exiliados argentinos eran figuras familiares para quienes, como yo, habíamos pertenecido a la izquierda en Europa entre las décadas de 1970 y 1980.

Sin embargo, al llegar a Argentina con mi valija de estereotipos – un país lejano y algo exótico, tierra de gauchos y pampas, de tango, patria de Borges y Cortázar, y de ese enigma siempre indescifrable llamado peronismo – pronto me di cuenta de que había encontrado algo cercano e íntimo. En resumen, me di cuenta de que me sentía mucho menos extranjero en La Plata y Buenos Aires, a trece horas de vuelo desde París, que, por ejemplo, en Suiza, a dos horas en coche de la ciudad italiana donde nací. Esto me hizo reflexionar sobre el carácter eminentemente dialéctico del concepto de alteridad y me ayudó a comprender que el universalismo y el cosmopolitismo no son solamente categorías filosóficas abstractas, sino también realidades culturales y antropológicas.

Entonces, quisiera comenzar con una anécdota que conozco desde hace mucho tiempo, hasta el punto de haber olvidado su origen. Durante la dictadura militar argentina, algunos exiliados solían reunirse en un café del Barrio Latino de París. Sus conversaciones siempre giraban en torno a su país y hablaban con nostalgia del ambiente de los cafés porteños, cuya animación y vitalidad echaban mucho de menos. Tras la transición democrática, muchos regresaron a Argentina. Pero el exilio había forjado lazos muy fuertes y, cuando se reunían en los cafés porteños, sus conversaciones a menudo volvían a sus años parisinos y a los cafés del Barrio Latino que tan bien conocían. La nostalgia había cambiado de bando. Esta anécdota banal desvela algo importante: el exilio se había convertido en parte de sus vidas y de su visión del mundo; había transformado su identidad, y probablemente también su forma de ser argentinos y pertenecer a su propio país. No creo equivocarme diciendo que sin la experiencia del exilio y la distancia que implica hubiera sido difícil para Juan José Saer escribir un retrato de su país tan fascinante como El río sin orillas (1992).

Durante siglos, cruzar fronteras sociales, culturales, lingüísticas, raciales y políticas ha sido una premisa irremplazable para la creación de nuevas ideas y la introducción de avances en el pensamiento crítico. Por supuesto, el mero acto de cruzar fronteras no es suficiente para la creación de nuevos conceptos y, a la inversa, existen innumerables ejemplos de teorías originales elaboradas por pensadores sedentarios. Todavía, muchas ideas nuevas tuvieron sus condiciones necesarias en el desplazamiento, una experiencia que afecta profundamente a sus actores en términos de estatus legal y político, autopercepción, expresión lingüística, reevaluación de hábitos y suposiciones heredadas, cambio de mirada y cosmovisión. Un ejemplo clásico del exilio como taller intelectual es la concepción del estructuralismo en Nueva York, en 1941, donde el francés Claude Lévi-Strauss conoció a Roman Jakobson y Franz Boas, dos académicos estadounidenses nacidos en Rusia y Alemania, respectivamente. Este encuentro entre la antropología y la lingüística, que dio lugar a una nueva teoría de las estructuras del parentesco como lenguaje, fue descrito por Lévi-Strauss como una “iluminación”.

Otro ejemplo es el concepto de negritud, forjado a Paris, a principios de la década de 1930, por Aimé Césaire y Leopold Sedar Senghor, dos intelectuales originarios de Martinica y Senegal, los polos negros del imperio colonial francés. Claude McKay, escritor estadounidense nacido en Jamaica y expatriado en Paris, probablemente influyó en el nacimiento de este concepto al introducir las ideas de W.E.B. Du Bois a la intelectualidad negra francófona. Du Bois había escrito Las almas del pueblo negro (1903) después de su viaje a Berlín a finales del siglo XIX, donde había descubierto a Herder y al romanticismo alemán. El reformuló otra vez sus puntos de vista sobre el racismo después de regresar a Europa al final de la Segunda Guerra Mundial. Es en Varsovia, donde visitó las ruinas del gueto judío, que repensó el concepto de color line. Allí, de repente se dio cuenta de que el prejuicio racial no podía reducirse a la “línea de color”, porque racismo, antisemitismo y colonialismo estaban profundamente entrelazados. En resumen, no solo los seres humanos viajan, sino también las ideas, como subraya Edward Said hablando de “teorías viajeras” (traveling theories), y este viaje es un proceso transformador.

Me refiero aquí a la historia intelectual, pero esta observación podría extenderse ampliamente a otros campos. Existen barreras raciales, sociales, culturales y simbólicas que pueden ser muy sólidas dentro de un mismo espacio nacional. Cuando Elvis Presley dio su primer concierto el 30 de julio de 1954 en el Overton Park Shell de Memphis, Tennessee, moviendo las piernas y la pelvis como había visto en las iglesias afroamericanas, electrizó a la América blanca cruzando la “línea del color” (color line). El rock and roll es un producto de la hibridación cultural, de un cruce de fronteras. Y antes del rock and roll, esto vale también para otras músicas como el jazz y el tango. La quintaesencia de la argentinidad nació de la fusión de tradiciones musicales que habían llevado a las Américas migrantes y esclavos, y que al final habían llegado hasta el Río de la Plata.

Cruzar fronteras significa también establecer distancia, una distancia que es al mismo tiempo existencial y epistemológica: descubrir cosas nuevas y poner las cosas conocidas en una perspectiva diferente cambia la mirada del observador. En un famoso ensayo, Georg Simmel teorizó al “extranjero” (der Fremde) como una figura peculiar de ubicuidad y desgarro, que se percibe como un extraño pero que también es potencialmente capaz de comparar y conectar dos mundos: el viejo de donde ha venido y el “nuevo” en el que ahora habita. El ensayo de Simmel, sin embargo, es bastante optimista y descuida el habitus mental del emigrante, que muchas veces lucha por ser aceptado, anhela la asimilación en su nuevo “hogar” y no desea enfatizar su alteridad. Muchos intelectuales que lograron una nueva ciudadanía se identificaron completamente con esta patria de sustitución. Pensemos en Henry Kissinger, uno de los casos más emblemático de asimilación radical, que llegó a Estados Unidos en 1938 como exiliado judío-alemán y llegó a convertirse en uno de los principales estrategas de la política exterior imperial estadounidense. Pensemos en Karl Popper, que buscó en el imperio británico una patria de sustitución al imperio habsburgo. Pensemos en Isaiah Berlin, quien dedicó tanto esfuerzo a impedir que otros exiliados como Isaac Deutscher accedieran a las universidades británicas. También existe una “emigración blanca”, un exilio conservador, incluso fascista.

Para impulsar el pensamiento crítico, la superación de fronteras no debe derivar en un impulso asimilacionista. El desplazamiento no puede producir avances intelectuales si se vive exclusivamente como una mutilación o como una experiencia redentora. La crítica requiere salvación, no renacimiento. Una emigración intelectualmente fecunda sitúa a los intelectuales entre dos mundos en lugar de simplemente trasladarlos de uno a otro, los empuja a oscilar entre lo antiguo y lo nuevo, entre la opresión y la libertad, siendo percibidos y percibiéndose como outsiders en lugar de “establecidos” o miembros de pleno derecho de la comunidad. El pensamiento crítico, como se podría observar con Giorgio Agamben, implica un sentimiento de no adherirse ni pertenecer completamente al propio entorno social y cultural, y esta es la forma más auténtica de “contemporaneidad”. Los hombres y mujeres marginados son más propensos a cuestionar los lugares comunes y las suposiciones heredadas. Tomando prestado el concepto del lenguaje musical, Edward Said define este enfoque crítico como “contrapuntístico”.

Excluidos y desterrados, los exiliados pueden identificarse con una comunidad humana universal; no quieren negar ni rechazar sus orígenes, sino superarlos. En muchos aspectos, encarnan una idea “ilustrada” del cosmopolitismo: son “ciudadanos del mundo”; no tanto por su sensibilidad o temperamento, sino por su propia experiencia existencial, en la encrucijada entre países, culturas, lenguas y continentes. Su cosmopolitismo se compone de movilidad, intercambio, transferencia cultural y circulación de ideas. Grenzgänger por necesidad o vocación, son “intérpretes” entre diferentes disciplinas. En mismo tiempo, su cosmopolitismo tiene muchas desventajas. Muy a menudo, se les priva de la ciudadanía. Son apátridas o, según la impactante definición de Hannah Arendt, parias. Para Arendt, el concepto de paria no es moral y tampoco estético, sino exquisitamente jurídico y político: los exiliados son privados del “derecho a tener derechos”. En uno de los primeros textos que escribió después de llegar a México, Max Aub describió el sentimiento de desarraigo que acechaba a los exiliados con palabras como desasosiego, desconfianza, inseguridad, ahogo, inquietud e impotencia. Tal impotencia política es el altísimo precio de los “privilegios” epistemológicos que los refugiados pueden adquirir. En este sentido, son al mismo tiempo “ciudadanos del mundo” (Weltbürger) y seres humanos “sin mundo” (Weltlose), para hablar con Hannah Arendt y Günther Anders. Como enfatizó Brecht, las personas sin pasaporte simplemente no tienen derecho de existir, como ocurrió en Europa bajo el fascismo y como ocurre hoy en Estados Unidos, donde la caza y la persecución de indocumentados se ha convertido en una de las principales actividades del gobierno de una nación construida, como Argentina, por inmigrantes.

Desde el siglo XIX, la migración europea hacia las Américas adquirió proporciones bíblicas. Durante la primera mitad del siglo XX, en particular entre las dos guerras mundiales, se convirtió en un éxodo gigantesco. En el campo de la historia intelectual, algunos historiadores evocan un Wissentransfer, una transferencia colosal de conocimientos que desplazó el eje científico de Occidente de un lado al otro del Atlántico. Los exiliados transformaron las universidades existentes y crearon nuevas instituciones científicas, intelectuales y artísticas. Más allá de las humanidades, los científicos exiliados establecieron una sólida hegemonía estadounidense en el campo de las ciencias naturales. Esta transformación monumental también revela las contradicciones y las sombras del exilio. El Proyecto Manhattan, que durante la Segunda Guerra Mundial convirtió a Estados Unidos en la principal potencia nuclear del mundo, es un ejemplo emblemático de heterogénesis de los fines. Fue el premio Nobel alemán Albert Einstein quien advirtió al presidente Roosevelt sobre los intentos nazis de crear armas nucleares y lo convenció de fabricar una bomba atómica estadounidense. La mayoría de los físicos que rodeaban a Robert Oppenheimer en Los Álamos, Nuevo México, donde se llevó a cabo el Proyecto Manhattan, eran destacados exiliados europeos, desde el húngaro Leo Szilard hasta los italianos Enrico Fermi y Emilio Segre, y el danés Niels Bohr, entre otros. Al final, su determinación de luchar contra Hitler resultó en la destrucción nuclear de dos ciudades japonesas.

En muchos casos, el exilio produjo redefiniciones identitarias tan política como intelectuales. Emblemático es el caso de los historiadores Arnaldo Momigliano y Ernst Kantorowicz. En 1936, Momigliano había celebrado al emperador Augusto en la Enciclopedia italiana como una prefiguración de Mussolini, que en aquel momento había proclamado el imperio fascista después de la guerra de Etiopía. Dos años más tarde, tras la promulgación de las leyes antisemitas fascistas y su emigración al Reino Unido, Momigliano había cambiado radicalmente su mirada y se había vuelto antifascista. Kantorowicz era un nacionalista alemán que había alcanzado celebridad en 1927 como autor de una biografía casi mística del Sacro Emperador Romano Germánico Federico II y hasta 1933 había soportado el nacionalismo alemán, con ciertas simpatías para Hitler; en 1938 se escapó de Alemania nazi y en Estados Unidos combatió el fascismo y el macartismo.

Todos esos recorridos me interrogan, porque en mi vida yo también he cruzado varias fronteras: hace cuarenta años emigré a Francia, y durante los últimos quince años he vivido y trabajado en Estados Unidos. Confieso que me resulta difícil encajar en una tradición nacional. Aunque mis orígenes y mi formación son indudablemente italianos, no puedo llamarme historiador italiano sin dudas o hesitaciones. Vivo en Estados Unidos y escribo, mal que bien, en varios idiomas, sobre todo en francés, pero tampoco podría, sin hacer trampas, considerarme un historiador francés. Por supuesto, Italia es mi país, pero me di cuenta de que a lo largo de los años empecé a mirar a Italia desde una posición de exterioridad. Pertenezco a ese gigantesco continente de italianos expatriados (l’Italia fuori d’Italia) que ven su país como emigrantes. En otras palabras, no siempre tengo los mismos reflejos que mis compatriotas. En cambio, mi “exterioridad” hacia Francia y Estados Unidos se debe a mis orígenes. Ocupo en estos países una posición a la que se aplica bastante bien la fórmula acuñada por Peter Gay para definir a los intelectuales de la era de Weimar: the outsider as insider. Siempre tengo una sensación de ligera Unheimlichkeit, una inquietud que atenaza al extranjero en relación con el nativo. El extranjero nunca posee los reflejos naturales, los automatismos y el toque de espontaneidad que caracteriza los autóctonos.

En su autobiografía, Edward Said se define “fuera de lugar” (out of place) porque su cosmopolitismo es el producto de una identidad negada, de un lugar que le pertenecía y del cual fue expropiado. Este no es mi caso: la distinción que hace Said entre exilados y expatriados es muy importante. Yo no soy un exilado; soy un expatriado que puede volver a su país cuando quiere. Mi posición es privilegiada: puedo otorgarme el lujo de ser “cosmopolita”. Es cierto que si en lugar de haber nacido en Gavi, Italia, había nacido en Ramallah o Gaza, probablemente hoy me sentiría muy palestino. Los “privilegios” de quienes cruzan fronteras son relativos, pero no deben ser abusados. Los exilados son ciudadanos del mundo por necesidad, no pueden hacer de otra manera porque su propio país los rechazó; los expatriados se equivocan con frecuencia: se consideran ciudadanos del mundo, pero muchas veces son simplemente turistas del mundo global. Yo no soy un exiliado; espero ser un poco más que un simple turista intelectual.

Según Carlo Ginzburg, “el país al que pertenecemos no es, como diría la retórica, aquel al que amamos, sino aquel del que nos avergonzamos, o del que podemos avergonzarnos”, enfatizando que “la vergüenza puede ser un vínculo más fuerte que el amor”. Ginzburg se siente avergonzado, como judío de la diáspora, ante el genocidio en Gaza. Esta vergüenza es un sentimiento comprensible y honorable pero ambiguo, porque los judíos de la diáspora no tienen ninguna responsabilidad por las políticas de Israel. La gran mayoría de los ciudadanos europeos y de Estados Unidos tendrían que avergonzarse del soporte económico y militar que sus países dan a Israel. Me ha asaltado la vergüenza varias veces al participar en seminarios y conferencias sobre historia y memoria, como ciudadano de un país que rehabilitó el fascismo tras derrotarlo. He sentido la misma vergüenza entre varios amigos de otros países. Esta vergüenza me parece saludable, porque es una forma de responsabilidad histórica. Intentar evitarla presentándonos como “ciudadanos del mundo” sería una evasión demasiado fácil. En otras palabras, los “ciudadanos del mundo” son un objeto de investigación, pero son también una fuente de empatía y tal vez de proyección identitaria del historiador que puede falsar sus perspectivas. Soy bastante escéptico frente a la tendencia actual que consiste en cambiar la interpretación con la elaboración subjetiva del pasado (en el sentido psicoanalítico de la palabra), narrando su propia investigación, describiendo sus emociones y su relación personal con los acontecimientos de la historia. No porque eso no sea permitido, sino porque el oficio del historiador es reconstruir e interpretar el pasado, no interpretarse a sí mismo. Cruzando fronteras se aprenden también las trampas metodológicas de nuestro trabajo.

Referencias Bibliográficas

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Traverso, E. (2022). Pasados singulares: El yo en la historiografía. Alianza Editorial.

Traverso, E. (2024). Gaza ante la Historia. Ediciones Akal.



Publicación: 01 marzo 2026



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